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Diario de un espectador
Los faros de Escocia. Es como un alteño dándole la vuelta a Los Altos, diría el querido Martín Casillas
Atmosféricas. De repente el aire cesa. La palmera vecina podría ser de piedra y no se mueve una hoja en la madrugada que no acaba de despuntar. Atrás quedan las visiones de la fiebre y el que pasa, desde el balcón, respira un cansancio al que la ciudad se sobrepone, cada vez, con milagroso impulso. Una rama de la enredadera se contorsiona imperceptiblemente mientras busca un borde en el vacío que la rodea. Tenues aún, los ires y venires de las calles se oyen borrosos a través del aire espeso. Las estrellas del fondo del cántaro del cielo guardan su inmutable trayectoria, mientras brillan con la luz que despidieron hace millares de años. Casi como en un viejo disco de La Barranca: Cabalgata de las cosas sobre el tiempo.
Los faros de Escocia. Es como un alteño dándole la vuelta a Los Altos, diría el querido Martín Casillas. Viaje alrededor de Escocia en 1814 es un fascinante pormenor de tal recorrido debido a la pluma inmortal (Remember Ivanhoe) de Sir Walter Scott. En compañía de, nada menos, el abuelo de Robert-Louis Stevenson, encargado de los faros escoceses, nuestro autor recorre morosamente la accidentada costa del septentrión británico. Impecable e ilustrada traducción de Pablo Soler-Frost publicada por Umbral. El peregrinar por la matria, el recuento de sus esplendores y durezas. Comentarios inopinados, como suele pasar en los viajes: “En esta isla, y tal vez en esta misma casa habitada por el señor Strong, el duque de Medina-Sidonia, comandante en jefe de la Armada Invencible, invernó, luego de perder su navío al este de la isla.” O, luego: “Los daneses son, sin lugar a dudas, los marineros más estúpidos que jamás han cruzado los mares.” Pero el libro da para mucho más. À suivre.
Ceguera es una película horrorosa. Se ocupa buen aguante para desbrozar esta historia atroz que de tan alegórica se vuelve casi inane. Pero eso sí, lo que hay que recetarse en esta distopía en la que todo mundo, menos una-heroica-y-abnegada-mujer se queda ciego. Para empezar, no todo se les vuelve negro a las desdichadas víctimas: se les vuelve blanco. Profundo simbolismo debe haber en esa idea del fatigoso Saramago. Pero el horror no hace más que comenzar cuando los infectados son confinados en un lugar de pesadilla: uno no cree que, después de la última escena haya otra más fea y deprimente, pero siempre hay. Aparte de la miseria moral que, muy al estilo de Lord of the Flies, no tarda en aparecer bajo sus modalidades más abyectas, lo que llama poderosamente la atención es la hiriente, insoportable fealdad que se genera vertiginosamente en los escenarios. Los lugares comunes, del tamaño del planeta, menudean con esperable buena conciencia. El director, Fernando Meirelles, se tropieza con la pretensión misma de una historia que intenta conversiones e iluminaciones a la vez absolutamente obvias y totalmente vagas (una voz clerical, en una iglesia arrasada, predica en off que lo que le pasó a la gente es como lo de Pablo de Tarso en el camino a Damasco, pero al revés, o algo así. Etcétera.)
Exposición José de la Herrán. Historia y ciencia en la colección de este singular protagonista de los terrenos tecnológicos contemporáneos en México. La muestra, sobria y entretenida, se puede ver en la casa de don Efraín González Luna (Iteso-Clavijero) hasta los primeros días de abril. La colección de aparatos, dispositivos y estramancias de don José es, por sí misma, fascinante e instructiva. Pero además, como en los mejores coleccionistas, uno adivina la fruición y el gusto con los que De la Herrán fue descubriendo y atesorando objetos cuya vibración gozosa y optimista -de cuando la tecnología era un anchuroso camino al bienestar general- nos es transmitida por la acumulación del conjunto y por el detalle de cada espécimen. Una frase en el mismo tenor, acuñada por don José: “El arte de medir es el motor de la ciencia.” Y luego se puso de moda que todo era relativo, que el caos manda y todo eso. No en esta exposición, no en esta casa. Vale la pena asomarse.
Espada de honor. Se renta por estos días, en los usuales lugares para ello, un video que lleva en español el título de Un hombre de honor. Es la edición, en un solo disco, de una larga producción británica para la televisión basada en la trilogía Sword of Honour debida a la pluma de uno de los escritores más destacados del siglo XX inglés: Evelyn Waugh. La empresa era complicada, en muchos sentidos. Los tres tomos: Men at arms, Officers and Gentlemen y Unconditional surrender, forman un amplio cuadro a partir de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial vivida y transformada por el mercurial, prolijo y a menudo despiadado novelista católico.
Tanto el director Bill Anderson como el adaptador del texto, William Boyd, salen adelante de sus cometidos no sin arduos trabajos. No es fácil traducir para la pantalla los incesantes ires y venires de Waugh de la reflexión moral a la exquisita descripción de gentes y lugares a la sátira desbordada, casi fársica, de las instituciones inglesas, empezando, obviamente, por el ejército y la marina.
El mismísimo actor que ahora es la última edición de James Bond, Daniel Craig, encarna a Guy Crouchback, el protagonista. Con flemático temple, este personaje libra una guerra personal por una mujer perdida, y otra a la que le es difícil adecuarse por su edad, temperamento y ausencia de códigos para él reconocibles, en una lucha cada vez más confusa en toda su desgarrada claridad. Los desastres y absurdos de la guerra desfilan bajo la sardónica y desencantada descripción de Waugh, adaptado. Habrá que volver a leerlo algún día.
