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Diario de un espectador

Diario del jardín

Diario del jardín. No es quizá descabellado decir que a un jardín lo van construyendo las miradas que lo descubren. En el infinito comercio de cosas y seres se va tejiendo, sin cesar y pacientemente, una dilatada e inaprensible red de relaciones, afinidades, oposiciones y desafectos, querencias y memorias: tal es la materia que nutre a la realidad, a esta lenta combustión vertiginosa que es la vida. Cada territorio está, entonces, cruzado, marcado e imantado por esa carga de significados y experiencias que informa una parcela del mundo. Y que, si se pone cuidado, devela sus lecturas. El jardín va cumpliendo las edades de quienes lo transitan. Las tres grandes macetas de helechos hablan oscuramente de las décadas pasadas en las que su inmutable resplandor ha reinado, sobre antiguos capiteles de casas hace mucho demolidas, en tres ángulos del jardín. Un siglo aspira oscuramente a cumplir el granado: su tronco retorcido es indistinguible por momentos de las gruesas guías madre que el jazmín ha desarrollado a su vera. En el invernadero de la Virgen las plantas recién llegadas aprenden calladamente de las que allí han durado desde hace mucho. En la ventana de la cocina unas plantas hace poco sembradas por manos infantiles progresan. La terraza de las espinas tiene estos días una prodigiosa, difícil floración. Unos tallos como lanzas levantan al cielo unos rojos racimos de flores apretadas. El sol va oscureciendo su color: contra la fronda del arrayán el viento mece levemente estos regalos de las plantas ariscas.
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Por el tiempo de Navidad. Dice Shakespeare en el primer acto de Hamlet:
Algunos dicen que cada que se acerca la estación,
Cuando es celebrado el nacimiento de Nuestro Salvador,
El pájaro del amanecer no cesa de cantar la noche entera;
Y entonces, dicen, no hay espíritu con ánimo de dejar su morada;
Las noches son saludables; entonces ningún planeta amenaza,
Ninguna hada y ninguna hechicera tiene el poder de encantar,
Así de sagrado y tan lleno de gracia es ese tiempo.
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Novelas de caballería. Este bonito título da nombre a las memorias de Luis Cardoza y Aragón. Desde que aparecieron como género literario, las historias de caballeros desfacedores de entuertos han acompañado a decenas de generaciones. Cambiando, adaptándose, mutando. La verdad de las mentiras es un alimento sin el que la parte más sensible de la imaginación colectiva no se contenta. Se ha dicho que las novelas de detectives serían una especie de descendiente de los relatos en los que –ante la confusión y grisura del mundo- la verdad y el bien logran esclarecer los abismos de la condición humana. Imposible para este espectador no referirse a la copiosa lectura de las novelas del mítico Georges Simenon y su impagable comisario, Jules Maigret. En ellas, mediante una escritura ágil y elegante, París adquiría una densidad y un encanto que tienen que ver con el mismo Balzac. La ciudad como personaje, un acuoso escenario que se vuelve protagonista y toma forma y sabor: casos hay en los que el pastis prevalece como leit-motiv; otros en los que el coñac acompaña la narración, o las fillettes de vino reciente. Todo envuelto en el humo de la pipa impasible de Maigret y sus divagaciones.

Esto, para volver a hablar de Fred Vargas, la escritora francesa de novelas que –de alguna manera- se inscriben bajo el género de las policiacas. De entrada, la autora no se llama así, pero adoptó su nom de plume del apellido de la heroína de la célebre Condesa descalza, película dirigida en 1954 por Joseph Mankievicz, con Ava Gardner y Humphrey Bogart en los papeles principales. La escritura es difícilmente clasificable, y la elusiva huella del nouveau roman, junto con incontables antecedentes forman un ecléctico trasfondo. París, regularmente, es contado, descrito y recorrido con morosidad. Pero es la obsesiva observación de Jean-Baptiste Adamsberg, el héroe de la serie, la que toma especial preeminencia. Con apellido de resonancias alsacianas, y nativo de los Pirineos, el comisario procede con imprevisibles humores, inesperados acercamientos, en sus investigaciones. La tensión Holmes-Watson, infalible recurso para construir las deducciones y el clima de la historia, es completada por Danglard, un atormentado agente afecto al vino blanco desde tempranas horas, a las cuidadas indumentarias, y responsable de cinco niños en ausencia de su madre. Los diálogos que sostienen Adamsberg y Danglard, el contraste entre sus temperamentos, sus estilos y manías, llevan al lector a una intrigante reflexión sobre la disparidad y la confluencia de visiones del mundo distantes y complementarias. Los antecedentes de estas dualidades son conocidos y célebres. Caballero y escudero, y todo eso. El Comisario, quien vive solo, navega por la ciudad con la vaga noción de que una muchacha que una vez se fue persiste en vagar por el mundo: esa certeza lo hace seguir adelante. Y dibuja todo el tiempo.
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De la batea de las postales. Poesía y máquinas. Es el título de una exposición aparentemente sucedida, hace años, en Colonia. Para ilustrar el tema se presenta un cuadro de Carl Grossberg, llamado Sala de máquinas, y que pertenece a la colección del museo Von-der-Heydt, de Wuppertal. Representa un cuarto en el que un planeta está suspendido, y una ventana en ángulo deja ver un paisaje fluvial: un puente blanco, un pequeño barco de vapor, una serie de construcciones, unas vías del tren, unas lomas al fondo. La luz inmóvil, la precisa definición de las cosas, recuerdan inmediatamente al Chirico. Dentro del cuarto, de verdes muros, hay una efigie de la Virgen a cuya base un chango gesticula. Una máquina indeterminada –vagamente, una imprenta de rodillos- emite un rollo de papel en blanco. La poderosa gravitación del planeta doméstico impone su misteriosa ley.
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Del libro de las imágenes perdurables. Velero escorado. Visto desde hace mucho, el navío sigue avanzando por los días. Misteriosamente, frente al temporal, no hay ningún tripulante a la vista. Las amuras, obenques y cordajes parecen estar bien aparejados. La siguiente ola, que ya despunta, seguramente volverá a barrer la cubierta. Crece la marejada. La vela mayor va ceñida y el nombre del barco puede ser cualquiera.
jpalomar@informador.com.mx

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