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Diario de un espectador
jpalomar@informador.com.mx
El desfile de la primavera incorpora días grises que quisieran volver atrás. Como un caminante indeciso que vuelve sobre sus pasos antes de internarse en la cálida espesura de las jornadas que vienen. Un aire frío trae las últimas postales del desvaído invierno. Las calandrias, con el paso alegre de sus caballos, se suceden con mayor seguidez. En el jardín puesto en marcha, retoños, renuevos y brotes forman la hueste aguerrida que acomete el futuro.
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Hay una oficina por una de las calles más bonitas de la ciudad que se ha ocupado, eficientemente y con total impunidad, de talar en pocos meses un tabachín y un fresno de su banqueta. El objetivo evidente es hacer más cómodo para los coches estacionarse. En realidad, bajo este pretexto suficientemente estúpido y "realista" se oculta una elemental necesidad de volver los lugares más planos, aburridos, predecibles. Manía muy emparentada con la de los maistros de obra más primitivos, que como parte de los trabajos preliminares de cualquier edificación, ordenan a sus macuarros destazar los árboles más cercanos "para tener claridad". Esa necesidad simple y fascistoide de quitar de enmedio las complejidades, los claroscuros y particularidades que cualquier árbol representa, remite a los mecanismos embrutecedores que quisieran la ciudad como un simple tablero funcional, homogéneo y aséptico sobre el que el mercado y sus evoluciones (o los negocios y sus vericuetos con aire acondicionado) circularan sin el tropiezo siquiera de una sombra bienhechora.
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Inglourious basterds, (Bastardos sin gloria) es el último vehículo visual de Quentin Tarantino. Se mueve a sacudidas y estertores, es increíblemente violento, toma licencias indiscriminadas para contar su historia. Los caracteres son más que esquemáticos (con una notable excepción), los decorados tienen toda la estereotipificación de las historias de dibujos animados que son una de las fuentes favoritas del director, la crueldad explícita de la acción alcanza nuevas cotas. Hay reiteradas referencias a las películas de serie B, el filme inicia con un tema de Ennio Morricone, el guiño a Doce del patíbulo es más que evidente. Tarantino juega con la posibilidad –nada menos- de que la Segunda Guerra Mundial hubiera terminado de otro modo. Esa es meramente la excusa para una serie de divertimientos sanguinarios y gratuitamente desagradables, realizados con un oficio tan depurado como despiadado. Si Pulp Fiction y Kill Bill lograban contar sus historias sin que la abundante sangre coagulara totalmente el hilo de la visión de la película, Inglourious basterds de plano atasca con su "irónico" sadismo hemático las vías de acceso al desarrollo de la historia. En el juego de límites y transgresiones que propone el director, esta vez hay algunos resortes rotos: la parodia de la parodia de la parodia se vuelve contra ella misma. ¿Cuánta crueldad por cuadro soporta el celuloide? ¿Cuántas cabelleras arrancadas a las víctimas –hay hasta una referencia a las novelas de Karl May- llegan a saturar el lente?
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Un soneto de Julián del Casal. Poeta cubano de vida ensombrecida y breve que transcurrió de 1863 a 1893. Pero, gracias a estas catorce líneas, recuperamos hoy un asomo a su mirada, a su tiempo. De las páginas de una vieja antología se desprende este retrato, vívido y urgente, de
Una maja
Muerden su pelo, sedoso y rizo,
los dientes nacarados de alta peineta
y surge de sus dedos la castañeta
cual mariposa negra de entre el granizo.
Pañolón de Manila, fondo pajizo,
que a su talle ondulante firme sujeta,
echa reflejos de ámbar, rosa y violeta,
moldeando de sus carnes todo el hechizo.
Cual tímidas palomas por el follaje,
asoman sus chapines bajo su traje,
hecho de blondas negras y verde raso,
y al choque de las copas de manzanilla
rima con los tacones la seguidilla
Perfumes enervantes dejando al paso.
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Del libro de las imágenes memorables. ''El origen del barco de vela''. El grabado comienza con una concha cerrada, que luego abre sus valvas con lentitud. A medida que la abertura se amplía, el hueco de la concha se vuelve más evidente, quizá es ya una invitación al viaje. Las finas estrías del caparazón hablan de una cierta fluidez, de una esbelta y resistente estructura pronta a la navegación. La valva superior, después, se transforma en un velamen cuya astuta geometría hace eco del casco, lo complementa y lo guía. Finalmente, está ya el velero, está el timón, el viento ciñe la singladura que progresa en el agua mansa.
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Tiempos y ciudades. Giran los años, pasan las estaciones, duran los paisajes aprendidos desde siempre. Dos planos que recuentan, con una década de diferencia, lo que las urbes eran hace dos siglos. Sus estampas paralelas marcan una tensión cuyos hilos cruzan y dibujan un destino. En una escalera -primeras imágenes aprendidas- colgaba la fotografía de otras escaleras, envueltas en la noche que un farol acentuaba. Era esa quizá la visión que más se enganchaba en la memoria, y detrás de ella, venían otras: fuentes, obeliscos, arcos, palacios, calles bajo la lluvia, jardines dilatados. Otras memorias se fueron entrelazando, más cercanas, a lo largo de las décadas. Un bosque de gigantes y uno que era un barco, el tren que pasaba al filo del mediodía, las plazas en cruz que recibían amables al transeúnte, los eucaliptos rojos en sus calles sombreadas y risueñas, el repetido camino natalicio hasta San Pedro, dos alcatraces amarillos tatuados en la frente. Todo vira y se entrecruza, la grava de los parques sigue crujiendo por las banquetas de cuadritos, las escaleras aparecen a cada rato en dibujos y planos, el gigante que era barco navega por los estanques simétricos del sueño. Los trenes siguen llegando, puntuales, a las estaciones del recuerdo y otro hace sonar su silbato que se despide mientras terminan estas líneas.
