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Diario de un espectador
La ciudad se arrebuja como puede ante el frío que, aquí, siempre es un extranjero de peculiares
Grises y soles. Y luego se pone a llover. La ciudad se arrebuja como puede ante el frío que, aquí, siempre es un extranjero de peculiares y difíciles costumbres. Las casas, llenas de rendijas y chiflones, de ventanas ligeras impuestas al trópico, se transforman: portan entonces un aura helada que sólo deshace la salida al sol pálido de la media mañana. Terrazas desiertas, equipales vacíos y engarruñados. Un señor que ya no está remarcaba, invariablemente, en la distinta calidad que todas las cosas adoptaban gracias al frío. Esa extrañeza, este contraste agradecible y al final indispensable, le hace un gran y secreto bien a la ciudad toda. Como se lo hace a esta Guadalajara, ciudad lisa y aparentemente plana, la portentosa barranca de Oblatos. Así, por el contraste y la experiencia de la otredad, cala más hondo la vida. Bien que lo sabe el jardín.
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El último metro. Así se llama una película de Francois Truffaut, de 1980, (apenas ayer, hace 30 años.) Catherine Deneuve, dueña de todo su insolente esplendor, es la protagonista y la propietaria y actriz principal de un teatro de barrio en el París de la segunda guerra mundial. Frente a ella, Gérard Depardieu, un actor de fortuna. El marido de la patrona, judío, debe vivir escondido en los sótanos del teatro para escapar de la Gestapo. Qué placer de ver como se despliega, con el rutilante y paciente oficio de Truffaut, todo un juego de sutilezas humanas y de entretelas del corazón. La ambientación es notable. Montmartre, entonces. Y el teatro mismo, con sus pasillos, penumbras, bambalinas laberínticas, memorables actores secundarios. Vale la pena procurarla.
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Por fraternas vías llega un artículo de Giorgio Agamben que se llama Magia y Felicidad. Es, a la vez, intrigante y luminoso, desolador y reconfortante. Van algunos fragmentos:
"Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que ‘los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia’. La afirmación, realizada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo.
Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: ‘Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural’. Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella..."
" Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamente feliz. Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción."
"Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya."
"Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer. Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros).
Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando hemos arrebatado la felicidad a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil."
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Para seguir con la magia: hay que ver Avatar. Todo el número. De preferencia en pantalla Imax y con anteojos de tercera dimensión, aunque sean levemente ridículos. Ya es lugar común, pero es cierto, que la película de James Cameron es un hito en la cinematografía contemporánea: no hay antecedente para el espectáculo ofrecido. Más allá de la historia misma, la sucesión de imágenes –a lo largo de casi tres horas que vuelan- es asombrosa.
Todo pasa en una luna distante que se llama, apropiadamente, Pandora. Con la fuerza y la condición elemental de los mitos, el bien y el mal se enzarzan en sus batallas. La azul y gigantesca tribu de los Ma’vi, habitantes de Pandora, es de una belleza pasmosa, extraída de la de los guerreros Massaï y sus espléndidas mujeres de ojos dorados. La recreación de plantas, animales y paisajes es una gozada. Avatar, sin duda, funda una nueva mitología cinematográfica. A ver qué sigue.
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El viejo jardinero, sin perder ni un instante ese aristocrático estilo, recuenta secamente la repentina muerte del hijo. Lo sabe: el rayo sabe caer. No lo arredra -no lo sueña- el trabajo que se le vuelve más arduo sin la ayuda filial. Quede aquí un mínimo homenaje al coraje, a la entereza, a la elegancia moral, a la fe inamovible del jardinero, incesante, imbatible. Y desde mucho antes de que levante la mañana su escoba reconstruye la ciudad entelerida.
jpalomar@informador.com.mx
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El último metro. Así se llama una película de Francois Truffaut, de 1980, (apenas ayer, hace 30 años.) Catherine Deneuve, dueña de todo su insolente esplendor, es la protagonista y la propietaria y actriz principal de un teatro de barrio en el París de la segunda guerra mundial. Frente a ella, Gérard Depardieu, un actor de fortuna. El marido de la patrona, judío, debe vivir escondido en los sótanos del teatro para escapar de la Gestapo. Qué placer de ver como se despliega, con el rutilante y paciente oficio de Truffaut, todo un juego de sutilezas humanas y de entretelas del corazón. La ambientación es notable. Montmartre, entonces. Y el teatro mismo, con sus pasillos, penumbras, bambalinas laberínticas, memorables actores secundarios. Vale la pena procurarla.
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Por fraternas vías llega un artículo de Giorgio Agamben que se llama Magia y Felicidad. Es, a la vez, intrigante y luminoso, desolador y reconfortante. Van algunos fragmentos:
"Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que ‘los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia’. La afirmación, realizada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo.
Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: ‘Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural’. Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella..."
" Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y sólo entonces puede decirse verdaderamente feliz. Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción."
"Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede saber que lo está siendo; el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la más buena. Y aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de alguna cosa, huye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad que sabe que está teniendo en cierto sentido no es suya."
"Sólo el encantado puede decir sonriendo: yo, y verdaderamente merecida es sólo esa felicidad que no soñaríamos con merecer. Es esta la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros).
Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de aquel no para nosotros. No quiere decir que la felicidad está reservada solamente a los otros (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando hemos arrebatado la felicidad a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez por todas la tristeza infantil."
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Para seguir con la magia: hay que ver Avatar. Todo el número. De preferencia en pantalla Imax y con anteojos de tercera dimensión, aunque sean levemente ridículos. Ya es lugar común, pero es cierto, que la película de James Cameron es un hito en la cinematografía contemporánea: no hay antecedente para el espectáculo ofrecido. Más allá de la historia misma, la sucesión de imágenes –a lo largo de casi tres horas que vuelan- es asombrosa.
Todo pasa en una luna distante que se llama, apropiadamente, Pandora. Con la fuerza y la condición elemental de los mitos, el bien y el mal se enzarzan en sus batallas. La azul y gigantesca tribu de los Ma’vi, habitantes de Pandora, es de una belleza pasmosa, extraída de la de los guerreros Massaï y sus espléndidas mujeres de ojos dorados. La recreación de plantas, animales y paisajes es una gozada. Avatar, sin duda, funda una nueva mitología cinematográfica. A ver qué sigue.
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El viejo jardinero, sin perder ni un instante ese aristocrático estilo, recuenta secamente la repentina muerte del hijo. Lo sabe: el rayo sabe caer. No lo arredra -no lo sueña- el trabajo que se le vuelve más arduo sin la ayuda filial. Quede aquí un mínimo homenaje al coraje, a la entereza, a la elegancia moral, a la fe inamovible del jardinero, incesante, imbatible. Y desde mucho antes de que levante la mañana su escoba reconstruye la ciudad entelerida.
jpalomar@informador.com.mx