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Diario de un espectador
jpalomar@informador.com.mx
Atmosféricas. Cielos como espejos que las lluvias limpiaron afanosamente. La laguna recuperó preciosos centímetros. Bondades y perjuicios del agua a lo largo y ancho del territorio: recordatorios del extraviado acuerdo que la especie tuvo quizás alguna vez con las fuerzas de la naturaleza. El jardín, por lo pronto, adquiere un silencioso talante sonriente y agradecido y las parvadas de zanates regresaron, después de las drásticas mudanzas, a las frondas del muro del fondo. Quién pudiera hacer, mínimo ejercicio de disciplina estética, la guía ornitológica de este recinto abierto. En una rama de la enredadera recién acomodada se balancea, a una distancia improbablemente corta, un pájaro sigiloso, de sutiles tonos de gris y cabeza de refinado trazo. Hace muchos años, una señora que ya no está enseñaba a un niño, desde un balcón de la calle de Marsella, a apreciar la infinita gracia de los vuelos de las aves y el lento movimiento de los espléndidos eucaliptos rojos de la calle frontera.
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México después de los días lluviosos deja ver, regalo incomparable, los volcanes magníficos a los que el sol de la tarde tiñe de un púrpura indeleble. Desde una azotea que aguarda un jardín que se tarda en subir se extiende un pardo panorama de herrumbosas azoteas, tinacos y antenas, muros descarapelados, anuncios chillantes, calles atestadas de ruidos y humos. Basta entonces esa transparencia que revela los límites del valle para reparar instantáneamente la sosa vulgaridad cotidiana. Y la nieve del Iztaccihuatl reparte el pan de su fulgor entre los hambrientos ojos que alcanzan, ahora, a verla.
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Un viento en Tacubaya transforma de un tajo invisible la casa completa. Todas las cosas se vuelven de luz y de aire. Los muebles, cuadros, objetos, libros, adquieren una distinta polaridad. De ser opacos receptores de la luz, ahora emiten destellos insospechados. Reflejos y sombras juegan a la liviandad, a la ausencia, a la sustracción de lo cotidiano y lo narrativo para dar paso a un estado de suspensión que convoca otras presencias. Más tarde, los brillos de la plata toman un peso insospechado y anclan las cosas con una gravedad distinta. Glaciaciones instantáneas. Toda una vida, todos sus rastros y señales, sus códigos y símbolos efímeramente convertidos en un fluido que deja imprecisas, imperiosas huellas en los espacios ahora transportados fuera del tiempo. Francisco Ugarte interviene la casa de Luis Barragán.
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En 1843 se proyectó, en el centro de la plaza mayor de México, una columna que sostuviera una victoria. Las sucesivas, hondísimas derrotas, las veleidades de tiempos y voluntades impidieron para siempre su erección. Quedó, algunos años, el basamento: el zócalo. A partir de este hecho, a partir de todas las vertiginosas cargas que imantan el vasto, desmesurado espacio, se presenta en el Museo de la Ciudad de México una exposición: Zócalo 1843-2010. Siete instalaciones proponen lecturas, puntos de vista, comentarios más o menos cercanos al tema. La última pieza en el recorrido se llama "Resistencia" y es de Marcela Armas. Un sensor activa unos alambres electrificados que trazan, en la oscuridad, la línea fatal de la frontera con Estados Unidos, fruto del despojo de más de la mitad de nuestro territorio. Cuando el ojo se acostumbra a la penumbra, se revela una tensa maraña de cables que sostienen la roja cicatriz: otras tantas tensas líneas que determinaron el futuro de dos países. Una llega al Zócalo, en donde no se levantó nunca la triunfal columna.
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El magnífico señor Fox. Nomás para decir que esta película animada de Wes Anderson es una gozada. La afortunada historia y la brillante y sutil imaginería que la construyen están llenas de humor, ironía, quizá de compasión. Los niños estaban también muy contentos.
