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Diario de un espectador

Una expresión inglesa para hablar de las desveladas al filo del trabajo que no termina

Quemar el aceite de la medianoche. Una expresión inglesa para hablar de las desveladas al filo del trabajo que no termina. Midnight oil es también el nombre de una banda de rock australiana particularmente energética y combativa. Al azar de la caja de música aparece una canción cuya letra resuena con insospechados ecos.

Señales de los días que corren: el barco prosigue su navegación, su estela deja atrás cicatrices y júbilos, agobios, tedios bajo la luz inclemente de mañanas sin rastro, singladuras arriesgadas por el gusto del momento que huye, insistentes porfías del rumbo trazado, tiempo transcurrido. Los desesperados y divididos años. Las luces se encienden, sobre el puente de mando unos pasos repiten su recorrido. Midnight oil dice:

Pocos de los pecados del padre/ visitan ahora al hijo/ los corazones han sido duros/ las manos se han cerrado en puños demasiado tiempo// Nuestros hijos no habrán de ser soldados/ nuestras hijas no habrán de necesitar armas/ estos son los años de enmedio/ estos son los años que fueron duramente peleados y ganados/ contratos rotos en los bordes/ viejas firmas manchadas de tinta/ temporadas de guerra y de gracia/ estos no habrán de ser los años olvidados// Aún duele como el tétano/ apesta a política/ ¿cuántos sueños quedan?/ este es un sentimiento muy fuerte para contenerlo// Los años más duros, los años más oscuros/ los años rugientes, los años caídos/ estos no habrán de ser los años olvidados/ los años más duros, los años más salvajes/ los desesperados y divididos años/ nuestra costa nunca fue invadida/ nuestro país nunca estuvo en llamas/ esta es la calma que respiramos/ este es un sentimiento muy fuerte para contenerlo// Aún duele como el tétano/ apesta a política/ firmas manchadas de lágrimas/ quién puede recordar, hemos de recordar// Desamparados dolientes quebrantados años/ los bien probados años del corazón roto/ estos no habrán de ser los años olvidados// Los años cegados los años ligados/ los desesperados y divididos años/ estos no habrán de ser los años olvidados/ recuerda.


Reflexión para el centenario inminente. Émile Bénard fue el arquitecto que proyectó el fallido Palacio Legislativo de México. Sobre su obra y su figura, Artes de México publicó hace poco un espléndido libro. Sus autores son Javier Pérez Siller y Martha Bénard Calva. La doxa corriente en las escuelas de arquitectura condenaba al purgatorio –si no es que al infierno- de lo "afrancesado" y ecléctico el vasto intento porfirista por dotar a las cámaras de un recinto apropiado. De él, se sabe, quedó durante largo tiempo el esqueleto inacabado, canibalizado innumerables veces para vender pedazos de su estructura. Carlos Obregón Santacilia se encargaría de transformar la cúpula central –destinada a cubrir la enorme sala de los pasos perdidos- en el Monumento de la Revolución. Muy ufanos, los regímenes postrevolucionarios creyeron ver en esa mutación un gesto de justicia poética: de gran pastel porfirista a hierático mausoleo revolucionario.

Bien visto el asunto, mucho es lo que habría que revisar. Independientemente del régimen que hubiera empezado o terminado el edificio, éste era una impecable muestra de un depurado (y pertinente) estilo Beaux-Arts, bien proyectado y dispuesto. Y no hay que olvidar que en los esfuerzos de la academia –que tan de moda estuvo deprecar- se destilaba toda la gran tradición del humanismo occidental y sus hondas y muy nobles raíces civilizatorias. Que tanta falta han hecho tantas veces. Por otro lado, la hechura de Obregón Santacilia es tiesa, descongraciada y huera. Considerando la estupenda acuarela del conjunto, y recordando el inefable edificio actual de la cámara, es factible entender todo lo que se perdió. Y, además, esa pérdida se vio como gran avance ideológico. (Y ni hablar de la sede de Donceles, con su indescriptible tribuna mega pompier) Luego, generaciones de arquitectos consideraron con condescendencia el trueque. Habría que imaginar las cosas de otro modo.


Curioseando hace unas tardes en la librería del señor Cervantes apareció un libro peculiar. Es una edición de 1923, aparentemente costeada por el autor. La portada tiene un acentuado estilo art-nouveau y ostenta un título muy de época: Huerto inviolado. El autor es Rafael Ponce de León, posiblemente hijo del pintor jalisciense del mismo nombre, quien fuera discípulo de Félix Bernardelli y muriera a temprana edad. El volumen contiene una serie de poemas en prosa muy olvidables. Pero el objeto es bonito. Tiene una muy buena caja, cuidada tipografía y una portadilla interesante. Pero además tiene un prólogo nada menos que de José Vasconcelos.

El egregio oaxaqueño elige el cortés recurso de irse por los cerros de Úbeda, decir generalidades e informarnos que el poeta Ponce de León también era aviador. (En la Wikipedia aparece una foto de un grupo de pilotos, de 1924, en el que aparece el autor.) Pero dice Vasconcelos: "En el fondo de cada ser hay una canción. Unas veces se traduce en gracia; cuando el cuerpo es flexible, por allí se escapa el ritmo y nace de esa manera el baile; arte confuso pero preñado de revelación, que conmueve, a veces con una alegría angustiosa como de un gran secreto que se palpa y no se adivina. Si el cuerpo es torpe, el ritmo busca salir por la mente, y entonces aparecen los filósofos; pero si el afán del alma es muy intenso y lo conmueve todo, entonces el ímpetu vital que se encuentra en el corazón pugna por servir de vehículo a la chispa divina que está dentro, y aparece el poeta."


Nosotros, La juventud del Ateneo de México, se llama un libro de Susana Quintanilla editado por Tusquets. Un interesante y disparejo recorrido que va de 1906 a 1911 y da cuenta de los esfuerzos del célebre grupo de intelectuales mexicanos (el Ateneo de la Juventud) por encontrar su propia voz, su tradición y su quehacer en el ocaso del régimen de Porfirio Díaz. Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña (que, a la distancia, se ve poco simpático), Alfonso Reyes, Jesús T. Acevedo, José Vasconcelos, Julio Torri –por citar a los más conocidos.

Y aparece también una plétora de escritores de distintas generaciones y tendencias que forman un mosaico apasionante sobre el que se pueden leer las líneas de fuerza de la sensibilidad y la reflexión mexicana (y sus inevitables conexiones con el poder) en los albores del siglo pasado. Vale la pena.
jpalomar@informador.com.mx

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