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Diario de un espectador
Porque un jardín es también una perpetua y sorda contienda
El jardín azorado. Ningún calendario más preciso, ningún reloj más exacto que un jardín. Una mirada atenta, un examen cuidadoso de sus progresos y evoluciones puede detectar el paso de las estaciones, las floraciones acumuladas, la densidad de los follajes que luego se diminuyen y aumentan al compás de temporales y soles. El tiempo va dejando su exacta huella, el fruto de su tránsito que se acumula se hace más espeso, o clarea conforme a severas leyes. Llega a veces el momento en que se vuelve necesario reconocer las acumulaciones, enmendar los excesos, reconducir los brotes desatados.
Porque un jardín es también una perpetua y sorda contienda: el sol, el aire, el puro espacio son la materia del conflicto. Una bugambilia, manojo apretado de ansia vital, termina por invadir a saco la copa de los árboles vecinos; las garras de león y las piñanonas, huyendo de la sombra demasiado cerrada que las cubre, avanzan sus líneas impetuosamente; una plaga furtiva construye en pocas semanas racimos apretados y mortíferos en las ramas más altas del magnolio; la bugambilia de arriba, víctima de otra fulminante plaga, debe ser desalojada sin miramientos. Hora es de tomar medidas.
El resultado de las operaciones jardínísticas es asombroso: nuevas luces, diferentes ritmos, brillos distintos miden ahora el paso del reloj vegetal y constante. Los pájaros giran desorientados. Perspectivas ya olvidadas se abren desde distintos ángulos. Un vasto y silencioso azoro desciende sobre el espacio. El reloj sigue midiendo los quietos días del jardín: inmutable, lleva su propia, irreversible cuenta. Y los retoños no esperan.
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Synecdoche, New York. Se trata de una ambiciosa, excesiva, quizás al final fallida cinta de Charlie Kaufman –guionista, por ejemplo de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Pero ver el esforzado, tortuoso, a veces casi insoportable intento vale la pena. Philip Seymour-Hoffman encarna a un atormentado director de teatro que se propone llevar a escena –una vez más- la obra total. La que represente el paso del tiempo, las mudanzas de pasiones, obsesiones y extravíos, la volatilidad de la ciudad y la futilidad de los empeños humanos. Consigue una enorme bodega en donde intenta recrear toda Nueva York. Sinécdoque, viene el recuerdo, es el recurso literario que propone la descripción del todo por una de sus partes. De allí el ficticio nombre del pueblo del norte del estado neoyorquino de donde proviene el director. De allí el intento general de la película.
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Postal. 10 por 15 centímetros, más o menos. Fragmentos del mundo –de imágenes del mundo- destinados al viaje. Las postales, ahora en discreta retirada, cubrieron al planeta durante décadas con la noticia abierta de un lugar, un paisaje, un monumento, un cuadro o un personaje que se juzgó propicio compartir o atesorar. Pero después de haber llegado a su destino, las postales prosiguen su viaje a través del tiempo. Y despiertan, a su vez, resonancias nuevas, quizás insospechadas. La materialidad misma del rectángulo de cartón, la inmediatez de su presencia, el timbre que las franqueó, las letras de quien las mandó: señales ciertas que resisten a los pixeles que, por millones, viajan e inundan las pantallas.
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André Maurois escribe sobre Saint-Exupéry. En un viejo volumen, editado en Barcelona, se reúnen una serie de semblanzas de otros tantos personajes que realizara el gran escritor francés –ahora eclipsado por los oleajes de la veleidad de las famas literarias. Algunas de las figuras que se reseñan son ahora casi desconocidas. Otras son intemporales: San Ignacio de Loyola, Vauvenargues, Goethe, Chejov... La prosa privilegiada de Maurois traza retratos delicados y precisos; y aunque no aspira a dar una visión completa de las personalidades de que da cuenta, los rasgos que perfila entregan, con frecuencia, la esencia entera del retratado. Muchas veces, así, un boceto de genio transmite más eficazmente las íntimas calidades de una imagen que su reproducción aparentemente "fiel" y exhaustiva. Va:
"Visión de piloto. Habiendo pasado una gran parte de su vida entre constelaciones –en pleno cielo-, se había acostumbrado a ver la tierra como un planeta entre tantos otros. Vivía los continentes en escalas. Era un hombre que, yendo por vez primera a África, se había quedado allí treinta segundos, el tiempo de tirar un saco de correo y de pasar de un avión a otro. De ahí su ostensible desprecio hacia las controversias locales.
