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Diario de un espectador
Las primeras campanadas del Adviento descienden de la espadaña agraciada de Nuestra Señora de los Ángeles
Las primeras campanadas del Adviento descienden de la espadaña agraciada de Nuestra Señora de los Ángeles. Cuántas veces, considerándola al sesgo, se supo que su refinada pátina, sus seis naranjos florecidos y el piso enlamado del atrio discreto serían pronto pasto del pardo despojo. Queda el anuncio de que, por primera vez en los más de cien años que ya dura la capellanía, la Virgen de Zapopan visitará su nave, alegre y desde siempre prevenida con su plétora de ángeles. Queda la memoria del novenario de una vecina devota y la milagrosa aparición entonces de la frágil, devastadora belleza, nunca tan fugaz.
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Oscar Vencelas de Lubicz-Milosz tuvo una vida que se podría cifrar en una palabra: renunciamiento. Dejó una obra rara y misteriosa, una secuela de extraños encuentros. Uno de ellos, quizás, en la librería del señor Cervantes, una tarde pasada, ya pardeando, cuando entre los alteros de libros polvorientos apareció una antología editada en 1949 por Pierre Seghers. Milosz nació en 1877 en Czéréïa, Lituania, en donde su familia había poseído por siglos una inmensa propiedad -que el régimen bolchevique habría de confiscar en 1917- y que tenía dispersos alrededor de "la casa sombría de los ancestros", sus pueblos, sus iglesias, sus fábricas, un castillo medieval en ruinas... El poeta murió en 1939. Va esta suma del renunciamiento a la casa de la infancia, va esta traducción heterodoxa de Insomnio, publicado en 1929.
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Digo: mi Madre. Y es en tí que yo pienso, oh Casa. Casa de los bellos veranos oscuros de mi infancia, en tí que no has jamás reprochado mi melancolía, en tí que sabías tan bien esconderme de las miradas crueles, oh cómplice, dulce cómplice. Que no haya yo encontrado alguna vez, en mi joven estación murmurante, una muchacha de alma extraña, sombría y fresca como la tuya, de ojos transparentes, enamorados de lejanías de cristal, bellos, consoladores de ver en la entresombra del verano.
Ah, he respirado muchas almas, pero ninguna tenía este buen olor de sábana fresca y de pan dorado y de vieja ventana abierta a las abejas de junio. Ni esta santa voz de mediodía resonando en las flores. Ah, esas caras locamente inclinadas. No eran como la tuya, oh mujer de hace mucho sobre la colina. Sus ojos no eran la bella rosaleda ardiente y sombría que sueña en tus jardines y me mira hasta el corazón allá, en el paraíso perdido de mi llorosa alameda en donde de una voz velada el pájaro de la infancia me llama, donde el oscurecimiento de la mañana del verano huele a nieve.
Madre, por qué me has puesto en el alma este terrible, este insaciable amor del hombre, oh dime, por qué no me has cubierto de tierno polvo como esos muy viejos libros murmurantes que huelen al viento y el sol de los recuerdos, y por qué no he vivido solitario y sin deseos bajo tus techos bajos, los ojos vueltos a la ventana irisada en dónde el abejorro, el amigo de los días de infancia, suena en el azur de la vejez. Bellos días, límpidos días.
Cuando la colina estaba en flor, cuando, en el océano de oro del calor, los grandes órganos de las colmenas en labor cantaban para los dioses del sueño, cuando la nube del bello rostro tenebroso derramaba la fresca piedad de su corazón sobre los trigos jadeantes y la piedra sedienta y mi hermana la rosa de las ruinas.
En dónde están, bellos días, dónde estás bella llorosa, tranquila alameda. Hoy tus troncos huecos me darían miedo puesto que el joven Amor que sabía historias tan bellas se escondía allí, y el Recuerdo ha esperado treinta años, y nadie ha llamado: Amor se ha dormido.
Oh Casa, Casa. Por qué me has dejado partir, por qué no has querido guardarme, por qué Madre, has permitido, hace tiempo, al viento mentiroso del otoño, al fuego de la larga velada, a estos magos, oh tú que conocías mi corazón, de tentarme así con sus cuentos delirantes, llenos de un olor de viejas islas y de veleros perdidos en el gran azul silencioso del tiempo, y de las riberas del Sur en donde las vírgenes esperan.
