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Diario de un espectador
Las blancas estrellas del jazmín constelan los ladrillos humedecidos por las lluvias últimas
Las blancas estrellas del jazmín constelan los ladrillos humedecidos por las lluvias últimas. La muchacha sale del cuarto iluminado, se adentra en la oscuridad cargada de los olores del jardín en renuevo. Como quien se pone una vieja vestidura, se arrebuja entonces en los pliegues de la memoria. Regresa a la luz con la cara transfigurada, y sus pasos pesan menos mientras se sienta ahora junto a la lámpara. Las voces van repasando los trabajos y los días, las penas evocadas con una distraída elegancia, los gozos hondos y los niños nuevos. Así, y no de otra manera, es como se va la vida. Desde el muro, una bailarina fija uno de estos vértigos perdurables en su pirueta inmóvil. Proyectos y esperanzas, trazos contra el aire inasible del futuro, vuelos y distancias. Vista y no vista: la muchacha se aleja.
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Fiesta. Suave pasa la tarde como un desleído ramo de rosas. Tiempo celebrado, tiempo convocado. Sobre las caras de los convidados los meses y los años, las derrotas y los leves triunfos han dejado su huella indeleble. Nada importa por esta tarde entre todas precisa. La cuenta de un medio siglo pesa sin duda sobre el ánimo que se levanta, llama de alcohol, lumbre de incendios, al pasar las notas de un huapango nunca olvidado. Es, otra vez, el tiempo recuperado. Una canción de Joe Dassin, las niñas de ayer cantan a coro, máscaras y fachas que revelan sin embargo un uniforme de cuadritos grises, días irrecuperables dando la vuelta con Tata –recogiendo mínimas copitas amarillas caídas de la gigantera de Jardines del Bosque; una voz que hablaba -de vez en cuando- de París, cuadros con fotografías de las escaleras de Montmartre, un carpintero en la sombra que, impertérrito, invariablemente entregaba maravillas, una muchacha de siempre, imbatible, que cumple, por todo lo alto, sus cincuenta años. Aux Champs Elysées, au soleil, sous la pluie, a midi, a minuit/ il y a tout ce que vous voulez ...
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Está en Virgilio: Quisque suos patimur manes. Hacemos nuestro destino por la elección de nuestros dioses. Frases para la lápida de la memoria. En algún lugar de la Eneida el latino lo dejó dicho: teme y venera lo que exaltas. No será otro el rumbo de tu destino. Una mirada distraída recorre el cuarto, lleno de los restos de múltiples navegaciones. Paul Simonon, en una vieja fotografía en blanco y negro, está a punto de desbaratar su guitarra contra el piso del escenario. Era 1979, tres décadas apenas han transcurrido, incombustibles. Sacrificio ritual, acto propiciatorio, afirmación de la desesperación de lo no dicho, de lo apenas balbuceado, de lo que a pesar de todo diremos. Cuatro palabras acompañan la furia de esta imagen votiva: The Clash: London Calling. La ciudad que llama: la ciudad en llamas.
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Destino de la ciudad. De una vieja canción de Charly García con Serú Girán. Como a propósito, a deshoras, de la cajita de la música aparecen unos compases que le dan signo y sentido a unos días náufragos. "El sueño de un sol y de un mar/ y una vida peligrosa/ cambiando lo amargo por miel/ y gris ciudad por rosas/ te hace bien, tanto como hace mal/ te hace odiar, tanto como querer y más./" La canción se llama -alguien se ha de acordar- Viernes 3am. Amigo del extravío, la divagación gratuita, el acento genial, Charly García acostumbra estos fulgurantes ataques, que sin embargo siempre llegan de improviso. La maquinaria de la memoria y la alusión no se detiene nunca: hay una cierta frase, una tonada, una precisa luz que ahora nos trabajan el alma como una infección silenciosa, como una curación de milagro: veces hacia la luz, veces hacia el naufragio. Dos posibilidades: cerrar el mecanismo, oídos sordos al canto de las sirenas, cotidiana seguridad de las cosas aprendidas; o un hachazo a las amarras del mástil, una deliberada inmersión en el vinoso ponto poblado por las tornadizas presencias de la maravilla y el desastre. El sueño de un sol y un mar/ y una vida peligrosa...
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Y luego, de un delgado volumen de Dylan Thomas, Under Milk Wood –años descifrando su misterioso contenido. Una estrofa que le canta el Captain Cat a Rosie Probert:
No te diré mentiras
El único mar que miré
Fue el mar del bimbalete
Contigo cabalgando en él.
Descansa, descansa gentil.
Déjame naufragar entre tus piernas.