De la batea de las postales: Plan von Sanssouci, 1816. Dos años después de la tournée por las Highlands de Scott, Peter Joseph Lenné dibuja una composición arquitectónica exquisita para un palacio en Potsdam. Desde esas precisas escalinatas, muchos años después, se observaban las cajas de madera que guardan las estatuas en invierno, cosas navegantes, arcas, bajo el tiempo.
jpalomar@informador.com.mx
Los faros de Escocia. Es como un alteño dándole la vuelta a Los Altos, diría el querido Martín Casillas. Viaje alrededor de Escocia en 1814 es un fascinante pormenor de tal recorrido debido a la pluma inmortal (Remember Ivanhoe) de Sir Walter Scott. En compañía de, nada menos, el abuelo de Robert-Louis Stevenson, encargado de los faros escoceses, nuestro autor recorre morosamente la accidentada costa del septentrión británico. Impecable e ilustrada traducción de Pablo Soler-Frost publicada por Umbral. El peregrinar por la matria, el recuento de sus esplendores y durezas. Comentarios inopinados, como suele pasar en los viajes: “En esta isla, y tal vez en esta misma casa habitada por el señor Strong, el duque de Medina-Sidonia, comandante en jefe de la Armada Invencible, invernó, luego de perder su navío al este de la isla.” O, luego: “Los daneses son, sin lugar a dudas, los marineros más estúpidos que jamás han cruzado los mares.” Pero el libro da para mucho más. À suivre.
Ceguera es una película horrorosa. Se ocupa buen aguante para desbrozar esta historia atroz que de tan alegórica se vuelve casi inane. Pero eso sí, lo que hay que recetarse en esta distopía en la que todo mundo, menos una-heroica-y-abnegada-mujer se queda ciego. Para empezar, no todo se les vuelve negro a las desdichadas víctimas: se les vuelve blanco. Profundo simbolismo debe haber en esa idea del fatigoso Saramago. Pero el horror no hace más que comenzar cuando los infectados son confinados en un lugar de pesadilla: uno no cree que, después de la última escena haya otra más fea y deprimente, pero siempre hay. Aparte de la miseria moral que, muy al estilo de Lord of the Flies, no tarda en aparecer bajo sus modalidades más abyectas, lo que llama poderosamente la atención es la hiriente, insoportable fealdad que se genera vertiginosamente en los escenarios. Los lugares comunes, del tamaño del planeta, menudean con esperable buena conciencia. El director, Fernando Meirelles, se tropieza con la pretensión misma de una historia que intenta conversiones e iluminaciones a la vez absolutamente obvias y totalmente vagas (una voz clerical, en una iglesia arrasada, predica en off que lo que le pasó a la gente es como lo de Pablo de Tarso en el camino a Damasco, pero al revés, o algo así. Etcétera.)
Exposición José de la Herrán. Historia y ciencia en la colección de este singular protagonista de los terrenos tecnológicos contemporáneos en México. La muestra, sobria y entretenida, se puede ver en la casa de don Efraín González Luna (Iteso-Clavijero) hasta los primeros días de abril. La colección de aparatos, dispositivos y estramancias de don José es, por sí misma, fascinante e instructiva. Pero además, como en los mejores coleccionistas, uno adivina la fruición y el gusto con los que De la Herrán fue descubriendo y atesorando objetos cuya vibración gozosa y optimista -de cuando la tecnología era un anchuroso camino al bienestar general- nos es transmitida por la acumulación del conjunto y por el detalle de cada espécimen. Una frase en el mismo tenor, acuñada por don José: “El arte de medir es el motor de la ciencia.” Y luego se puso de moda que todo era relativo, que el caos manda y todo eso. No en esta exposición, no en esta casa. Vale la pena asomarse.
Espada de honor. Se renta por estos días, en los usuales lugares para ello, un video que lleva en español el título de Un hombre de honor. Es la edición, en un solo disco, de una larga producción británica para la televisión basada en la trilogía Sword of Honour debida a la pluma de uno de los escritores más destacados del siglo XX inglés: Evelyn Waugh. La empresa era complicada, en muchos sentidos. Los tres tomos: Men at arms, Officers and Gentlemen y Unconditional surrender, forman un amplio cuadro a partir de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial vivida y transformada por el mercurial, prolijo y a menudo despiadado novelista católico.
Tanto el director Bill Anderson como el adaptador del texto, William Boyd, salen adelante de sus cometidos no sin arduos trabajos. No es fácil traducir para la pantalla los incesantes ires y venires de Waugh de la reflexión moral a la exquisita descripción de gentes y lugares a la sátira desbordada, casi fársica, de las instituciones inglesas, empezando, obviamente, por el ejército y la marina.
El mismísimo actor que ahora es la última edición de James Bond, Daniel Craig, encarna a Guy Crouchback, el protagonista. Con flemático temple, este personaje libra una guerra personal por una mujer perdida, y otra a la que le es difícil adecuarse por su edad, temperamento y ausencia de códigos para él reconocibles, en una lucha cada vez más confusa en toda su desgarrada claridad. Los desastres y absurdos de la guerra desfilan bajo la sardónica y desencantada descripción de Waugh, adaptado. Habrá que volver a leerlo algún día.
De la batea de las postales: Plan von Sanssouci, 1816. Dos años después de la tournée por las Highlands de Scott, Peter Joseph Lenné dibuja una composición arquitectónica exquisita para un palacio en Potsdam. Desde esas precisas escalinatas, muchos años después, se observaban las cajas de madera que guardan las estatuas en invierno, cosas navegantes, arcas, bajo el tiempo.
jpalomar@informador.com.mx