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DIARIO DE UN ESPECTADOR
El sol y el aire alborotado de estos días terminan de componer los preparativos para el arribo de la estación
El sol y el aire alborotado de estos días terminan de componer los preparativos para el arribo de la estación. Sigue la explosión de las rosas amarillas. El granado, puntual, vuelve a desplegar sus hojas del color exacto de unos ojos. Las mañanas tienen una deliciosa frescura. Muchachas en bicicleta cruzan con agradecible frecuencia por el barrio. Mochilas, vuelos de faldas, pelo al viento. En los muros, la sombra de las enredaderas va escribiendo caligrafías de sueño que la muchacha del pelo rojo sabe leer.
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Santa Cruz. La bugambilia del patio hizo estallar este año toda su morada pirotecnia. Tardan los ojos en acordarse a tal esplendor. Los niños corretean por los corredores, corre la tarde, la sombra de los arcos recorre el muro como un múltiple y complicado reloj de sol. Del viejo aguacate descienden las raíces de la piñanona: plomadas exactas que buscan el centro mismo de la tierra. Todo a lo largo del mirador la visión del cañaveral con los volcanes al fondo vuelve innecesaria cualquier otra actividad. El Nevado, cosa nunca vista, hace correr su pasmoso manto de nieve hacia la serranía que avanza al norte. El brillo que su luz emite recorre todo el día el cielo transparente. Largos cálculos, tantas veces repetidos, sobre la posibilidad de liberar la arquería del patio de la entrada, junto al zaguán, y recuperar la capilla. Júbilo y temblores infantiles junto al tanque: aquí se aprende a nadar. Aquí se aprende a saber que la vida puede tener esta amplitud, esta hondura. Los potreros que se extienden hasta donde el valle desemboca en el infinito, el río que insiste en decir las mismas cosas de distinta manera, las huertas que apacientan sus sombras, la casa que acumula, como un aljibe, las conversaciones que se anudan a través de los años, las presencias que siguen estando, la canción que viene desde las ventanas de la cocina, el pausado sonido de las manos que tortean. Una tercia de hermanos juega con el agua reunida.
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"Fernando Villalón Daoiz y Halcón, Conde de Miraflores de los Ángeles, fue para todos los que le conocimos, un ser extraordinario, de una vitalidad tan generosa y ubérrima que aún resulta fabulosa, increíble, la realidad de su llorada muerte." Así escribió Gerardo Diego en 1930, acerca del gran poeta andaluz, que decía cosas como esta: "Mi ideal como ganadero de reses bravas se cifra en obtener un tipo de toro de lidia que tenga los ojos verdes." En honor y reconocimiento a otro poeta andaluz, el arquitecto José María Buendía, El Tempranillo, van unos cuantos versos de Villalón:
¡Hojas que se lleva el viento!...
Tú me has tomado por hoja.
¡No tienes conocimiento!
Viento marero,
no seas así,
no te lleves
los jazmines blancos
del verde jazmín.
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Caminos de Michoacán. Al borde del camino, hay una casa en donde venden productos de la tierra. La risueña tendera ofrece su mercancía con gusto y desparpajo. Arriba, en un balcón bajo la cornisa, varias jaulas se balancean suavemente. En una de ellas, demasiado pequeña, un pájaro de cuerpo largo y esbelto, de un azul reconcentrado y suntuoso, miraba fijamente la cinta de la carretera. Su canto es maravilla, se informa. El pájaro, silencioso, continuaba mirando a otro lado. El campo, gracias a las copiosas lluvias de este febrero insólito, luce unos verdes inusuales para la cuaresma. En un rincón del paisaje, el pueblo apenas asoma sus casas desperdigadas en una ladera. Techos de lámina brillando como baratijas sobre un tapete fino. Desde la cornisa en que las torres mantienen, interperritas, las posiciones ganadas, se divisa pasar el pródigo desfile de las estaciones. Las vacas anaranjadas han ganado en peso y trapío. El bosque adelgaza su canción.