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Dieciocho con una bala. Así se llama una balada soul de los setenta, popular aún hoy entre ciertos grupos chicanos de Los Ángeles. Así se llama también la exposición de tres artistas angelinos recientemente inaugurada en el Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de la calle de Río de Janeiro. Juan Capistrán presenta una pieza consistente en una composición de globos de gas con un letrero optimista, Sandra de la Loza muestra una serie hipnótica de fotografías de escenarios urbanos que denotan el paso furtivo de la banda –como de coyote rulfiano-, junto con un video; y Shizu Saldamando dibujó con notable delicadeza y una pluma atómica, sobre tres pañuelos y tres sábanas, distintos motivos. Un sello con un contundente dibujo del Dr. Lakra circulaba tatuado sobre un tapique de tortillas.
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Reconocer la pérdida, el descalabro del tiempo, está en el fundamento de toda nueva construcción. No son sino los paraísos perdidos los que saben convocar los inéditos jardines, trazar las veredas que habrán de inaugurar los días venideros. Ninguna durabilidad escapa de tener como frágil cimiento la tenue cadena del instante en fuga. Bajo la fábrica arrogante y perfecta de la pirámide, al pie de la columna que florece en las múltiples bóvedas de la catedral, está la semilla humilde del renunciamiento, la quieta mirada lúcida de la reticencia que conoce del naufragio y la ruina. Arduos materiales resecos y esenciales, raíz del canto que se levanta entusiasta y del dintel invencible que conduce al futuro.
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Baila, la muchacha. Llega la sucesión de fotografías que inundan la pantalla interperrita. La acumulación de las brillantes escenas de un ballet no por muy visitado menos entrañable va dejando una suave sensación de júbilo y de instintivo afecto por el trabajo paciente, sufrido y bien hecho que desemboca en el fulgor de estos cuantos instantes de gracia insolente y plena. Un viejo maestro, contaba, revivía su devoción por una bailarina poniendo a girar su pequeña silueta de papel en el centro del tocadiscos, que siempre recomenzaba. Tardes parpadeantes de Rimsky-Korsakov, la visión de les ballets ruses y el infalible tequila. Se repiten ahora, de otro modo, esos giros, y desde el vértigo de los pasmados pixeles, una muchacha cruza de un élancé desenfadado y exacto el cuarto y se pierde, liviana, entre las sombras que avanzan. Tiny dancer.
jpalomar@informador.com.mx
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Oscar Vencelas de Lubicz-Milosz tuvo una vida que se podría cifrar en una palabra: renunciamiento. Dejó una obra rara y misteriosa, una secuela de extraños encuentros. Uno de ellos, quizás, en la librería del señor Cervantes, una tarde pasada, ya pardeando, cuando entre los alteros de libros polvorientos apareció una antología editada en 1949 por Pierre Seghers. Milosz nació en 1877 en Czéréïa, Lituania, en donde su familia había poseído por siglos una inmensa propiedad -que el régimen bolchevique habría de confiscar en 1917- y que tenía dispersos alrededor de "la casa sombría de los ancestros", sus pueblos, sus iglesias, sus fábricas, un castillo medieval en ruinas... El poeta murió en 1939. Va esta suma del renunciamiento a la casa de la infancia, va esta traducción heterodoxa de Insomnio, publicado en 1929.
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Digo: mi Madre. Y es en tí que yo pienso, oh Casa. Casa de los bellos veranos oscuros de mi infancia, en tí que no has jamás reprochado mi melancolía, en tí que sabías tan bien esconderme de las miradas crueles, oh cómplice, dulce cómplice. Que no haya yo encontrado alguna vez, en mi joven estación murmurante, una muchacha de alma extraña, sombría y fresca como la tuya, de ojos transparentes, enamorados de lejanías de cristal, bellos, consoladores de ver en la entresombra del verano.
Ah, he respirado muchas almas, pero ninguna tenía este buen olor de sábana fresca y de pan dorado y de vieja ventana abierta a las abejas de junio. Ni esta santa voz de mediodía resonando en las flores. Ah, esas caras locamente inclinadas. No eran como la tuya, oh mujer de hace mucho sobre la colina. Sus ojos no eran la bella rosaleda ardiente y sombría que sueña en tus jardines y me mira hasta el corazón allá, en el paraíso perdido de mi llorosa alameda en donde de una voz velada el pájaro de la infancia me llama, donde el oscurecimiento de la mañana del verano huele a nieve.