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Vanity Fair. La versión fílmica de Mira Nair, fechada en 2004, adapta con tino la obra maestra de William Makepiece Tackeray. El arribismo diseccionado con distancia y destreza. A más de ciento cincuenta años de su escritura, la novela del escritor inglés nacido en la India sigue siendo un rico filón para la exploración de los recovecos del comportamiento humano y social. Locaciones, escenografías y vestuarios son todos excelentes, y transmiten mejor que nada el espíritu y el talante de toda una época.
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Los libros de los arquitectos. Un volumen publicado por el Urban Books Center de Nueva York se titula, aludiendo a un célebre ensayo de Walter Benjamin, Desempacando mi biblioteca: arquitectos y sus libros. El diseño editorial es notable: diez inteligentes entrevistas con diferentes arquitectos neoyorquinos preceden a una imagen de su respectiva biblioteca, de la que luego se ilustran fotografías que detallan ciertos entrepaños y sus contenidos. De allí el diseño apaisado del tomo. Para rematar cada caso, los arquitectos proponen una selección de los diez libros que consideran más significativos. El recorrido por los estantes escogidos –como el de una casa que se visita- es de un inocente y delicioso voyeurismo intelectual. Revela intereses, obsesiones, curiosidades diversas. Los arquitectos comparten, sin embargo, una parecida referencia temporal, ciertas constantes se repiten. Un peculiar provincianismo modelo Gran Manzana queda como una vaga impresión, sobre todo si se recuerdan las bibliotecas de algunos célebres arquitectos mexicanos, como Barragán o Díaz Morales. Guardando las proporciones y las diferencias de época, estas últimas muestran una mirada más amplia, más curiosa, tal vez mucho más sólida.
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La voz de Álvaro Mutis sigue conservando, a través del hilo del teléfono, la calidad metálica, cercana e inconfundible que tan bien se reconoce a través del tiempo que artero transcurre. La lucidez y bonhomía de sus 86 años queda, ahora, flotando en el aire que va volviéndose más liviano, de una sustancia hecha de una brillante opacidad, mientras la misma voz, desde el tocadiscos, declara inolvidablemente la vida y hechos de Alar el Ilirio: "No se le conocían, por otra parte, los amoríos y escándalos tan comunes entre los altos oficiales del Imperio. No por frialdad o indiferencia, sino más bien por cierta tendencia a la reflexión y al ensueño, nacida de un temprano escepticismo hacia las pasiones y esfuerzos de las gentes. Le gustaba frecuentar los lugares en donde las ruinas atestiguaban el vano intento del hombre por perpetuar sus hechos. De allí su preferencia por Atenas, su gusto por Chipre y sus arriesgadas incursiones a las dormidas arenas de Heliópolis y Tebas."
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México después de los días lluviosos deja ver, regalo incomparable, los volcanes magníficos a los que el sol de la tarde tiñe de un púrpura indeleble. Desde una azotea que aguarda un jardín que se tarda en subir se extiende un pardo panorama de herrumbosas azoteas, tinacos y antenas, muros descarapelados, anuncios chillantes, calles atestadas de ruidos y humos. Basta entonces esa transparencia que revela los límites del valle para reparar instantáneamente la sosa vulgaridad cotidiana. Y la nieve del Iztaccihuatl reparte el pan de su fulgor entre los hambrientos ojos que alcanzan, ahora, a verla.
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Un viento en Tacubaya transforma de un tajo invisible la casa completa. Todas las cosas se vuelven de luz y de aire. Los muebles, cuadros, objetos, libros, adquieren una distinta polaridad. De ser opacos receptores de la luz, ahora emiten destellos insospechados. Reflejos y sombras juegan a la liviandad, a la ausencia, a la sustracción de lo cotidiano y lo narrativo para dar paso a un estado de suspensión que convoca otras presencias. Más tarde, los brillos de la plata toman un peso insospechado y anclan las cosas con una gravedad distinta. Glaciaciones instantáneas. Toda una vida, todos sus rastros y señales, sus códigos y símbolos efímeramente convertidos en un fluido que deja imprecisas, imperiosas huellas en los espacios ahora transportados fuera del tiempo. Francisco Ugarte interviene la casa de Luis Barragán.
