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Diario de un espectador
Miro al mundo y me doy cuenta que está girando
Atmosféricas. Miro al mundo y me doy cuenta que está girando, escribió famosamente George Harrison, y cantaban los Beatles en esa canción de nombre difícilmente traducible y que se llama algo así como Mientras mi guitarra dulcemente solloza.
Está girando, en efecto. Va la luna a la baja después de su aparición estelar del otro día, y su esplendor en retirada se acuerda ahora a los acordes de la guitarra de Clapton, tocando para el amigo muerto. Suceden cosas, dicen cosas: la música de lo que pasa, agradeciblemente sobrepasada, o sustituida cuando se ocupa, por el infalible Bach. Existe un libro inolvidable, escrito por el malogrado novelista norteamericano John Kennedy Toole: Se tradujo como La Conjura de los necios, y se llama A confederacy of dunces. O sea, más bien, Una confederación de zopencos, traducción que este a espectador le parece mucho más apropiada. El título proviene de una cita de Jonathan Swift que dice más o menos así: "Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se le puede conocer por este signo: que los zopencos están todos en confederación contra él." Viene al caso esto por tantas y tan precisas cosas: necios (en la acepción tapatía de tercos) o zopencos. Mejor, siempre, lo primero.
**
Lo dicho, Yeats:
Para un amigo cuyos trabajos han sido en vano
Ahora que la verdad entera se abre
Sé discreto y toma la derrota
De cualquier garganta insolente,
Por que cómo podrías competir,
Tú, criado en el honor, con alguien
Que, si fuera probado que miente,
Ni sentiría vergüenza él mismo
Ni bajo los ojos de su prójimo.
Criado para cosa más dura
Que el Triunfo, déjalo atrás
Y como una cuerda que canta
Sobre la que dedos febriles tocan
Entre muros de piedra,
Sé discreto y exulta,
Porque de todas las cosas conocidas
Esa es la más difícil.
**
The wind cries Mary. The Jimi Hendrix Experience. El viento grita María. Era 1967, y los días estaban contados para el prodigioso guitarrista de la melena afro. Ante unos cuantos muchachos sentados frente a él, acompañado por un bajo y una batería, Hendrix interpretaba una de sus más célebres canciones.
Su guitarra infalible puntuaba una letra muy a la Dylan. Dice: "Después de que todos los muñecos están en sus cajas/ y todos los payasos se han ido a dormir/ puedes oír a la felicidad tropezando calle abajo/ huellas teñidas de rojo/ y el viento susurra María// Una escoba melancólicamente limpia/ las rotas piezas de la vida de ayer/ en algún lugar una reina solloza/ en algún lugar un rey no tiene mujer/ y el viento, el viento grita María// Los semáforos se ponen en azul mañana/ y brilla su vacío sobre mi cama/ la pequeña isla deriva río abajo/ porque la vida vivida está muerta/ y el viento grita María// Habrá el viento alguna vez de acordarse/ de los nombres que se llevó en el pasado/ y con sus muletas, su avanzada edad, su sabiduría/ murmura que no, que esta será la última vez/ y el viento grita María." Era, pues, 1967, y la tormenta de espinas, ah tan dulces, no hacía más que empezar.
Y dura. Al poco andar, una fiesta convocaba a las huestes del Instituto de Ciencias. Requiescat in pacem, Jimi Hendrix, era el llamado sobre una cartulina negra con la efigie del caído.
**
Íñigo Hood. Bravamente, va el muchacho a la excursión, alto como tres manzanas, todo de verde vestido, una gorra en punta, olvidando el arco, no le hace. De esta misma exacta manera asaltará el mañana, y cruzará victorioso los días que, a su paso, sus flechas certeras habrán de conocer. Zoom out a una barranca que aloja un robledal, una mesa generosa, una señora preside, encantadora y cercana, la congregación de nietos y parientes. Ruedan los años, el viento de noviembre se llevó el pasado, queda este resplandor que tarda en alejarse.
**
Los años del águila, es el muy bonito título del libro que Claude Fell dedicó a José Vasconcelos en un libro aparecido ya hace tiempo. Revisitar las paginas del oaxaqueño casi siempre es una electrizante experiencia (como la de Jimi H). Van algunas citas desvalagadas, centelleos del vuelo que, al paso de su prosa inigualable, de repente tiene ciertas vertiginosas iluminaciones - como las del águila.
Hablando de Adriana: "Largo el cuello, corto el busto, aguzados los senos, ágilmente musical el talle, suelto el ademán, estremecía dulcemente el aire desalojado por su paso." En otro lado: "Por mi parte, nunca estimé el saber por el saber. Al contrario: saber como medio para mayor poderío y en definitiva para salvarse; conocer como medio de alcanzar la suprema esencia; moralidad como escala para la gloria, sin vacío estoicismo, tales mis normas, encaminadas francamente a la conquista de la dicha. Ningún género de culto a lo que sólo es medio o intermedio y sí toda vehemencia dispuesta para la conquista de lo esencial y absoluto.
