Suplementos
Cuentos de ángel
Aromas del pasado
En la etapa de mi infancia tuve dos amigos inseparables, fieles, incondicionales, siempre estaban a mi lado, jamás pensaron en abandonarme y mucho menos en dejarme solo en los andares de la corta vida que tenía. Uno, era un balón de futbol y dos, el hambre. Tarde se me hacía para levantarme, lavarme la cara y salir a la calle a buscar con quién patear la circunferencia de cuero (solo me lavaba la cara pues estaba peleado a muerte con el baño diario, en mi infancia fue mi peor enemigo), y el balón lo había conseguido en una ocasión que pasaba por fuera del campo “Atenas” y cayó del cielo. Lo recogí, vi que nadie salió a reclamarlo y me lo llevé a mi casa. Duró una eternidad, jugábamos con él todos los días de la semana, en la escuela, en la calle, en el patio de mi casa. Recuerdo que no había huaraches que me duraran más de un mes y los zapatos menos, estaba comprobado que los huaraches de llanta eran de mejor factura que cualquier zapato, incluso los “Canadá” que eran los de fama nacional. Todo era perfecto hasta que un día un camión cargado de caña asesinó al balón que ya era parte de la familia futbolera del barrio. Jugábamos una cascarita cuando apareció el armatoste de color rojo sonando su claxon. Con el susto del pitido, todos corrimos a subirnos a la banqueta y olvidamos el balón en el arroyo de la calle. Ahí fue su fin. Una explosión acabó con su vida. Al recogerlo vimos que no había manera de resucitarlo. El luto duró muchos días, tanto en mí como en toda la ronda de mocosos del barrio.
Mi otro, mejor dicho, mi otra compañera inseparable, era “el hambre”. No sé por qué, pero a todas horas tenía hambre. Recuerdo que mi madre nos daba tres comidas diarias y sin embargo el hambre seguía presente. Me imagino que en mis intestinos se había avecindado una boa, o mejor dicho, una solitaria de forma ilegal, pues el sentimiento de comer siempre estaba presente y eso que no dejaba un solo árbol de los vecinos sin ser visitado a escondidas y hurtar las guayabas, los arrayanes, los mangos verdes (acompañados por una diarrea), limas y naranjas. Era un experto en trepar bardas y árboles para estar en contacto con las frutas de los vecinos. Nunca me descubrieron, o tal vez sí. A lo mejor se hacían de “la vista gorda” sabiendo de la hambruna que cargaba a diario. Hubo una ocasión en que tuve que recurrir a mi hermano Tito para que me ayudara a realizar un robo más arriesgado (el hambre abre el ingenio). Le dije: “Tito, ¿te gusta el pan de don José?”. Respondió que sí y le expliqué lo que haríamos.
Todos los días don José iba a la panadería de “Los Chatos” y recogía una canasta enorme llena de panes recién hechos, olorosos, llamando al paladar y despertando el gusto para ser acompañados con un chocolate calientito. Las conchas, las novias, los cortadillos, las semas, una lista interminable de la repostería zapopana. El plan era el siguiente: Cuando don José viniera de la panadería con su enorme canasto en la cabeza, Tito lo tenía que entretener preguntándole cualquier cosa para que se detuviera. El lugar elegido era la ventana de los Noriega; era una ventana alta tipo porfiriana. Yo estaría trepado fuera de la vista de don José, y a la hora que Tito lo entretuviera, yo agarraba el pan y listo, tomaría dos. Uno me lo pondría en la boca y el otro en la mano que me quedaba libre, pues estaba agarrado con una sola mano para poder llevar a cabo el gran robo. No había margen de error y llegó el momento del asalto. Mi hermano detuvo a don José y lo entretenía preguntándole no sé qué cosas de la Basílica, pues era de la tercera orden franciscana, y yo realizaba lo planeado. Agarré una sema y me la puse en la boca, después agarré una novia, pero la avaricia hizo presa de mí. Los cortadillos eran (y siguen siendo) mi pasión, ahí estaban varios de ellos diciéndome: “Somos tuyos, tómanos” y sí, al tirar el manotazo para apoderarme de los deliciosos panecillos me solté de la reja y la ley de la gravedad se hizo presente. Caí dentro de la canasta de pan y después al suelo. Quedé con la canasta de sombrero y el pan regado por todos lados. Levanté un poco la canasta para ver a don José y ya tenía agarrado de una oreja a Tito mi hermano. El pánico se apoderó de mí y don José se apoderó de mi oreja. Recogimos el pan y directamente a encarar a mi madre, tocó a la puerta de la casa y apareció mi madre. “Doña Chayo, aquí le traigo a sus hijos, me quisieron robar el pan”. Mi madre no daba crédito a lo que le estaba diciendo don José. “Éste -señalándome- se trepó a la ventana de los Noriega y este otro me entretuvo preguntándome por los rosarios del Novenario de la Virgen, mientras este güerito se robaba el pan, solo que se zafó de la ventana y me cayó encima. Aquí se los dejo y también el pan, ahí me lo va pagando como pueda, son 30 pesos”. Mi madre seguía sin poder dar crédito a semejante historia. Conforme iba escuchándola, sus ojos se iban agrandando por lo increíble de las tropelías de sus chicuelos. Después que la historia terminó, solo atinó a decirle: “Está bien, se lo pagaré poco a poco y yo me encargo de castigar a este par de escuincles”. “Eso espero”, dijo don José y se marchó. Lo siguiente ya se lo pueden imaginar. No han puesto una paliza que hasta el mismo San Francisco se tapó los ojos para no ver la zurra que nos acomodó doña Chayo. Pero no todo fue tragedia. Esa noche dormimos calientitos y con la barriga llena de pan aplastado acompañado de café con leche. Qué maravilla recordar el aroma y el sabor de esos panecillos de mi infancia.
