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Diario de un espectador
Arcade Fire con sus percusiones elementales y sofisticadas, con su sonido a la vez arcaico y perturbadoramente nuevo reúne fuerzas con U2
Las flores del granado despuntan con sus flamas anaranjadas que incandescen en la estación que gira. El calor del aire hace más lenta la combustión de la fronda que se repliega sobre sí misma. Desde el inasible centro que gobierna las determinaciones del jazmín insaciable, del plúmbago ensimismado, llegan órdenes tajantes: es hora de administrar los rigores del tiempo de secas. Se marchitan entonces, sin miramiento alguno, secciones enteras de las enredaderas en flor, tributos espontáneos a un equilibrio que sólo las plantas saben. Una huella de desolación, de una cierta amargura que dibujan en el conjunto los racimos sacrificados en su lozanía, completa misteriosamente el tránsito de la sabiduría que el jardín determina en la ardua traslación del año. Una intemporal inteligencia se adivina entonces, una lúcida voluntad de durar, un acuerdo irreductible con los inmensos designios que la maquinaria del universo lleva adelante en su expansión vertiginosa.
La chuparrosa sigue volando un rato después de que las últimas luces se apagan. Contra el débil resplandor de la tarde, el pájaro portentoso insiste en realizar precisas evoluciones que establecen sobre el jardín una rutina deliberada y sorprendente. Ya no es hora de visitar los racimos de flores que la oscuridad guarda, tampoco es el tiempo para aprovisionar el nido que en alguna rama espera la custodia nocturna del ave. Todo haría pensar en el bien ganado reposo, en la calma que recupera la insólita energía pródigamente derrochada en la jornada. Pero el ánimo de la chuparrosa -quién lo sabrá- le da aún para ir y venir por el aire quieto, para dibujar con insistencia el trazo de la alegría y el gozo de su vuelo como una inscripción definitiva e invisible sobre la noche que avanza.
Arcade Fire con sus percusiones elementales y sofisticadas, con su sonido a la vez arcaico y perturbadoramente nuevo reúne fuerzas con U2. La voz de Bono entona los compases del desolado himno de Joy Division: Love will tear us apart. (You Tube es el vehículo para acceder a esta interpretación.) El resultado tiene la novedad y la garra de una inédita reacción química, en la que dos generaciones de músicos establecen un acuerdo instintivo y eficaz a partir de uno de los temas que marcaron el final del pasado siglo, que marcan ahora el presente. De lejos viene una profunda amargura que, sin embargo, muestra al trasluz, como sin quererlo, en el contraste y el vínculo entre las palabras pronunciadas y la música que las transporta, un reverso que anuncia un filo dorado: “Cuando la rutina muerde/ y las ambiciones declinan/ y el resentimiento galopa/ sin que las emociones crezcan/ y cambiamos nuestros hábitos/ tomamos distintos caminos/ entonces el amor, el amor habrá de destrozarnos.”
Pasa, como un barco al que se ha aprendido a reconocer a la distancia, el tres de abril. Y bien sea con viento vivo, con mar en calma, con la sorda tempestad que hace cabecear al navío y dudar del norte, con la marejada sigilosa y artera, navega el barco inmutable con su cauda de todos los pasajeros que han sido, y que, sobre cubierta, saludan al día y dicen adiós.
Del video. La última de James Bond, Quantum of solace. Más allá de la intrincada circunstancia que define al 007 como un permanente e improbable equilibrista que hace piruetas entre el fuego y la metralla, una transformación se ha operado en el agente al servicio de la británica Majestad. 007 es un hombre en permanente revuelta que, independientemente de su misión como vehículo de intereses que lo rebasan, como jugador en un tablero del que nadie parece tener control y en el que identidades e intereses son máscaras bajo otras máscaras, toma en sus manos sus opciones, establece sus propias fidelidades y objetivos, lleva adelante una agenda a la que marcan su misma letal naturaleza, su debilidad y las incurables heridas personales. Hasta la fórmula, y la medida, de los martinis han cambiado.
Otro libro de Shaun Tan, el ilustrador. De la inaccesible desolación de las cosas. De la entropía que todo lo que existe encierra: todo se disuelve en el aire, bien se sabe. El habitante de un mundo poblado por toda clase de intrigantes artefactos descubre uno, en particular, que su instinto le indica que se encuentra perdido. Para el lector es difícil percibir esta calidad, en un universo que parece regirse por curiosas leyes, regulado por abstrusas burocracias. Pero la visión del habitante pronto hace que la cosa se singularice, que pierda el anonimato y adquiera una vida vicaria que le otorga su descubridor, y ahora custodio atento. La cosa perdida –y así se llama el libro- recupera para el habitante una condición extraviada: la del reconocimiento que, a través de ciertos objetos clave, un individuo establece ante el mundo. No la posesión, sino el azoro. Esta nueva circunstancia conduce al protagonista a cuestionar el sentido de una existencia en la que lo otro, lo distinto, lo singularizan y le otorgan un nuevo derrotero a su devenir. Una inquietud persiste: ¿cómo encontrar el lugar en donde la cosa se reintegre, en el que su presencia encaje dentro de un ámbito más amplio, más variado? Entonces empieza una búsqueda. Una historia inquietantemente deliciosa, contada con intrigantes recursos gráficos, con un aparente laconismo que deja muchas puertas abiertas a la imaginación y al misterio.