" Y luego: "Menciono a los canteros que durante un año han repetido aquí la música discorde y creadora de sus cinceles, música a cuyo son complejo se levantaron las catedrales y los palacios que dieron a este país lo que no tiene ningún otro del continente, una arquitectura noble, poderosa y autóctona."
jpalomar@informador.com.mx
Está girando, en efecto. Va la luna a la baja después de su aparición estelar del otro día, y su esplendor en retirada se acuerda ahora a los acordes de la guitarra de Clapton, tocando para el amigo muerto. Suceden cosas, dicen cosas: la música de lo que pasa, agradeciblemente sobrepasada, o sustituida cuando se ocupa, por el infalible Bach. Existe un libro inolvidable, escrito por el malogrado novelista norteamericano John Kennedy Toole: Se tradujo como La Conjura de los necios, y se llama A confederacy of dunces. O sea, más bien, Una confederación de zopencos, traducción que este a espectador le parece mucho más apropiada. El título proviene de una cita de Jonathan Swift que dice más o menos así: "Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, se le puede conocer por este signo: que los zopencos están todos en confederación contra él." Viene al caso esto por tantas y tan precisas cosas: necios (en la acepción tapatía de tercos) o zopencos. Mejor, siempre, lo primero.
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Lo dicho, Yeats:
Para un amigo cuyos trabajos han sido en vano
Ahora que la verdad entera se abre
Sé discreto y toma la derrota
De cualquier garganta insolente,
Por que cómo podrías competir,
Tú, criado en el honor, con alguien
Que, si fuera probado que miente,
Ni sentiría vergüenza él mismo
Ni bajo los ojos de su prójimo.
Criado para cosa más dura
Que el Triunfo, déjalo atrás
Y como una cuerda que canta
Sobre la que dedos febriles tocan
Entre muros de piedra,
Sé discreto y exulta,
Porque de todas las cosas conocidas
Esa es la más difícil.
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The wind cries Mary. The Jimi Hendrix Experience. El viento grita María. Era 1967, y los días estaban contados para el prodigioso guitarrista de la melena afro. Ante unos cuantos muchachos sentados frente a él, acompañado por un bajo y una batería, Hendrix interpretaba una de sus más célebres canciones.
Su guitarra infalible puntuaba una letra muy a la Dylan. Dice: "Después de que todos los muñecos están en sus cajas/ y todos los payasos se han ido a dormir/ puedes oír a la felicidad tropezando calle abajo/ huellas teñidas de rojo/ y el viento susurra María// Una escoba melancólicamente limpia/ las rotas piezas de la vida de ayer/ en algún lugar una reina solloza/ en algún lugar un rey no tiene mujer/ y el viento, el viento grita María// Los semáforos se ponen en azul mañana/ y brilla su vacío sobre mi cama/ la pequeña isla deriva río abajo/ porque la vida vivida está muerta/ y el viento grita María// Habrá el viento alguna vez de acordarse/ de los nombres que se llevó en el pasado/ y con sus muletas, su avanzada edad, su sabiduría/ murmura que no, que esta será la última vez/ y el viento grita María." Era, pues, 1967, y la tormenta de espinas, ah tan dulces, no hacía más que empezar.
Y dura. Al poco andar, una fiesta convocaba a las huestes del Instituto de Ciencias. Requiescat in pacem, Jimi Hendrix, era el llamado sobre una cartulina negra con la efigie del caído.
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Íñigo Hood. Bravamente, va el muchacho a la excursión, alto como tres manzanas, todo de verde vestido, una gorra en punta, olvidando el arco, no le hace. De esta misma exacta manera asaltará el mañana, y cruzará victorioso los días que, a su paso, sus flechas certeras habrán de conocer. Zoom out a una barranca que aloja un robledal, una mesa generosa, una señora preside, encantadora y cercana, la congregación de nietos y parientes. Ruedan los años, el viento de noviembre se llevó el pasado, queda este resplandor que tarda en alejarse.
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Los años del águila, es el muy bonito título del libro que Claude Fell dedicó a José Vasconcelos en un libro aparecido ya hace tiempo. Revisitar las paginas del oaxaqueño casi siempre es una electrizante experiencia (como la de Jimi H). Van algunas citas desvalagadas, centelleos del vuelo que, al paso de su prosa inigualable, de repente tiene ciertas vertiginosas iluminaciones - como las del águila.
Hablando de Adriana: "Largo el cuello, corto el busto, aguzados los senos, ágilmente musical el talle, suelto el ademán, estremecía dulcemente el aire desalojado por su paso." En otro lado: "Por mi parte, nunca estimé el saber por el saber. Al contrario: saber como medio para mayor poderío y en definitiva para salvarse; conocer como medio de alcanzar la suprema esencia; moralidad como escala para la gloria, sin vacío estoicismo, tales mis normas, encaminadas francamente a la conquista de la dicha. Ningún género de culto a lo que sólo es medio o intermedio y sí toda vehemencia dispuesta para la conquista de lo esencial y absoluto.
" Y luego: "Menciono a los canteros que durante un año han repetido aquí la música discorde y creadora de sus cinceles, música a cuyo son complejo se levantaron las catedrales y los palacios que dieron a este país lo que no tiene ningún otro del continente, una arquitectura noble, poderosa y autóctona."
jpalomar@informador.com.mx