Mi otro, mejor dicho, mi otra compañera inseparable, era “el hambre”. No sé por qué, pero a todas horas tenía hambre. Recuerdo que mi madre nos daba tres comidas diarias y sin embargo el hambre seguía presente. Me imagino que en mis intestinos se había avecindado una boa, o mejor dicho, una solitaria de forma ilegal, pues el sentimiento de comer siempre estaba presente y eso que no dejaba un solo árbol de los vecinos sin ser visitado a escondidas y hurtar las guayabas, los arrayanes, los mangos verdes (acompañados por una diarrea), limas y naranjas. Era un experto en trepar bardas y árboles para estar en contacto con las frutas de los vecinos. Nunca me descubrieron, o tal vez sí. A lo mejor se hacían de “la vista gorda” sabiendo de la hambruna que cargaba a diario. Hubo una ocasión en que tuve que recurrir a mi hermano Tito para que me ayudara a realizar un robo más arriesgado (el hambre abre el ingenio). Le dije: “Tito, ¿te gusta el pan de don José?”. Respondió que sí y le expliqué lo que haríamos.
Todos los días don José iba a la panadería de “Los Chatos” y recogía una canasta enorme llena de panes recién hechos, olorosos, llamando al paladar y despertando el gusto para ser acompañados con un chocolate calientito. Las conchas, las novias, los cortadillos, las semas, una lista interminable de la repostería zapopana. El plan era el siguiente: Cuando don José viniera de la panadería con su enorme canasto en la cabeza, Tito lo tenía que entretener preguntándole cualquier cosa para que se detuviera. El lugar elegido era la ventana de los Noriega; era una ventana alta tipo porfiriana. Yo estaría trepado fuera de la vista de don José, y a la hora que Tito lo entretuviera, yo agarraba el pan y listo, tomaría dos. Uno me lo pondría en la boca y el otro en la mano que me quedaba libre, pues estaba agarrado con una sola mano para poder llevar a cabo el gran robo. No había margen de error y llegó el momento del asalto. Mi hermano detuvo a don José y lo entretenía preguntándole no sé qué cosas de la Basílica, pues era de la tercera orden franciscana, y yo realizaba lo planeado. Agarré una sema y me la puse en la boca, después agarré una novia, pero la avaricia hizo presa de mí. Los cortadillos eran (y siguen siendo) mi pasión, ahí estaban varios de ellos diciéndome: “Somos tuyos, tómanos” y sí, al tirar el manotazo para apoderarme de los deliciosos panecillos me solté de la reja y la ley de la gravedad se hizo presente. Caí dentro de la canasta de pan y después al suelo. Quedé con la canasta de sombrero y el pan regado por todos lados. Levanté un poco la canasta para ver a don José y ya tenía agarrado de una oreja a Tito mi hermano. El pánico se apoderó de mí y don José se apoderó de mi oreja. Recogimos el pan y directamente a encarar a mi madre, tocó a la puerta de la casa y apareció mi madre. “Doña Chayo, aquí le traigo a sus hijos, me quisieron robar el pan”. Mi madre no daba crédito a lo que le estaba diciendo don José. “Éste -señalándome- se trepó a la ventana de los Noriega y este otro me entretuvo preguntándome por los rosarios del Novenario de la Virgen, mientras este güerito se robaba el pan, solo que se zafó de la ventana y me cayó encima. Aquí se los dejo y también el pan, ahí me lo va pagando como pueda, son 30 pesos”. Mi madre seguía sin poder dar crédito a semejante historia. Conforme iba escuchándola, sus ojos se iban agrandando por lo increíble de las tropelías de sus chicuelos. Después que la historia terminó, solo atinó a decirle: “Está bien, se lo pagaré poco a poco y yo me encargo de castigar a este par de escuincles”. “Eso espero”, dijo don José y se marchó. Lo siguiente ya se lo pueden imaginar. No han puesto una paliza que hasta el mismo San Francisco se tapó los ojos para no ver la zurra que nos acomodó doña Chayo. Pero no todo fue tragedia. Esa noche dormimos calientitos y con la barriga llena de pan aplastado acompañado de café con leche. Qué maravilla recordar el aroma y el sabor de esos panecillos de mi infancia.