Suplementos

Diario de un espectador

Hay chispas de luz en el luminoso

Llegan, como de visita, las plantas inéditas al jardín extrañado. Tímidas, quedan buen rato juntas a la sombra del arrayán. Manos sabias proceden después, poco a poco, a sembrarlas en rincones largamente discutidos, cuidadosamente acordados. Por mientras, esta fue la semana que la llamarada y la enredadera que da diminutas rosas amarillas decretaron como inicio de su florecimiento. (En honor de otra Rosa diminuta, que ahora entra por primera vez en la casa de sus tatarabuelos.) Saludan así a las recién llegadas, celebran el espacio recuperado, el sol que asciende antes, la cuaresma que avanza. La caja del agua refleja un azul renovado. Las plantas convocadas comienzan su permanente, callado diálogo con el jardín cruzado de vuelos y silencios. (Marillion, después de años, vuelve al tocadiscos: Misplaced childhood. Excelente acompañamiento para este tiempo que se levanta.)

**

Alfred Hitchcock o la inagotable elegancia. La misma cualidad de la que se habla ante una determinada solución matemática. Ver y rever sus películas es una lección de economía narrativa, de justeza en los recursos fílmicos, de humor zumbón y agradecible, de respeto y cuidado por las complejidades del alma humana. Breves secuencias logran dar en un difícil blanco: el de crear atmósferas completas que sitúan al espectador frente al misterio. Un misterio cuya transparencia lo vuelve aún más profundo. Strangers in a train (traducida innecesaria y empobrecedoramente como Pacto siniestro) es, sin duda, una obra maestra. Dos desconocidos abordan el tren: vemos sus pasos, que fatalmente los unen en el mismo convoy, en el mismo vagón. Una breve secuencia describe el avance del ferrocarril y su desplazamiento por las encrucijadas que, entre todos los posibles derroteros, trazan su ineluctable camino. Metáfora sucinta y puntual del tema que el fondo de la película aborda: la imposibilidad de eludir el propio destino. Pero enunciado con reticencia, con la fina ironía que nos distancia de lo patético. Y que interesa y divierte. Y qué placer esperar a que el buen gordo H aparezca en la pantalla cumpliendo su ritual, legendaria manía. Al final, hubiera dicho, todos somos extraños en un tren.

**

Kenneth Rexroth nació en 1905, se murió en 1982. Vivió gran parte de su vida en San Francisco. Alguna vez fue llamado el padre de la generación beat. Peleado con ellos, respondió: "Un entomólogo no es un bicho." Produjo la mejor poesía erótica de su generación. Tradujo, entre muchos otros, a O.V. de Lubicz-Milosz y a Reverdy. Estuvo en México en 1924; capaz que allí coincidió con su amigo Witter Bynner, quien por entonces había vivido en Chapala y frecuentado a Luis Barragán. Alguna vez afirmó: "Escribo poesía para seducir mujeres y para derribar el sistema capitalista. En ese orden." Cuando llegó el final ataque masivo, su corazón, al explotar, fundió el aparato de electrocardiogramas al que estaba conectado. Va esta versión de La huida, pergeñada al fragor de las canciones de José Alfredo Jiménez seleccionadas por Fernando González Gortázar.

Hay chispas de luz en el luminoso

Pelo sobre tu frente;
Húmedos tus ojos y tus labios
Húmedos y fríos, tu mejilla rígida de frío.
¿Por qué has estado
Lejos tanto tiempo, por qué apenas
Has venido a mí tarde en la noche
Tras caminar por horas en el viento y la lluvia?
Quítate tu vestido y las medias;
Siéntate en el sillón ante el fuego.
Calentaré tus pies en mis manos;
Calentaré tus pechos y tus piernas con besos.
Quisiera construir un fuego
En tí que nunca se apagara.
Quisiera poder estar seguro que hondo en tí
Estuviera un imán que te trajera siempre a casa.

**

De Antonio Muñoz Molina: "Hay tantas músicas y tantos libros, hacen falta tantas horas de sosiego para disfrutar escuchando y leyendo, para atesorar la compañía de los amigos que a lo mejor, sin darse cuenta, mientras nos hablan de algo en un bar una mañana de domingo, nos están haciendo un regalo sigiloso de felicidad. Se intercambian libros y títulos de canciones como si fueran contraseñas de una gran conspiración en favor de la benevolencia, de una calma activa y despierta que tiene algo de proyecto político, de una instintiva vitalidad civil."

**

Carlos Prieto, otra vez, toca maravillosamente la Suite en do mayor para violonchelo solo de Bach. Los acordes del genio de Turingia se agolpan, se superponen, establecen a cada vez armonías y contrastes. Cerrando los ojos, es difícil creer que un solo instrumento, manejado con semejante maestría, produzca esa plenitud. El contrapunto entre la música de Bach y las pinceladas furibundas de Orozco en los muros y la cúpula del Paraninfo da también mucho que pensar. Nadie pintó la lumbre como lo hizo el de Zapotlán. Nadie gobernó ese fuego interior como el compositor alemán, que logró transmutarlo en un permanente y fugaz gozo. Acto seguido, el maestro Prieto se arranca con una ardua, difícil y apasionada composición de Zoltan Kodaly (Sonata para violonchelo solo, op 8). Toda la furia y el reconcentrado acento de la música húngara, el verbo encendido de los rapsodas se junta con el depuradísimo virtuosismo del intérprete. Memorable.

**

Viniendo de la Alemana, subiendo por la Paz, la ciudad entrega generosa una de las anuales alegrías que sabe dar: la sucesión de primaveras esplendorosas, su amarillo de júbilo brillando con el sol del poniente. Bien vale la vuelta, desde 16 de septiembre a Tolsa, para ver esta espectacular floración. Pero ahora, antes que la efímera maravilla nos deje otra vez con el recuerdo de un oro que nos va transportando de una estación a la otra, como los restos de una fortuna esquiva y liviana cuyo fastuoso dispendio alegra el corazón y alivia los días aciagos, agracia los días felices. Y la hornacina de la portada lateral de San Francisco se queda, vista desde el balcón de la Alemana, guardando en su oro viejo estos ratos de gratas conversaciones, de risas y tequilas que vuelan.

jpalomar@informador.com.mx

Temas

Sigue navegando