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Hay una oficina por una de las calles más bonitas de la ciudad que se ha ocupado, eficientemente y con total impunidad, de talar en pocos meses un tabachín y un fresno de su banqueta. El objetivo evidente es hacer más cómodo para los coches estacionarse. En realidad, bajo este pretexto suficientemente estúpido y "realista" se oculta una elemental necesidad de volver los lugares más planos, aburridos, predecibles. Manía muy emparentada con la de los maistros de obra más primitivos, que como parte de los trabajos preliminares de cualquier edificación, ordenan a sus macuarros destazar los árboles más cercanos "para tener claridad". Esa necesidad simple y fascistoide de quitar de enmedio las complejidades, los claroscuros y particularidades que cualquier árbol representa, remite a los mecanismos embrutecedores que quisieran la ciudad como un simple tablero funcional, homogéneo y aséptico sobre el que el mercado y sus evoluciones (o los negocios y sus vericuetos con aire acondicionado) circularan sin el tropiezo siquiera de una sombra bienhechora.
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Inglourious basterds, (Bastardos sin gloria) es el último vehículo visual de Quentin Tarantino. Se mueve a sacudidas y estertores, es increíblemente violento, toma licencias indiscriminadas para contar su historia. Los caracteres son más que esquemáticos (con una notable excepción), los decorados tienen toda la estereotipificación de las historias de dibujos animados que son una de las fuentes favoritas del director, la crueldad explícita de la acción alcanza nuevas cotas. Hay reiteradas referencias a las películas de serie B, el filme inicia con un tema de Ennio Morricone, el guiño a Doce del patíbulo es más que evidente. Tarantino juega con la posibilidad –nada menos- de que la Segunda Guerra Mundial hubiera terminado de otro modo. Esa es meramente la excusa para una serie de divertimientos sanguinarios y gratuitamente desagradables, realizados con un oficio tan depurado como despiadado. Si Pulp Fiction y Kill Bill lograban contar sus historias sin que la abundante sangre coagulara totalmente el hilo de la visión de la película, Inglourious basterds de plano atasca con su "irónico" sadismo hemático las vías de acceso al desarrollo de la historia. En el juego de límites y transgresiones que propone el director, esta vez hay algunos resortes rotos: la parodia de la parodia de la parodia se vuelve contra ella misma. ¿Cuánta crueldad por cuadro soporta el celuloide? ¿Cuántas cabelleras arrancadas a las víctimas –hay hasta una referencia a las novelas de Karl May- llegan a saturar el lente?
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Un soneto de Julián del Casal. Poeta cubano de vida ensombrecida y breve que transcurrió de 1863 a 1893. Pero, gracias a estas catorce líneas, recuperamos hoy un asomo a su mirada, a su tiempo. De las páginas de una vieja antología se desprende este retrato, vívido y urgente, de
Una maja
Muerden su pelo, sedoso y rizo,
los dientes nacarados de alta peineta
y surge de sus dedos la castañeta
cual mariposa negra de entre el granizo.
Pañolón de Manila, fondo pajizo,
que a su talle ondulante firme sujeta,
echa reflejos de ámbar, rosa y violeta,
moldeando de sus carnes todo el hechizo.
Cual tímidas palomas por el follaje,
asoman sus chapines bajo su traje,
hecho de blondas negras y verde raso,
y al choque de las copas de manzanilla
rima con los tacones la seguidilla
Perfumes enervantes dejando al paso.
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Del libro de las imágenes memorables. ''El origen del barco de vela''. El grabado comienza con una concha cerrada, que luego abre sus valvas con lentitud. A medida que la abertura se amplía, el hueco de la concha se vuelve más evidente, quizá es ya una invitación al viaje. Las finas estrías del caparazón hablan de una cierta fluidez, de una esbelta y resistente estructura pronta a la navegación. La valva superior, después, se transforma en un velamen cuya astuta geometría hace eco del casco, lo complementa y lo guía. Finalmente, está ya el velero, está el timón, el viento ciñe la singladura que progresa en el agua mansa.
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Tiempos y ciudades. Giran los años, pasan las estaciones, duran los paisajes aprendidos desde siempre. Dos planos que recuentan, con una década de diferencia, lo que las urbes eran hace dos siglos. Sus estampas paralelas marcan una tensión cuyos hilos cruzan y dibujan un destino. En una escalera -primeras imágenes aprendidas- colgaba la fotografía de otras escaleras, envueltas en la noche que un farol acentuaba. Era esa quizá la visión que más se enganchaba en la memoria, y detrás de ella, venían otras: fuentes, obeliscos, arcos, palacios, calles bajo la lluvia, jardines dilatados. Otras memorias se fueron entrelazando, más cercanas, a lo largo de las décadas. Un bosque de gigantes y uno que era un barco, el tren que pasaba al filo del mediodía, las plazas en cruz que recibían amables al transeúnte, los eucaliptos rojos en sus calles sombreadas y risueñas, el repetido camino natalicio hasta San Pedro, dos alcatraces amarillos tatuados en la frente. Todo vira y se entrecruza, la grava de los parques sigue crujiendo por las banquetas de cuadritos, las escaleras aparecen a cada rato en dibujos y planos, el gigante que era barco navega por los estanques simétricos del sueño. Los trenes siguen llegando, puntuales, a las estaciones del recuerdo y otro hace sonar su silbato que se despide mientras terminan estas líneas.