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Diario de un espectador

Otro que se murió en abril -el mes más cruel, ya se sabe- fue, en España, el jesuita Alberto Dou i Mas de Xaxàs

por: Juan Palomar

La casa mide con precisión los pasos que por sus corredores han transitado. Y la casa se acuerda. Todo está en la proporción, en la milagrosa reverberación que la arquería dimana en cada espacio. Un patio que es de aire y cuyo ámbito navegan las copas de unos árboles que se enraízan en la verdura profunda. Dos fuentes -y una es reciente- que dejan decir al agua su monólogo siempre cambiante. Desde el mirador volver a ver los volcanes, el perfil de la sierra aprendido de memoria. Y de noche, las llamas altas de los cañaverales ardiendo. El campo devastado por la sequía crepita al paso de quien lo recorre. Al fondo del cañón, la cascada desgrana sus aguas agostadas y fieles: los pájaros esperan. Difícil creer que esta precisa vereda, estos cantiles ardientes sean los mismos que la estación de las aguas viste con su suntuosa verdura. El camino de regreso, con la vista larga sobre el valle, remata en el mismo portón, un poco más viejo, un poco más gastado. Santa Cruz.
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El Cervantes para Juan Marsé, por fin. Además, buen gesto contra tanto necio en Cataluña: Marsé escribe en español. La ceremonia en Alcalá de Henares con la debida solemnidad, el discurso del Rey (siempre atinado, tanto cuando habla como cuando manda callar), y después, apretado y al punto, sin florituras -genio y figura-, el de Marsé: “Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo. Ciertamente es un utillaje del que no puede uno presumir”.
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Otro que se murió en abril -el mes más cruel, ya se sabe- fue, en España, el jesuita Alberto Dou i Mas de Xaxàs. Catalán de cepa y seny, nacido en 1915, este gran matemático (doble doctorado en ciencias exactas e ingeniería de caminos) fue durante la transición a la democracia rector de la Universidad jesuita de Deusto. Comenta en su blog Fernando Maura: “Y es que los jesuitas han brillado siempre con luz propia a la hora de orientar el velamen de sus navíos en la dirección por donde sopla el viento. Pero aquellos tiempos eran difíciles en cuanto a la precisión de tales características meteorológicas: ¿volvería el nacionalismo al máximo protagonismo en la política? ¿Habría Estatuto de Autonomía? ¿Sería socialista España -y con ella el País Vasco- como reacción a 40 años de dictadura? Nadie lo sabía muy bien. Por eso Alberto Dou era la elección: prestigioso científico, catalán y liberal”.
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Bliss, de O.Z. Livaneli (Nueva York, St.Martin Griffin, 2002), es una novela turca bien llevada, estrujante, donde se nota la mano del buen periodista que, si bien no se trata precisamente de un Pamuk, es un narrador ágil y sabe qué quiere decir, y hasta tiene imágenes líricas muy bonitas: para “explicar” la desaparición de los armenios del pueblo de la protagonista, los lugareños inventaron una leyenda según la cual sus paisanos de siglos atrás fueron simplemente arrebatados al cielo... el valiente escritor (que osa tocar el tabú de la masacre de los armenios en la Turquía de la segunda década del siglo XX) forja entonces una preciosa escena, como pintada por Chagall. Muy eficaz el contraste entre el profesor citadino y el par de aldeanos de Anatolia trasplantados primero a Estambul, luego a la costa egea del Asia Menor. Muy gráfica la vida semimoderna y marginada del emigrado a la ciudad. Una novela que, poco más o menos, podría escribirse en paralelo sobre este país, con idéntico énfasis en la legendaria y estereotipada crueldad de turcos y mexicanos.
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Gracias a la activísima Patricia Urzúa (al frente del Museo de la Ciudad), el jueves 23 tuvo lugar, en la sala de cámara del Degollado, el concierto de “tres pequeños grandes pianistas”: la colimota Mariana Domínguez, el potosino Vladimir Petrov y el tapatío Santiago Lomelín Urrea. Sin duda tres grandes apuestas mexicanas en el mundo internacional del piano, los tres pupilos del profesor Anatoly Zatín, en la Universidad de Colima. Brillantísimos prospectos: ojalá se logren, pues compiten ya en el ámbito mundial de las grandes ligas. El prietito en el arroz: ¿qué hacía ahí un individuo cincuentón de desaliñada catadura que, colmo de la majadería, no se apeó del testuz una chamagosa cachucha volteada al revés?
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Pero, Santa Cruz. Cinco décadas ya de permanencia en medio de tantas mudanzas, tantas despedidas. La casa dura, con su justa proporción, su disposición ordenada, simple, lógica. Su austera generosidad. Lecciones indelebles que se aprendieron sin saberlo, que ahora se sabe que han sido fundamentales. La esencia de un cuarto, de un recorrido, de una vista, de un patio, de un corredor iluminado por la luz del oriente al que habitaban tantas veces los sonidos de los cascos de los caballos ansiosos por salir al campo. El sabio, discreto acento de una espadaña que da sentido al espacio. El paciente recorrido del acueducto que no cesa de llevar su carga ni de medir el tiempo. La renovada fraternidad bajo su clara sombra. La ininterrumpida procesión de gentes que fueron, de otras que persisten, de nuevos pasos que irrumpen en los días que vienen.

jpalomar@informador.com.mx

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