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En 1843 se proyectó, en el centro de la plaza mayor de México, una columna que sostuviera una victoria. Las sucesivas, hondísimas derrotas, las veleidades de tiempos y voluntades impidieron para siempre su erección. Quedó, algunos años, el basamento: el zócalo. A partir de este hecho, a partir de todas las vertiginosas cargas que imantan el vasto, desmesurado espacio, se presenta en el Museo de la Ciudad de México una exposición: Zócalo 1843-2010. Siete instalaciones proponen lecturas, puntos de vista, comentarios más o menos cercanos al tema. La última pieza en el recorrido se llama "Resistencia" y es de Marcela Armas. Un sensor activa unos alambres electrificados que trazan, en la oscuridad, la línea fatal de la frontera con Estados Unidos, fruto del despojo de más de la mitad de nuestro territorio. Cuando el ojo se acostumbra a la penumbra, se revela una tensa maraña de cables que sostienen la roja cicatriz: otras tantas tensas líneas que determinaron el futuro de dos países. Una llega al Zócalo, en donde no se levantó nunca la triunfal columna.
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El magnífico señor Fox. Nomás para decir que esta película animada de Wes Anderson es una gozada. La afortunada historia y la brillante y sutil imaginería que la construyen están llenas de humor, ironía, quizá de compasión. Los niños estaban también muy contentos.
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Vanity Fair. La versión fílmica de Mira Nair, fechada en 2004, adapta con tino la obra maestra de William Makepiece Tackeray. El arribismo diseccionado con distancia y destreza. A más de ciento cincuenta años de su escritura, la novela del escritor inglés nacido en la India sigue siendo un rico filón para la exploración de los recovecos del comportamiento humano y social. Locaciones, escenografías y vestuarios son todos excelentes, y transmiten mejor que nada el espíritu y el talante de toda una época.
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Los libros de los arquitectos. Un volumen publicado por el Urban Books Center de Nueva York se titula, aludiendo a un célebre ensayo de Walter Benjamin, Desempacando mi biblioteca: arquitectos y sus libros. El diseño editorial es notable: diez inteligentes entrevistas con diferentes arquitectos neoyorquinos preceden a una imagen de su respectiva biblioteca, de la que luego se ilustran fotografías que detallan ciertos entrepaños y sus contenidos. De allí el diseño apaisado del tomo. Para rematar cada caso, los arquitectos proponen una selección de los diez libros que consideran más significativos. El recorrido por los estantes escogidos –como el de una casa que se visita- es de un inocente y delicioso voyeurismo intelectual. Revela intereses, obsesiones, curiosidades diversas. Los arquitectos comparten, sin embargo, una parecida referencia temporal, ciertas constantes se repiten. Un peculiar provincianismo modelo Gran Manzana queda como una vaga impresión, sobre todo si se recuerdan las bibliotecas de algunos célebres arquitectos mexicanos, como Barragán o Díaz Morales. Guardando las proporciones y las diferencias de época, estas últimas muestran una mirada más amplia, más curiosa, tal vez mucho más sólida.
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La voz de Álvaro Mutis sigue conservando, a través del hilo del teléfono, la calidad metálica, cercana e inconfundible que tan bien se reconoce a través del tiempo que artero transcurre. La lucidez y bonhomía de sus 86 años queda, ahora, flotando en el aire que va volviéndose más liviano, de una sustancia hecha de una brillante opacidad, mientras la misma voz, desde el tocadiscos, declara inolvidablemente la vida y hechos de Alar el Ilirio: "No se le conocían, por otra parte, los amoríos y escándalos tan comunes entre los altos oficiales del Imperio. No por frialdad o indiferencia, sino más bien por cierta tendencia a la reflexión y al ensueño, nacida de un temprano escepticismo hacia las pasiones y esfuerzos de las gentes. Le gustaba frecuentar los lugares en donde las ruinas atestiguaban el vano intento del hombre por perpetuar sus hechos. De allí su preferencia por Atenas, su gusto por Chipre y sus arriesgadas incursiones a las dormidas arenas de Heliópolis y Tebas."