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Sube y baja las escaleras armado de una pequeña mochila y de un ánimo irreductible. Va nombrando las cosas del reino que alrededor erige sólo para él. Saluda, según sea el día, al árbol o la ventana, a la mesa cargada de libros, a la celosía que le hace un guiño. Su patrono, el de Loyola, lo despide con una pequeña sonrisa que conmueve su gesto adusto. Abre el cancel como quien abre el día, cruza la calle: alto como dos manzanas irrumpe ahora en su inicial colegio. En su breve periplo se adueña ya de la jornada, establece sus condiciones, se adentra –invencible- en la mañana.
jpalomar@informador.com.mx
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Fiesta. Suave pasa la tarde como un desleído ramo de rosas. Tiempo celebrado, tiempo convocado. Sobre las caras de los convidados los meses y los años, las derrotas y los leves triunfos han dejado su huella indeleble. Nada importa por esta tarde entre todas precisa. La cuenta de un medio siglo pesa sin duda sobre el ánimo que se levanta, llama de alcohol, lumbre de incendios, al pasar las notas de un huapango nunca olvidado. Es, otra vez, el tiempo recuperado. Una canción de Joe Dassin, las niñas de ayer cantan a coro, máscaras y fachas que revelan sin embargo un uniforme de cuadritos grises, días irrecuperables dando la vuelta con Tata –recogiendo mínimas copitas amarillas caídas de la gigantera de Jardines del Bosque; una voz que hablaba -de vez en cuando- de París, cuadros con fotografías de las escaleras de Montmartre, un carpintero en la sombra que, impertérrito, invariablemente entregaba maravillas, una muchacha de siempre, imbatible, que cumple, por todo lo alto, sus cincuenta años. Aux Champs Elysées, au soleil, sous la pluie, a midi, a minuit/ il y a tout ce que vous voulez ...
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Está en Virgilio: Quisque suos patimur manes. Hacemos nuestro destino por la elección de nuestros dioses. Frases para la lápida de la memoria. En algún lugar de la Eneida el latino lo dejó dicho: teme y venera lo que exaltas. No será otro el rumbo de tu destino. Una mirada distraída recorre el cuarto, lleno de los restos de múltiples navegaciones. Paul Simonon, en una vieja fotografía en blanco y negro, está a punto de desbaratar su guitarra contra el piso del escenario. Era 1979, tres décadas apenas han transcurrido, incombustibles. Sacrificio ritual, acto propiciatorio, afirmación de la desesperación de lo no dicho, de lo apenas balbuceado, de lo que a pesar de todo diremos. Cuatro palabras acompañan la furia de esta imagen votiva: The Clash: London Calling. La ciudad que llama: la ciudad en llamas.
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Destino de la ciudad. De una vieja canción de Charly García con Serú Girán. Como a propósito, a deshoras, de la cajita de la música aparecen unos compases que le dan signo y sentido a unos días náufragos. "El sueño de un sol y de un mar/ y una vida peligrosa/ cambiando lo amargo por miel/ y gris ciudad por rosas/ te hace bien, tanto como hace mal/ te hace odiar, tanto como querer y más./" La canción se llama -alguien se ha de acordar- Viernes 3am. Amigo del extravío, la divagación gratuita, el acento genial, Charly García acostumbra estos fulgurantes ataques, que sin embargo siempre llegan de improviso. La maquinaria de la memoria y la alusión no se detiene nunca: hay una cierta frase, una tonada, una precisa luz que ahora nos trabajan el alma como una infección silenciosa, como una curación de milagro: veces hacia la luz, veces hacia el naufragio. Dos posibilidades: cerrar el mecanismo, oídos sordos al canto de las sirenas, cotidiana seguridad de las cosas aprendidas; o un hachazo a las amarras del mástil, una deliberada inmersión en el vinoso ponto poblado por las tornadizas presencias de la maravilla y el desastre. El sueño de un sol y un mar/ y una vida peligrosa...
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Y luego, de un delgado volumen de Dylan Thomas, Under Milk Wood –años descifrando su misterioso contenido. Una estrofa que le canta el Captain Cat a Rosie Probert:
No te diré mentiras
El único mar que miré
Fue el mar del bimbalete
Contigo cabalgando en él.
Descansa, descansa gentil.
Déjame naufragar entre tus piernas.
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Sube y baja las escaleras armado de una pequeña mochila y de un ánimo irreductible. Va nombrando las cosas del reino que alrededor erige sólo para él. Saluda, según sea el día, al árbol o la ventana, a la mesa cargada de libros, a la celosía que le hace un guiño. Su patrono, el de Loyola, lo despide con una pequeña sonrisa que conmueve su gesto adusto. Abre el cancel como quien abre el día, cruza la calle: alto como dos manzanas irrumpe ahora en su inicial colegio. En su breve periplo se adueña ya de la jornada, establece sus condiciones, se adentra –invencible- en la mañana.
jpalomar@informador.com.mx