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Dejarnos amar

En medio de las circunstancias tan adversas, hemos de ser humildes y sencillos para recibir el amor de Dios a través de los demás

     El ser humano fue creado por Dios, con una capacidad inmensa para amar; de hecho, esa es su gran vocación. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Dios ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es amor (...)”(CIC n. 1604). Sin embargo, contraviniendo esta capacidad, esta natural tendencia; desconociendo o rechazando esa verdad de haber sido creados a imagen y semejanza de un Dios que es todo amor, muchos hombres y mujeres albergan en su corazón grandes resentimientos, rencores y odios.
      Ello se debe, en gran parte, a esa misma inclinación, sólo que mal orientada; es decir, esa capacidad de amar se centra y se utiliza, por así decirlo, en un sólo sentido y de forma desequilibrada: hacia o en favor de sí mismo. En otras palabras, egoístamente.
      Siendo la definición de egoísmo la de “el amor desordenado de sí mismo, exclusivista e incompatible con el bien de los demás, que pone el centro de la vida en el bien propio y en la exaltación personal, éste transforma las inclinaciones personales legítimas y superiores, en inclinaciones culpables y denigrantes para la persona humana y en vicios destructivos.”
     Cuando una situación determinada resulta contraria y afecta los intereses propios de una persona egoísta, de inmediato se activa ese proceso en el que dichas inclinaciones negativas propician el surgimiento del sentimiento más nocivo que pueda existir en el corazón del ser humano, que es el odio.
      Y esto se da en todos los ámbitos de la vida humana: el familiar, el laboral, el social, el político, y hasta en el religioso, que es, entre paréntesis, lo más absurdo entre lo absurdo, ya que se llega a odiar “en el nombre del Señor, quien es amor”.
      Egoísmo y odio van, pues, de la mano y son dos realidades de lo más destructivo que existe, pues destruyen familias, sociedades, empresas, obras sociales, apostólicas, etc., y finalmente acaban por destruir a la propia persona que nunca quiso liberarse del primero y de todas las consecuencias que éste suscita, primordialmente el odio; y no sólo la destruye en lo físico y lo mental,  sino que provoca en ella la destrucción más trágica definitiva, la destrucción espiritual. ¿A cuántos no ha sorprendido la muerte encerrados, empecinados en su actuar egoísta, y terminan su vida en forma lastimosa, infecunda e intrascendente?
      Se requiere, pues, aprender a amar; y así como caminar se aprende caminando, “a amar se aprende amando”. Y el primer paso de ese aprendizaje es --haciendo a un lado sentimientos, cálculos, cavilaciones, etc.-- abrirse a los demás, pensar en ellos, en sus necesidades, en su bien, comenzando por los más cercanos, los más próximos (prójimos), para de ahí, impulsados por la fuerza divina, llegar al grado de amor que hoy nos pide el Evangelio: “Amar a nuestros enemigos”.
      Ahora bien, tengamos presente también una gran verdad: “Nadie da lo que no tiene”, y si la persona no se ha sentido amada, difícilmente podrá amar; si los que lo rodeaban no le prodigaron auténtico amor, será punto menos que imposible que pueda amar. Por ello es indispensable, antes de dar ese primer paso, tener la experiencia de dejarse amar y experimentarse inmensamente amado, y con un amor sincero y desinteresado; y esa clase de amor, sólo en Dios lo podremos encontrar.
      Ahí está la clave para lo que algunos piensan o afirman que es imposible: amar incondicionalmente a todos, aún a los que nos odian y nos hacen daño: Haber sido amado; dejarse amar por Aquél que es Amor”.
     Ahora bien, nuestro Padre amoroso suele manifestar su amor a través de los demás, especialmente de los más cercanos, y sólo en ocasiones de manera extraordinaria, por lo que --al igual que los amigos del paralítico que nos recuerda el evangelio de hoy-- le manifestaron su amor en la acción concreta de presentárselo a Jesús para que lo sanara, superando todo obstáculo, y él se dejó amar dejándose llevar.
      En medio de las circunstancias tan adversas, hemos de ser humildes y sencillos para recibir el amor de Dios a través de los demás, y así Dios hará surgir el verdadero amor en nuestro corazón, como el regalo más valioso del que se derivan todos los demás.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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