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De transcripciones: Canción abajeña
Estaba allí sin ninguna razón, ni precisa ni aproximada. Y estaba allí, lo sabía, por un motivo exacto. Un pueblo perdido en el sur de Jalisco. Puertas condenadas, ventanas ciegas, casas a medio derruir. Tanta gente que se ha ido. Se pregunta, mientras mira la perspectiva de la calle que remata en un cerro en donde difícilmente progresan algunos coamiles, si se habrá ido, de veras, a algún lugar mejor que éste. Había dejado el coche en un callejón abandonado, a la entrada del caserío. Caminaba sin rumbo determinado, considerando cuidadosamente las fachadas destrozadas de las cuadras que recorría. Una música estridente saliendo de una ventana alta, el inconfundible olor del mediodía en los pueblos, el sol a plomo, humo azul entre las ramas de un guamúchil, dos o tres transeúntes que devolvían puntualmente el saludo junto con una mirada recelosa. Se detuvo a la vista de un estrecho pasadizo, en donde una huella de llantas casi borrada llevaba a lo que parecía un corral en desuso. Allí, un perro amarillo y de aspecto vagamente temible le ladró un rato. Después, tranquilizado por la inmovilidad del intruso, se volvió a echar bajo la sombra de un mezquite. El viajero contemplaba los restos esparcidos en el corral. Un lienzo de piedra limitaba el lugar del campo abierto. Tractores abandonados entre nopales, arados carcomidos por el óxido, al fondo una troca que alguna vez fue verde, rodeada por el yerbajal. Se acercó al esqueleto del vehículo: modelo 1956, calculó. El asiento del conductor tenía encima unas cobijas bien dobladas; refugio probable de algún necesitado. Dio la vuelta al desguansado carromato. Del motor casi no había quedado nada. Abajo, la defensa ostentaba la huella de un letrero medio oculto por los matorrales. Apartando los ramajes apareció, apenas legible, la leyenda: Yo soy el mismo que se arrulló en tus brazos.
Comprendió en ese instante que era allí donde recalaba su errancia. Que era esa inscripción, desapareciendo lentamente en la defensa de una troca hacía mucho naufragada, la que completaba el trayecto. La cifra de su moroso recorrido por la comarca entera, por esos años de fiebre. Ahora se daba cuenta de que la otra parte del enigma, como el reverso de una moneda antigua, había resonado durante meses a cada rato en su memoria. Era un fragmento de un viejo tema de Marillion: "Kayleigh, estoy todavía tratando de escribir esa canción de amor/ Kayleigh, es aún más importante para mí ahora que te has ido./ Tal vez ella probará que acertamos/ O probará que yo estaba equivocado." Se alejó del corral, bajo la mirada inquisitiva del perro amarillo, tratando de acordarse en cuál canción de José Alfredo figuraba ese verso: Yo soy el mismo que se arrulló en tus brazos.
jpalomar@informador.com.mx
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Santa Cruz. La bugambilia del patio hizo estallar este año toda su morada pirotecnia. Tardan los ojos en acordarse a tal esplendor. Los niños corretean por los corredores, corre la tarde, la sombra de los arcos recorre el muro como un múltiple y complicado reloj de sol. Del viejo aguacate descienden las raíces de la piñanona: plomadas exactas que buscan el centro mismo de la tierra. Todo a lo largo del mirador la visión del cañaveral con los volcanes al fondo vuelve innecesaria cualquier otra actividad. El Nevado, cosa nunca vista, hace correr su pasmoso manto de nieve hacia la serranía que avanza al norte. El brillo que su luz emite recorre todo el día el cielo transparente. Largos cálculos, tantas veces repetidos, sobre la posibilidad de liberar la arquería del patio de la entrada, junto al zaguán, y recuperar la capilla. Júbilo y temblores infantiles junto al tanque: aquí se aprende a nadar. Aquí se aprende a saber que la vida puede tener esta amplitud, esta hondura. Los potreros que se extienden hasta donde el valle desemboca en el infinito, el río que insiste en decir las mismas cosas de distinta manera, las huertas que apacientan sus sombras, la casa que acumula, como un aljibe, las conversaciones que se anudan a través de los años, las presencias que siguen estando, la canción que viene desde las ventanas de la cocina, el pausado sonido de las manos que tortean. Una tercia de hermanos juega con el agua reunida.
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"Fernando Villalón Daoiz y Halcón, Conde de Miraflores de los Ángeles, fue para todos los que le conocimos, un ser extraordinario, de una vitalidad tan generosa y ubérrima que aún resulta fabulosa, increíble, la realidad de su llorada muerte." Así escribió Gerardo Diego en 1930, acerca del gran poeta andaluz, que decía cosas como esta: "Mi ideal como ganadero de reses bravas se cifra en obtener un tipo de toro de lidia que tenga los ojos verdes." En honor y reconocimiento a otro poeta andaluz, el arquitecto José María Buendía, El Tempranillo, van unos cuantos versos de Villalón:
¡Hojas que se lleva el viento!...
