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Cuentos de ángel

El guerrero inolvidable

Estaba terminando de escribir mi primer novela, de esto ya hace varios años, y por un accidente o mi falta de conocimiento en cuestiones cibernéticas, borré sin querer todo lo que había escrito por más de 14 meses. Enseguida me dije: ‘Será un error pequeño ¿o se borraría todo lo que hice?’. El solo hecho de pensar que mi trabajo se perdería, casi me hace llorar de rabia y de impotencia, pues era la primera ocasión que escribía algo en una computadora, me maldije y maldije la hora en que dejé la pluma y el papel para mis escritos. Estaba blasfemando cuando aparece en mi oficina uno de mis empleados para pedirme las llaves de la bodega porque se le había acabado cierta marca de vinos de mesa, (este autor combina la escritura con la cocina) y me dijo que se me veía enojado, lo cual acepté y me disculpé por mi estado; le expliqué lo que me había pasado y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: “No se preocupe, yo tengo quien arregle ese problemita”. Lo miré desconcertado y dije en voz alta: “¿Problemita?”. Me contestó con cierta ironía que no era tan difícil, que tenía un amigo que en un “ratito” me arreglaría mi problemota. Sacó su celular e hizo una llamada, se salió de mi oficina, hablaba y hablaba y yo no entendía nada, después de unos minutos me dijo que su amigo llegaría en una o dos horas pues estaba con sus cuates en una fiestita. Con lo desesperado que soy y con el miedo a perder mi trabajo de muchos meses, hice de tripas corazón y esperé hasta que llegó el auxiliador. Cuando lo ví, me impresionó, era casi un niño, medía más de 1.80 y pesaba más de cien kilos. “Hola”, me dijo con una vocecita que pensé que no tendría más de 15 años. Lo saludé y le expliqué mi accidente, no dejaba de sonreír y me pidió que lo dejara solo, pues se iba a tardar un “ratito”, tal como lo había predicho mi empleado. Salí a ver cómo iba mi changarro, estuve cocinando un par de horas, después saqué un habano y estaba en el deleite del tabaco cuando llegó Calito (así lo llamé después de ese servicio) a la mesa en que estaba, me dijo: “Ya está su computadora, le rescaté todo”. Me levanté emocionado y le di un abrazo. De ahí nació una gran amistad que se fue alimentando por más de cinco años, los suficientes para valorar una amistad de verdad y poder querer a un persona por su sencillez y su humildad. Fueron muchas ocasiones en las que acudió al rescate de este ignorante de la tecnología actual y nunca dijo ‘no’ a ninguna de mis demandas.
Calito y yo nos hicimos muy buenos amigos, incluso le dediqué un párrafo en la novela que él mismo resucitó: Cuando la imprimí, le obsequié un tomo de la novela, me pidió que se la firmara, lo cual hice con mucho gusto. Ya con la novela en sus manos me preguntó que en dónde aparecía él, a lo que le contesté que no se lo diría para comprometerlo a leer mi libro, que a lo mejor le resultaría un suplicio. Me llamó dos semanas después y me dijo: “Gelito, ya me descubrí y me caí muy bien”, motivo suficiente para hacer una cita y disfrutar de un buen vino. El año pasado (no recuerdo exactamente la fecha), llegó a mi oficina y lo vi un poco triste; por supuesto le pregunté el motivo. Me explicó que se le habían inflamado los ganglios del cuello, y en un estudio muy riguroso le habían detectado unos quistes malignos, pero que no importaba pues estaba muy a tiempo para exterminarlos. Platicamos en mi oficina de su enfermedad y con su sonrisa infantil me dijo: “Gelito, es tiempo de luchar”. Así empezó una batalla contra el cáncer, recibió varias dosis de quimioterapia, mil estudios, se rapó la cabeza, jamás perdió el buen animo, nunca se quejó. Me sorprendí de su capacidad guerrera, hasta que finalmente en diciembre me dijo que ya estaba casi al cien por cien de salud, lo cual celebramos con mucho gusto; me comentó que solo le faltaba un estudio final para ser dado de alta. Después de Navidad nos hablamos por teléfono para los deseos y parabienes que nos esperaban este 2009. Cuando regresé de vacaciones, lo encontré en el messenger y platicamos muy quitados de la pena. El jueves de la semana pasada, le envié un correo diciéndole que si me echaba la mano una vez más, pues mi computadora no estaba funcionado como debía; se me hizo raro que no me contestara. Después el fin de semana me absorbió en complicidad con mi trabajo y no lo busqué hasta hoy lunes por la mañana, le escribí un correo diciéndole que cuando tuviera oportunidad se comunicara conmigo. Estaba por enviarlo cuando Jonathan, su amigo inseparable y también amigo mío, me dio la noticia que nuestro amigo Calito había fallecido. La noticia me ha caído como balde de agua fría, me dio los pormenores de su muerte y aún no los asimilo. Solo me dio por escribir esto que ahora comparto con ustedes, pensando que tal vez así se haga más llevadera la pena de perder a un gran amigo. Carlos Alonso González Duarte, falleció hoy, lunes 19 de enero del 2009, a la edad de 26 años. Calito: Todo mi cariño y este cuento va con especial dedicatoria para ti.

P.D. Calito, los guerreros como tú son muy difíciles de olvidar, tu carnal: Ángel Cervantes.

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