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Cuidado con los falsos profetas

Francisco Javier Cruz Luna cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

Hace algunos días platicaba con un viejo amigo mío, que participó en nuestra comunidad por varios años, y en verdad que me dejó desconcertado. Especialmente porque cuando estuvo integrado  a la misma, era uno de los miembros más activos y serviciales. Participó en todos los cursos de la comunidad y en innumerables retiros con diversos temas, tanto humanos, como doctrinales, sociales, etc.

     Mi desconcierto fue por la serie de ideas y creencias que me estuvo expresando acerca de la religión, de la Iglesia y en general de la fe cristiana, que contradecían todo lo que él había aprendido y demostrado con su testimonio de vida y de servicio, durante su estadía con nosotros. Me hablaba de cómo había participado en diversos seminarios, cursos, simposiums y conferencias de diversa índole, en las que había comprendido muchas cosas, y que había  llegado a la conclusión de que ninguna religión ni iglesia era necesaria para relacionarse con Dios, y que la relación con Dios nacía y se daba exclusivamente a través de la experiencia personal con Él.

     No entro en detalles de lo que él me estuvo compartiendo, ni de quienes influyeron en su manera de pensar, porque no es el punto a reflexionar.

Son dos los puntos o aspectos los que deseo resaltar, que están relacionados con el pasaje evangélico que la Iglesia nos propone para la liturgia de este domingo.

     El primero es que es imposible para el ser humano acercarse y relacionarse con Dios y tener una experiencia con Él, si, precisamente, Dios no le concede ese don. Jesús fue claro al decir: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn. 6, 43). Sabemos y creemos, porque la misma Escritura lo revela, que Jesús es el Enviado del Padre; Él es el Verbo de Dios hecho hombre, como lo afirma el mismo San Juan en el capítulo primero de su evangelio: “El Verbo se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único; en Él todo era don amoroso y verdad. Juan dio testimonio de Él; dijo muy fuerte: ‘De Él yo hablaba al decir: El que ha venido detrás de mí ya está delante de mí, porque era antes que yo’” (v.v. 14-15). Finalmente recordemos otras palabras terminantes de Jesús que nos hacen ver esta verdad: “Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes” (Jn. 15-16).
     El otro aspecto consiste en que el plan de Dios para nuestra salvación se fundamenta en la comunidad, en la gran comunidad que es la Iglesia que Jesús fundó, delegando a San Pedro, tanto la responsabilidad de su establecimiento, como la autoridad para dirigirla y dirigir al rebaño, es decir a los miembros de la misma (para atar y desatar): “ Ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia(…) lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo” (Mt 16, 18-19); si no fuera así, no la hubiera fundado, y tan sólo habría dicho algo así como: “Busquen tener su experiencia personal conmigo y con mi Padre; la de los demás no importa, la importante es la suya”.

     Por otro lado, el nuevo mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros, no puede ser cumplido si no se aprende a amar en la comunidad, a partir de la familia, “pequeña iglesia doméstica”, en la comunidad parroquial o laical, en la Iglesia, para luego proyectar ese amor a la sociedad, a todos. Y para poderlo hacer, Cristo nos da el alimento divino, que es su propio cuerpo en la forma de pan, por medio del cual nos hacemos uno con Él, y nos dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo” (Jn 6, 51)
     Es por ello que mi amigo, al alejarse de la Comunidad como muchos se alejan de la Iglesia, cayó en el engaño de los múltiples que hay, y que el mismo Cristo anunció: “ Aparecerán falsos profetas, que engañarán a mucha gente, y tanta será la maldad, que el amor se enfriará en muchos. Pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará” (Mt 24,11-13).
     Sin duda, cualquiera, como me sucedió a mí, se hubiera desconcertado. Me hacía esta pregunta: ¿Cómo alguien que ya había encontrado el Tesoro, la Perla preciosa, puede tirarla por la borda, para preferir bisutería?

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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