Tú me has tomado por hoja.
¡No tienes conocimiento!
Viento marero,
no seas así,
no te lleves
los jazmines blancos
del verde jazmín.
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Caminos de Michoacán. Al borde del camino, hay una casa en donde venden productos de la tierra. La risueña tendera ofrece su mercancía con gusto y desparpajo. Arriba, en un balcón bajo la cornisa, varias jaulas se balancean suavemente. En una de ellas, demasiado pequeña, un pájaro de cuerpo largo y esbelto, de un azul reconcentrado y suntuoso, miraba fijamente la cinta de la carretera. Su canto es maravilla, se informa. El pájaro, silencioso, continuaba mirando a otro lado. El campo, gracias a las copiosas lluvias de este febrero insólito, luce unos verdes inusuales para la cuaresma. En un rincón del paisaje, el pueblo apenas asoma sus casas desperdigadas en una ladera. Techos de lámina brillando como baratijas sobre un tapete fino. Desde la cornisa en que las torres mantienen, interperritas, las posiciones ganadas, se divisa pasar el pródigo desfile de las estaciones. Las vacas anaranjadas han ganado en peso y trapío. El bosque adelgaza su canción.
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De transcripciones: Canción abajeña
Estaba allí sin ninguna razón, ni precisa ni aproximada. Y estaba allí, lo sabía, por un motivo exacto. Un pueblo perdido en el sur de Jalisco. Puertas condenadas, ventanas ciegas, casas a medio derruir. Tanta gente que se ha ido. Se pregunta, mientras mira la perspectiva de la calle que remata en un cerro en donde difícilmente progresan algunos coamiles, si se habrá ido, de veras, a algún lugar mejor que éste. Había dejado el coche en un callejón abandonado, a la entrada del caserío. Caminaba sin rumbo determinado, considerando cuidadosamente las fachadas destrozadas de las cuadras que recorría. Una música estridente saliendo de una ventana alta, el inconfundible olor del mediodía en los pueblos, el sol a plomo, humo azul entre las ramas de un guamúchil, dos o tres transeúntes que devolvían puntualmente el saludo junto con una mirada recelosa. Se detuvo a la vista de un estrecho pasadizo, en donde una huella de llantas casi borrada llevaba a lo que parecía un corral en desuso. Allí, un perro amarillo y de aspecto vagamente temible le ladró un rato. Después, tranquilizado por la inmovilidad del intruso, se volvió a echar bajo la sombra de un mezquite. El viajero contemplaba los restos esparcidos en el corral. Un lienzo de piedra limitaba el lugar del campo abierto. Tractores abandonados entre nopales, arados carcomidos por el óxido, al fondo una troca que alguna vez fue verde, rodeada por el yerbajal. Se acercó al esqueleto del vehículo: modelo 1956, calculó. El asiento del conductor tenía encima unas cobijas bien dobladas; refugio probable de algún necesitado. Dio la vuelta al desguansado carromato. Del motor casi no había quedado nada. Abajo, la defensa ostentaba la huella de un letrero medio oculto por los matorrales. Apartando los ramajes apareció, apenas legible, la leyenda: Yo soy el mismo que se arrulló en tus brazos.
Comprendió en ese instante que era allí donde recalaba su errancia. Que era esa inscripción, desapareciendo lentamente en la defensa de una troca hacía mucho naufragada, la que completaba el trayecto. La cifra de su moroso recorrido por la comarca entera, por esos años de fiebre. Ahora se daba cuenta de que la otra parte del enigma, como el reverso de una moneda antigua, había resonado durante meses a cada rato en su memoria. Era un fragmento de un viejo tema de Marillion: "Kayleigh, estoy todavía tratando de escribir esa canción de amor/ Kayleigh, es aún más importante para mí ahora que te has ido./ Tal vez ella probará que acertamos/ O probará que yo estaba equivocado." Se alejó del corral, bajo la mirada inquisitiva del perro amarillo, tratando de acordarse en cuál canción de José Alfredo figuraba ese verso: Yo soy el mismo que se arrulló en tus brazos.
jpalomar@informador.com.mx