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DIARIO DE UN ESPECTADOR

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Una espina invisible y múltiple traspasa el aire de la noche en que termina abril. Una pálida resolana viste de levísimos fulgores al jardín insomne. El magnolio levanta sus cálices de luz y saluda así al tiempo que transcurre. El trayecto de la luna modifica a cada vez, imperceptiblemente, la geografía y el ánimo de los dominios que gana. Ya en la mañana, el cielo que la ciudad enturbia guardará, indeleble, el rastro de su paso. El cielo a cada vez conserva, desde el confín de las eras, las señas precisas que el mundo trazó sobre él. Como un libro infinito que registra los mínimos destellos de las estrellas que fueron, las conflagraciones y los eclipses, el giro de las constelaciones que el ojo no alcanza a ver. Su escritura llega, ahora, hasta esta marea de espinas.
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En alguna parte de ese inclasificable y más que dudoso alegato titulado La Raza Cósmica, José Vasconcelos se refiere al níspero como “la mejor de las frutas del mundo, sin la cual no ha de considerarse completa en el futuro ninguna civilización.” Intrigante afirmación. En todo caso, este espectador se alegra de que el obcecado níspero que despunta gozoso junto al balcón complete la modesta civilización que este jardín representa.
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George Steiner: “Me parece dudoso que el animal humano logre sobrevivir si no aprende  a prescindir de fronteras y pasaportes, si no puede entender que somos todos huéspedes unos de otros, como lo somos de esta tierra envenenada y llena de cicatrices. La patria de cada cual es el trozo de espacio común y corriente –puede ser una habitación de hotel o una banca en el parque más cercano- que la burda vigilancia y acoso de los regímenes burocráticos modernos occidentales u orientales aún nos permiten tener para nuestro trabajo. Los árboles tienen raíces, las personas tienen piernas para marcharse después de haber dicho “no” en conciencia.”
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Intermitencias de París. La plaza Furstemberg siempre aparece, en el recuerdo, como una secuencia de imágenes en blanco y negro que giran en torno al farol que guardan cuatro árboles atentos; en una esquina, una casa cualquiera guarda los tigres incandescentes que Delacroix, una y otra vez, revive. A la vuelta, bajo las bóvedas bruñidas por el tiempo y los rezos, siempre sucede la suave ceremonia del domingo de ramos en Saint Germain. Cruzando la calle sigue posando, ligera y casi transparente, una muchacha vestida de blanco a la que un fotógrafo, o dos, acosan. Por lo menos uno de ellos afirma que nunca pudo ninguna lente acercarse siquiera a la vertiginosa hondura de su última belleza: desde la terraza del café des Deux Magots, algunos parroquianos reparan distraídamente en la feroz danza que dura a través de las décadas de lluvia y aire empecinado, de sombra y soles. Los portales de la Place des Vosges conducen, siempre, a una puerta que se abre sobre una Alameda lejana: la sombra del cuadrángulo magnífico aún planea sobre la arboleda en espera. En una de las tiendas del portal que mira al norte la vieja juguetería Vilac, que el año que entra cumple un siglo, ofrece sus prodigios: la gracia, la insuperable intensidad de la infancia puesta en unas cuantas cosas imantadas. Fosforece inextinguible, fuego fatuo en una galería del Carnavalet, el retrato de Elisabeth de Caraman, condesa de Greffulhe, de quien Proust insistía en saber los secretos de sus espléndidos atuendos. El reciente monumento a Charles de Gaulle sobre los Campos Elíseos, es ejemplar: a la distancia es, simplemente, un hombre que avanza; en la noche su sombra se proyecta, enorme, sobre el muro del vecino Grand-Palais. La Villette, sus museos, y el parque sobre todo, son una excelente muestra de una intervención urbanística y arquitectónica que logró transformar toda una demarcación. Las rojas folies de Bernard Tschumi siguen funcionando como marcas en el paisaje, como centros de gravitación, como estructuras que evocan, más que nada, el esencial placer de construir.    
El magnolio del Hotel des Saints-Péres levanta su estampa sobre el patio acristalado por donde pasan las sombras de los recuerdos, por donde llegan, confluencias instantáneas, los pasos idos de Marie-Pierre, el abrazo entusiasta de Álvaro Mutis, la voz fraterna de la que sabe ir lejos, el resplandor rojo de una muchacha, el saludo distante de otro magnolio.
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La cura funciona de distintas maneras. La aleatoria sucesión de músicas que esta mínima rockola va emitiendo al filo de los días es un paisaje de fondo sobre el que el azar de las jornadas va tejiendo líneas y renglones, encuentros y hallazgos, contratiempos y sordos manotazos de la desventura. Y repentinas iluminaciones. Un venturoso silencio, una pausa en la atención, y se abren paso los acordes de esta desastrada banda que insiste en explorar las regiones del desconsuelo y la amargura: The Cure. La voz de Robert Smith ha sido ya, por muchos años, un vehículo que cataliza una extraña química. Hay destellos es la oscuridad que a veces traspasan la cerrazón de la niebla y entregan un asomo de claridad, de difícil alegría. Tal una canción perdida en una recopilación de lados b que se llama Señal al ruido. No es la letra, no es tampoco la sola música. Es la misteriosa reunión de esto y de todo lo que antes se ha oído: es un paisaje distinto. Y, entonces, otra vez, la Cura cura.
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En gusto y saludo al indispensable vate Jorge Esquinca, ahora justamente homenajeado en la Feria del Libro de Guadalajara. Tres versiones entrecortadas del gran poeta Jean Grosjean, místico, incansable buscador de la luz: Primera: El alma se esconde/ en los jardines/ de la ausencia. Segunda: Hemos rozado todas las ciudades del mundo/ nos arrancamos a esos días que no hemos visto/ nos apartamos de nosotros mismos. Todo va tan rápido./ Tuve justo el tiempo de limpiar mis manos./ Hubiera querido tener largo tiempo veinte años/ como un gavilán que planea. Tercera: Paciente el reloj va y viene/ no puedo cerrar la cubierta de los párpados/ sobre mi cara/ porque ya no tengo cara./ No me importa./ No tendrás en mí ningún reposo./ Soy una voz que vuelve quizás/ pero sorda e incesante/ que no es otra ya que en tus sienes/ el latido más fuerte de tu corazón.

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