jpalomar@informador.com.mx
La chuparrosa sigue volando un rato después de que las últimas luces se apagan. Contra el débil resplandor de la tarde, el pájaro portentoso insiste en realizar precisas evoluciones que establecen sobre el jardín una rutina deliberada y sorprendente. Ya no es hora de visitar los racimos de flores que la oscuridad guarda, tampoco es el tiempo para aprovisionar el nido que en alguna rama espera la custodia nocturna del ave. Todo haría pensar en el bien ganado reposo, en la calma que recupera la insólita energía pródigamente derrochada en la jornada. Pero el ánimo de la chuparrosa -quién lo sabrá- le da aún para ir y venir por el aire quieto, para dibujar con insistencia el trazo de la alegría y el gozo de su vuelo como una inscripción definitiva e invisible sobre la noche que avanza.
Arcade Fire con sus percusiones elementales y sofisticadas, con su sonido a la vez arcaico y perturbadoramente nuevo reúne fuerzas con U2. La voz de Bono entona los compases del desolado himno de Joy Division: Love will tear us apart. (You Tube es el vehículo para acceder a esta interpretación.) El resultado tiene la novedad y la garra de una inédita reacción química, en la que dos generaciones de músicos establecen un acuerdo instintivo y eficaz a partir de uno de los temas que marcaron el final del pasado siglo, que marcan ahora el presente. De lejos viene una profunda amargura que, sin embargo, muestra al trasluz, como sin quererlo, en el contraste y el vínculo entre las palabras pronunciadas y la música que las transporta, un reverso que anuncia un filo dorado: “Cuando la rutina muerde/ y las ambiciones declinan/ y el resentimiento galopa/ sin que las emociones crezcan/ y cambiamos nuestros hábitos/ tomamos distintos caminos/ entonces el amor, el amor habrá de destrozarnos.”
Pasa, como un barco al que se ha aprendido a reconocer a la distancia, el tres de abril. Y bien sea con viento vivo, con mar en calma, con la sorda tempestad que hace cabecear al navío y dudar del norte, con la marejada sigilosa y artera, navega el barco inmutable con su cauda de todos los pasajeros que han sido, y que, sobre cubierta, saludan al día y dicen adiós.
Del video. La última de James Bond, Quantum of solace. Más allá de la intrincada circunstancia que define al 007 como un permanente e improbable equilibrista que hace piruetas entre el fuego y la metralla, una transformación se ha operado en el agente al servicio de la británica Majestad. 007 es un hombre en permanente revuelta que, independientemente de su misión como vehículo de intereses que lo rebasan, como jugador en un tablero del que nadie parece tener control y en el que identidades e intereses son máscaras bajo otras máscaras, toma en sus manos sus opciones, establece sus propias fidelidades y objetivos, lleva adelante una agenda a la que marcan su misma letal naturaleza, su debilidad y las incurables heridas personales. Hasta la fórmula, y la medida, de los martinis han cambiado.
Otro libro de Shaun Tan, el ilustrador. De la inaccesible desolación de las cosas. De la entropía que todo lo que existe encierra: todo se disuelve en el aire, bien se sabe. El habitante de un mundo poblado por toda clase de intrigantes artefactos descubre uno, en particular, que su instinto le indica que se encuentra perdido. Para el lector es difícil percibir esta calidad, en un universo que parece regirse por curiosas leyes, regulado por abstrusas burocracias. Pero la visión del habitante pronto hace que la cosa se singularice, que pierda el anonimato y adquiera una vida vicaria que le otorga su descubridor, y ahora custodio atento. La cosa perdida –y así se llama el libro- recupera para el habitante una condición extraviada: la del reconocimiento que, a través de ciertos objetos clave, un individuo establece ante el mundo. No la posesión, sino el azoro. Esta nueva circunstancia conduce al protagonista a cuestionar el sentido de una existencia en la que lo otro, lo distinto, lo singularizan y le otorgan un nuevo derrotero a su devenir. Una inquietud persiste: ¿cómo encontrar el lugar en donde la cosa se reintegre, en el que su presencia encaje dentro de un ámbito más amplio, más variado? Entonces empieza una búsqueda. Una historia inquietantemente deliciosa, contada con intrigantes recursos gráficos, con un aparente laconismo que deja muchas puertas abiertas a la imaginación y al misterio.
jpalomar@informador.com.mx