Madre, por qué me has puesto en el alma este terrible, este insaciable amor del hombre, oh dime, por qué no me has cubierto de tierno polvo como esos muy viejos libros murmurantes que huelen al viento y el sol de los recuerdos, y por qué no he vivido solitario y sin deseos bajo tus techos bajos, los ojos vueltos a la ventana irisada en dónde el abejorro, el amigo de los días de infancia, suena en el azur de la vejez. Bellos días, límpidos días.
Cuando la colina estaba en flor, cuando, en el océano de oro del calor, los grandes órganos de las colmenas en labor cantaban para los dioses del sueño, cuando la nube del bello rostro tenebroso derramaba la fresca piedad de su corazón sobre los trigos jadeantes y la piedra sedienta y mi hermana la rosa de las ruinas.
En dónde están, bellos días, dónde estás bella llorosa, tranquila alameda. Hoy tus troncos huecos me darían miedo puesto que el joven Amor que sabía historias tan bellas se escondía allí, y el Recuerdo ha esperado treinta años, y nadie ha llamado: Amor se ha dormido.
Oh Casa, Casa. Por qué me has dejado partir, por qué no has querido guardarme, por qué Madre, has permitido, hace tiempo, al viento mentiroso del otoño, al fuego de la larga velada, a estos magos, oh tú que conocías mi corazón, de tentarme así con sus cuentos delirantes, llenos de un olor de viejas islas y de veleros perdidos en el gran azul silencioso del tiempo, y de las riberas del Sur en donde las vírgenes esperan.
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Dieciocho con una bala. Así se llama una balada soul de los setenta, popular aún hoy entre ciertos grupos chicanos de Los Ángeles. Así se llama también la exposición de tres artistas angelinos recientemente inaugurada en el Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de la calle de Río de Janeiro. Juan Capistrán presenta una pieza consistente en una composición de globos de gas con un letrero optimista, Sandra de la Loza muestra una serie hipnótica de fotografías de escenarios urbanos que denotan el paso furtivo de la banda –como de coyote rulfiano-, junto con un video; y Shizu Saldamando dibujó con notable delicadeza y una pluma atómica, sobre tres pañuelos y tres sábanas, distintos motivos. Un sello con un contundente dibujo del Dr. Lakra circulaba tatuado sobre un tapique de tortillas.
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Reconocer la pérdida, el descalabro del tiempo, está en el fundamento de toda nueva construcción. No son sino los paraísos perdidos los que saben convocar los inéditos jardines, trazar las veredas que habrán de inaugurar los días venideros. Ninguna durabilidad escapa de tener como frágil cimiento la tenue cadena del instante en fuga. Bajo la fábrica arrogante y perfecta de la pirámide, al pie de la columna que florece en las múltiples bóvedas de la catedral, está la semilla humilde del renunciamiento, la quieta mirada lúcida de la reticencia que conoce del naufragio y la ruina. Arduos materiales resecos y esenciales, raíz del canto que se levanta entusiasta y del dintel invencible que conduce al futuro.
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Baila, la muchacha. Llega la sucesión de fotografías que inundan la pantalla interperrita. La acumulación de las brillantes escenas de un ballet no por muy visitado menos entrañable va dejando una suave sensación de júbilo y de instintivo afecto por el trabajo paciente, sufrido y bien hecho que desemboca en el fulgor de estos cuantos instantes de gracia insolente y plena. Un viejo maestro, contaba, revivía su devoción por una bailarina poniendo a girar su pequeña silueta de papel en el centro del tocadiscos, que siempre recomenzaba. Tardes parpadeantes de Rimsky-Korsakov, la visión de les ballets ruses y el infalible tequila. Se repiten ahora, de otro modo, esos giros, y desde el vértigo de los pasmados pixeles, una muchacha cruza de un élancé desenfadado y exacto el cuarto y se pierde, liviana, entre las sombras que avanzan. Tiny dancer.
jpalomar@informador.com.mx