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Diario de un espectador
Diario de un espectador
La oscuridad desciende como un pañuelo fresco, huele levemente a jazmín y lavanda. Pasos que llegan de lejos acaban al borde de la pérgola. Fulgura el tequila y la hora se ilumina.
Dos señores que ya no están caminan en la memoria a la salida de un edificio cualquiera. Uno sostiene por el brazo al otro, mucho mayor. Una voz decidida de alcanza a oír, advirtiendo el peligro de un escalón mal puesto. Se acercan a la cámara, dan la vuelta.
Dos muchachos se unen al cortejo, y el grupo se aleja. Era en la tarde, era septiembre, y el contraluz del sur alumbraba los árboles esperanzados. Dos años faltaban al camino entonces, veintidós han pasado y llegan a esta pérgola ahora. Fluye la noche, se acaba el tequila, y una alegría muy honda hace temblar las hojas de la enredadera, la noche misma. Los pasos siguen.
El curioso caso de Benjamin Button está nimbado por un nombre magnético: Francis Scott Fitzgerald escribió el breve relato en el que vagamente se basa esta ambiciosa película. Y el ala del genio del escritor, de curiosa manera, parece proteger al numerazo y salvarlo de graves escollos. Kate Winslet esplende.
Hace ya muchos años, el camino para llegar a Temaca cruzaba, viniendo de Yahualica, por un bosque enano que, según los doctos en el tema, es una rareza y un tesoro biológico. Las calles del pueblo eran silenciosas: llamaba la atención alguna antena parabólica muy mal puesta. En la distancia, las peñas habían esculpido, con diestra Mano, volúmenes indelebles. Un como resplandor acompañó los pasos que recorrieron la distancia hasta el pie mismo de la roca viva. Y todavía dura. El padre Placencia caminaba en silencio:
Mira al norte la peña en que hemos visto
que la bendita imagen se destaca.
Si al norte de la peña está Temaca,
¿qué le mira a Temaca tanto el Cristo?
Sus ojos tienen la expresión sublime
de esa piedad tan dulce como inmensa
con que a los muertos bulle y los redime.
¿Qué tendrá en esos ojos? ¿En qué piensa?
Cuando el último rayo del crepúsculo
la roca apenas acaricia y dora,
retuerce el Cristo músculo por músculo
y parece que llora.
Para que así se turbe o se conmueva,
¿verá, acaso, algún crimen no llorado
con que Temaca lleva
tibia la fe y el corazón cansado?
¿O será el poco pan de sus cabañas
o el llanto y el dolor con que lo moja
lo que así le conturba las entrañas
y le sacude el alma de congoja?.
Quién sabe, yo no sé. Lo que sí he visto,
y hasta jurarlo con mi sangre puedo,
es que Dios mismo, con su propio dedo,
pintó su amor por dibujar su Cristo.
De la batea de las postales: reflexiones sobre un dibujo de Rembrandt. ¿Cuánta inteligencia, qué profunda sabiduría, qué bondad se desprende de un sencillo trazo, realizado en 1649, y que define un dintel? Cruza los siglos el prodigio, descansa ahora bajo los ojos que lo interrogan.
Del Palacio de Cañedo. La leyenda dice que era obra nada menos que de Tresguerras. Uno de los textos más significativos y brillantes que se escribieron sobre la Guadalajara del siglo XX se debe a André Breton. Después de una visita al Palacio, uno de los edificios más lamentados entre las cuantiosas pérdidas patrimoniales que la ciudad ha sufrido, el león de los surrealistas escribió, en 1938: “Antes de dejar la ciudad, quise volver a ver aquel palacio en ruinas por temor a olvidarme de alguno de sus ángulos, o a perder la llave que le permitiría abrirse para mí a distancia. ¡Y qué emoción jamás experimentada, y tanto más intensa cuanto que la agudizaba de segundo en segundo la certidumbre de no regresar nunca a aquel sitio, era la que me esperaba al otro lado de la puerta del salón! A aquellas horas de la mañana, con sus celosías cerradas y sus espesas cortinas rojas, el aposento de recargado revestimiento de madera lucía sombrío e inmensamente vacío pese a la presencia de un piano.
Dentro de él me encontré con una admirable criatura de 16 ó 17 años, idealmente despeinada, que había acudido a abrirme y que, después de deshacerse de su escoba, sonreía con una sonrisa de amanecer del mundo, a la que no se mezclaba la menor sombra de confusión.
Aquella jovencita se movía con suprema soltura y, contemplando sus ademanes tan turbadores como armoniosos, se descubría lentamente que estaba desnuda bajo su vestido blanco de gala hecho jirones. La fascinación que ejerció sobre mí en aquel momento fue tal que olvidé preguntar por su condición. ¿Quién podía ser ella?...¿La hija o la hermana de uno de los seres que habían frecuentado esos lugares en los tiempos de su esplendor, o alguien de la raza de los invasores? Poco importa, mientras estuvo allí no me preocupó en absoluto su origen: me bastó plenamente con agradecer que existiera. Así es la belleza.”
jpalomar@informador.com.mx
Dos señores que ya no están caminan en la memoria a la salida de un edificio cualquiera. Uno sostiene por el brazo al otro, mucho mayor. Una voz decidida de alcanza a oír, advirtiendo el peligro de un escalón mal puesto. Se acercan a la cámara, dan la vuelta.
