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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Un joven pasajero del planeta Tierra cumple su vez diecisiete de darle la vuelta al sol. El ritmo de un bajo puntúa sus días en este verano que corre, la banda ataca otra canción con furia y gozo. Las lluvias se tardan, quedan cortas, el temporal preocupa al jardinero, la gente en el campo menea la cabeza: ánimas mejore. Contra el muro rojo, el imprevisible jazmín florecido algo dice sobre las nubes y el aire que llega de la barranca. La laguna avanza sus arduos centímetros con lentitud. Dicen que el río de la Pasión trae muy poca agua. La noche alcanza una latitud de vértigo, las misteriosas hormigas aladas visitan la ventana.

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El tigre llega a sus cuatro veintenas. Existen escritores con los que se aprende a ver la vida. Que van acompañando el paso de los años con su obra en proceso. Que marcan para siempre, con la indeleble señal del rayo, algún instante en la vida del lector. Que -a diferencia de tantos creadores medianos- han visto la zarza ardiente, como tan bien lo dijo Arreola. Es el caso de Eduardo Lizalde, que hace unos días cumplió ochenta años. Su poesía, una zarpa, agarra a quien se acerca del pescuezo y le da un vuelco, y a veces, si está de humor, lo incendia. Tal cosa sucedió a este espectador con El tigre en la casa, poemario que Lizalde publicó en 1970. Un delgado volumen que contiene un combustible liviano y artero. A través del tiempo, ha sido un placer conocer al poeta en obra y en persona, un gusto oír su espléndida voz escandir sus versos sutiles o brutales, siempre sabios. Muchos años más al Tigre, muchos más números de su excelente revista Biblioteca de México, muchos poemas venideros en donde el de las rayas y las garras siga dejando un rastro de palabras que no se extinguen. Repitamos, por el gusto y el recuerdo:

Recuerdo que el amor era una blanda furia no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras,
jauría de flores cavernícolas, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
Recuerdo bien que los perros
se asustaban al verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
-como si lo estuviera viendo-.
Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles -aun no siendo frutales-
daban por dentro resentidos frutos amargos.
Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.

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Informa la prensa que un cráter en el planeta de Mercurio fue oficialmente bautizado como María Izquierdo. Suena apropiado para alguien que, como la artista alteña, tenía fama de poseer un mercurial carácter y cuya producción pictórica mucho tiene de telúrico, de feérico también. Un proyector imposible imprime ahora, sobre los farallones y escarpas del cráter inmenso de un planeta lejano, las imágenes que María Izquierdo dejó. Árboles rojos, caballos, cirqueros, giran lentamente en la remota órbita de Mercurio.

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Los Cristos de Julián Pablo. Abrió la exposición el chelo prodigioso de Carlos Prieto, las notas de Bach resonaban en la orozquiana cúpula el Paraninfo. Una de las caras del hombre pentafácico miraba con tención. En los muros del Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara cuelga una serie larga de Cristos que el padre Julián Pablo Fernández, dominico, ha producido en los últimos años con brío inusitado, con conmovedora fe.

El artista, dicen, es toda una leyenda en el centro de la ciudad de México, un personaje elegante y recio que ejerce su ministerio en la iglesia de Santo Domingo. Dijo unas palabras breves y contundentes, agradecidas. Un cuadro hay, que muestra la imagen del amigo que resucita, de una extraña luz que vuelve. Abajo, sobre el muro, se lee: “Lázaro, levántate y anda. ¡Cómo chingados no!” En una pequeña sala, tres lienzos separados, suspendidos por hilos, forman un tríptico asombroso en su sencillez: un Cristo yacente. Otra tela muestra una esquina de la mesa, dos sillas vacías, un vaso, un como resplandor difuso: todo lo necesario para evocar, con lacónico poderío, la cena de Emaús. El padre Julián firma sus cuadros con una bella grafía que algo tiene de un gallo: fue amigo íntimo de Luis Buñuel, para quien ilustró espléndidamente una refinada edición de un libro de intrigantes poemas, muy acordes al genio del aragonés.

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De Eduardo Lizalde, una línea:

Algo sangra, el tigre está cerca.

jpalomar@informador.com.mx

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