Pero no depreciaba a ningún hombre. Muy al contrario, cuando más desdeñaba las ambiciones –sin conceder ninguna importancia a las riquezas; tratando los negocios y convencionalismos del mundo como el señor que puede, de un brinco, sustraerse a ellos- más inclinaba su amor y su respeto a la persona humana."
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Chance meeting. Así se llama una canción de Roxy Music. Encuentros fortuitos que, sin saberlo, determinarán después el rumbo de una vida entera. U otros, que no tienen mayor consecuencia –aparentemente. En el vasto juego de gravitaciones, influjos y marejadas que gobierna las existencias y los sucedidos nunca se sabe qué mirada, qué palabras oídas al vuelo o con atención, qué paisaje o qué música, qué encuentro marcan para siempre una trayectoria vital.
Lo que el azar depara a cada uno puede actuar como enigmáticas cargas de profundidad, explotando y trastornando a veces –tiempo después- estratos profundos de la sensibilidad o el raciocinio. La música del azar –para recordar a Paul Auster- hace danzar realidades y ánimos bajo el impulso de secretos resortes que sólo ella es capaz de activar.
La exposición que Francisco Ugarte presenta por estos días en la galería Curro y Poncho lleva ese nombre: Chance meeting. Seis piezas deliberadas y al mismo tiempo abiertas. La primera, una inscripción en inglés con crayón sobre un muro blanco: Me gustaría poder pintar un bonito paisaje. Es toda una declaración. Y a continuación se pueden ver cinco composiciones abstractas, en las que la luz juega un papel definitivo.
El plano, sobre todo, cumple una doble función: delimita ciertas superficies y contiene una cierta luminosidad muy controlada que, parece ser, es el centro de las preocupaciones de esta muestra. Interesa más la memoria de las obras que su visión inmediata: a algunos días de distancia, la incisión en el muro que admite en el cuarto una luz rasante queda marcada, insistente, en la retina.
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Roxy Music de vuelta. Termina de cantar Bryan Ferry, el último verso dice: I know that time well spent is so rare.
jpalomar@informador.com.mx
Porque un jardín es también una perpetua y sorda contienda: el sol, el aire, el puro espacio son la materia del conflicto. Una bugambilia, manojo apretado de ansia vital, termina por invadir a saco la copa de los árboles vecinos; las garras de león y las piñanonas, huyendo de la sombra demasiado cerrada que las cubre, avanzan sus líneas impetuosamente; una plaga furtiva construye en pocas semanas racimos apretados y mortíferos en las ramas más altas del magnolio; la bugambilia de arriba, víctima de otra fulminante plaga, debe ser desalojada sin miramientos. Hora es de tomar medidas.
El resultado de las operaciones jardínísticas es asombroso: nuevas luces, diferentes ritmos, brillos distintos miden ahora el paso del reloj vegetal y constante. Los pájaros giran desorientados. Perspectivas ya olvidadas se abren desde distintos ángulos. Un vasto y silencioso azoro desciende sobre el espacio. El reloj sigue midiendo los quietos días del jardín: inmutable, lleva su propia, irreversible cuenta. Y los retoños no esperan.
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Synecdoche, New York. Se trata de una ambiciosa, excesiva, quizás al final fallida cinta de Charlie Kaufman –guionista, por ejemplo de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Pero ver el esforzado, tortuoso, a veces casi insoportable intento vale la pena. Philip Seymour-Hoffman encarna a un atormentado director de teatro que se propone llevar a escena –una vez más- la obra total. La que represente el paso del tiempo, las mudanzas de pasiones, obsesiones y extravíos, la volatilidad de la ciudad y la futilidad de los empeños humanos. Consigue una enorme bodega en donde intenta recrear toda Nueva York. Sinécdoque, viene el recuerdo, es el recurso literario que propone la descripción del todo por una de sus partes. De allí el ficticio nombre del pueblo del norte del estado neoyorquino de donde proviene el director. De allí el intento general de la película.