Dos muchachos se unen al cortejo, y el grupo se aleja. Era en la tarde, era septiembre, y el contraluz del sur alumbraba los árboles esperanzados. Dos años faltaban al camino entonces, veintidós han pasado y llegan a esta pérgola ahora. Fluye la noche, se acaba el tequila, y una alegría muy honda hace temblar las hojas de la enredadera, la noche misma. Los pasos siguen.
El curioso caso de Benjamin Button está nimbado por un nombre magnético: Francis Scott Fitzgerald escribió el breve relato en el que vagamente se basa esta ambiciosa película. Y el ala del genio del escritor, de curiosa manera, parece proteger al numerazo y salvarlo de graves escollos. Kate Winslet esplende.
Hace ya muchos años, el camino para llegar a Temaca cruzaba, viniendo de Yahualica, por un bosque enano que, según los doctos en el tema, es una rareza y un tesoro biológico. Las calles del pueblo eran silenciosas: llamaba la atención alguna antena parabólica muy mal puesta. En la distancia, las peñas habían esculpido, con diestra Mano, volúmenes indelebles. Un como resplandor acompañó los pasos que recorrieron la distancia hasta el pie mismo de la roca viva. Y todavía dura. El padre Placencia caminaba en silencio:
Mira al norte la peña en que hemos visto
que la bendita imagen se destaca.
Si al norte de la peña está Temaca,
¿qué le mira a Temaca tanto el Cristo?
Sus ojos tienen la expresión sublime
de esa piedad tan dulce como inmensa
con que a los muertos bulle y los redime.
¿Qué tendrá en esos ojos? ¿En qué piensa?
Cuando el último rayo del crepúsculo
la roca apenas acaricia y dora,
retuerce el Cristo músculo por músculo
y parece que llora.
Para que así se turbe o se conmueva,
¿verá, acaso, algún crimen no llorado
con que Temaca lleva
tibia la fe y el corazón cansado?
¿O será el poco pan de sus cabañas
o el llanto y el dolor con que lo moja
lo que así le conturba las entrañas
y le sacude el alma de congoja?.
Quién sabe, yo no sé. Lo que sí he visto,
y hasta jurarlo con mi sangre puedo,
es que Dios mismo, con su propio dedo,
pintó su amor por dibujar su Cristo.
De la batea de las postales: reflexiones sobre un dibujo de Rembrandt. ¿Cuánta inteligencia, qué profunda sabiduría, qué bondad se desprende de un sencillo trazo, realizado en 1649, y que define un dintel? Cruza los siglos el prodigio, descansa ahora bajo los ojos que lo interrogan.
Del Palacio de Cañedo. La leyenda dice que era obra nada menos que de Tresguerras. Uno de los textos más significativos y brillantes que se escribieron sobre la Guadalajara del siglo XX se debe a André Breton. Después de una visita al Palacio, uno de los edificios más lamentados entre las cuantiosas pérdidas patrimoniales que la ciudad ha sufrido, el león de los surrealistas escribió, en 1938: “Antes de dejar la ciudad, quise volver a ver aquel palacio en ruinas por temor a olvidarme de alguno de sus ángulos, o a perder la llave que le permitiría abrirse para mí a distancia. ¡Y qué emoción jamás experimentada, y tanto más intensa cuanto que la agudizaba de segundo en segundo la certidumbre de no regresar nunca a aquel sitio, era la que me esperaba al otro lado de la puerta del salón! A aquellas horas de la mañana, con sus celosías cerradas y sus espesas cortinas rojas, el aposento de recargado revestimiento de madera lucía sombrío e inmensamente vacío pese a la presencia de un piano.
Dentro de él me encontré con una admirable criatura de 16 ó 17 años, idealmente despeinada, que había acudido a abrirme y que, después de deshacerse de su escoba, sonreía con una sonrisa de amanecer del mundo, a la que no se mezclaba la menor sombra de confusión.
Aquella jovencita se movía con suprema soltura y, contemplando sus ademanes tan turbadores como armoniosos, se descubría lentamente que estaba desnuda bajo su vestido blanco de gala hecho jirones. La fascinación que ejerció sobre mí en aquel momento fue tal que olvidé preguntar por su condición. ¿Quién podía ser ella?...¿La hija o la hermana de uno de los seres que habían frecuentado esos lugares en los tiempos de su esplendor, o alguien de la raza de los invasores? Poco importa, mientras estuvo allí no me preocupó en absoluto su origen: me bastó plenamente con agradecer que existiera. Así es la belleza.”
jpalomar@informador.com.mx