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Postal. 10 por 15 centímetros, más o menos. Fragmentos del mundo –de imágenes del mundo- destinados al viaje. Las postales, ahora en discreta retirada, cubrieron al planeta durante décadas con la noticia abierta de un lugar, un paisaje, un monumento, un cuadro o un personaje que se juzgó propicio compartir o atesorar. Pero después de haber llegado a su destino, las postales prosiguen su viaje a través del tiempo. Y despiertan, a su vez, resonancias nuevas, quizás insospechadas. La materialidad misma del rectángulo de cartón, la inmediatez de su presencia, el timbre que las franqueó, las letras de quien las mandó: señales ciertas que resisten a los pixeles que, por millones, viajan e inundan las pantallas.
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André Maurois escribe sobre Saint-Exupéry. En un viejo volumen, editado en Barcelona, se reúnen una serie de semblanzas de otros tantos personajes que realizara el gran escritor francés –ahora eclipsado por los oleajes de la veleidad de las famas literarias. Algunas de las figuras que se reseñan son ahora casi desconocidas. Otras son intemporales: San Ignacio de Loyola, Vauvenargues, Goethe, Chejov... La prosa privilegiada de Maurois traza retratos delicados y precisos; y aunque no aspira a dar una visión completa de las personalidades de que da cuenta, los rasgos que perfila entregan, con frecuencia, la esencia entera del retratado. Muchas veces, así, un boceto de genio transmite más eficazmente las íntimas calidades de una imagen que su reproducción aparentemente "fiel" y exhaustiva. Va:
"Visión de piloto. Habiendo pasado una gran parte de su vida entre constelaciones –en pleno cielo-, se había acostumbrado a ver la tierra como un planeta entre tantos otros. Vivía los continentes en escalas. Era un hombre que, yendo por vez primera a África, se había quedado allí treinta segundos, el tiempo de tirar un saco de correo y de pasar de un avión a otro. De ahí su ostensible desprecio hacia las controversias locales.
Pero no depreciaba a ningún hombre. Muy al contrario, cuando más desdeñaba las ambiciones –sin conceder ninguna importancia a las riquezas; tratando los negocios y convencionalismos del mundo como el señor que puede, de un brinco, sustraerse a ellos- más inclinaba su amor y su respeto a la persona humana."
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Chance meeting. Así se llama una canción de Roxy Music. Encuentros fortuitos que, sin saberlo, determinarán después el rumbo de una vida entera. U otros, que no tienen mayor consecuencia –aparentemente. En el vasto juego de gravitaciones, influjos y marejadas que gobierna las existencias y los sucedidos nunca se sabe qué mirada, qué palabras oídas al vuelo o con atención, qué paisaje o qué música, qué encuentro marcan para siempre una trayectoria vital.
Lo que el azar depara a cada uno puede actuar como enigmáticas cargas de profundidad, explotando y trastornando a veces –tiempo después- estratos profundos de la sensibilidad o el raciocinio. La música del azar –para recordar a Paul Auster- hace danzar realidades y ánimos bajo el impulso de secretos resortes que sólo ella es capaz de activar.
La exposición que Francisco Ugarte presenta por estos días en la galería Curro y Poncho lleva ese nombre: Chance meeting. Seis piezas deliberadas y al mismo tiempo abiertas. La primera, una inscripción en inglés con crayón sobre un muro blanco: Me gustaría poder pintar un bonito paisaje. Es toda una declaración. Y a continuación se pueden ver cinco composiciones abstractas, en las que la luz juega un papel definitivo.
El plano, sobre todo, cumple una doble función: delimita ciertas superficies y contiene una cierta luminosidad muy controlada que, parece ser, es el centro de las preocupaciones de esta muestra. Interesa más la memoria de las obras que su visión inmediata: a algunos días de distancia, la incisión en el muro que admite en el cuarto una luz rasante queda marcada, insistente, en la retina.
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Roxy Music de vuelta. Termina de cantar Bryan Ferry, el último verso dice: I know that time well spent is so rare.
jpalomar@informador.com.mx