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Cuento para ellos: lo que Papá Chavo hace
Papá Chavo es simpático. Yo creo que por eso se enamoró Mamá Coque de él. Dice mi que mamá le contaron que cuando se conocieron, mi abuelito era militar. Entonces él la esperaba diario en la esquina para verla llegar de la secundaria
Por: Francisco Rojas Cardenas.
Ilustración: Rocio Coffeen
“Tantos años de conocernos y todavía no sabes que me gusta el café sin azúcar”, le dice Papá Chavo a Mamá Coque, mientras desayuno unos frijoles fritos con queso de rancho y birote.
Así discuten casi todos los días. Mis abuelitos son un poco como mis papás, con la diferencia de que no gritan. Cuando él le dice a ella algo así, Mamá Coque se queda calladita, pero al rato toma venganza y le entrega unas tortillas quemadas para sus frijoles. Papá Chavo pone cara de enojado, pero también prefiere no decir nada.
Mi abuelito vende fruta preparada afuera del mercado. Los sábados, cuando me quedo en su casa, me invita a que le ayude. Entonces vendemos sandías, jícamas, naranjas, pepino y mango.
Yo le ayudo a cobrar, mientras él atiende a los clientes, a quienes hace reír mientras pela la fruta, la corta y la acomoda en bolsitas de plástico.
“Con mucho chile”, le dicen mientras les sirve. No importa que pique.
“No señor, este es chile campana. Porque pica cuando entra y repica cuando sale”, contesta ante las risas de los demás. A mí también me da risa.
Papá Chavo es simpático. Yo creo que por eso se enamoró Mamá Coque de él. Dice mi que mamá le contaron que cuando se conocieron, mi abuelito era militar. Entonces él la esperaba diario en la esquina para verla llegar de la secundaria. También que le mandaba cartitas de amor, luego flores, hasta que un día se acercó a hablarle y a hacerla reír. Luego de que pidió permiso en casa de Mamá Coque para visitarla, le empezó a llevar serenatas.
Cuando regresamos de trabajar, mi abuelo compra una rosa rosita, me la da y me dice que entre a casa antes que él y se la entregue a mi abue. Ese trabajo me gusta. Ella la toma, le digo que es de mi Papá Chavo, sonríe, me da un beso en la frente, luego entra él y no le dice nada, nadie habla. Siguen enojados.
Son un poco raros. Después me salgo a jugar a la calle y al rato oigo una canción viejita que sale de la casa de mis abuelitos, me asomo a escondidas y los veo dándose un beso.
Ilustración: Rocio Coffeen
“Tantos años de conocernos y todavía no sabes que me gusta el café sin azúcar”, le dice Papá Chavo a Mamá Coque, mientras desayuno unos frijoles fritos con queso de rancho y birote.
Así discuten casi todos los días. Mis abuelitos son un poco como mis papás, con la diferencia de que no gritan. Cuando él le dice a ella algo así, Mamá Coque se queda calladita, pero al rato toma venganza y le entrega unas tortillas quemadas para sus frijoles. Papá Chavo pone cara de enojado, pero también prefiere no decir nada.
Mi abuelito vende fruta preparada afuera del mercado. Los sábados, cuando me quedo en su casa, me invita a que le ayude. Entonces vendemos sandías, jícamas, naranjas, pepino y mango.
Yo le ayudo a cobrar, mientras él atiende a los clientes, a quienes hace reír mientras pela la fruta, la corta y la acomoda en bolsitas de plástico.
“Con mucho chile”, le dicen mientras les sirve. No importa que pique.
“No señor, este es chile campana. Porque pica cuando entra y repica cuando sale”, contesta ante las risas de los demás. A mí también me da risa.
Papá Chavo es simpático. Yo creo que por eso se enamoró Mamá Coque de él. Dice mi que mamá le contaron que cuando se conocieron, mi abuelito era militar. Entonces él la esperaba diario en la esquina para verla llegar de la secundaria. También que le mandaba cartitas de amor, luego flores, hasta que un día se acercó a hablarle y a hacerla reír. Luego de que pidió permiso en casa de Mamá Coque para visitarla, le empezó a llevar serenatas.
Cuando regresamos de trabajar, mi abuelo compra una rosa rosita, me la da y me dice que entre a casa antes que él y se la entregue a mi abue. Ese trabajo me gusta. Ella la toma, le digo que es de mi Papá Chavo, sonríe, me da un beso en la frente, luego entra él y no le dice nada, nadie habla. Siguen enojados.
Son un poco raros. Después me salgo a jugar a la calle y al rato oigo una canción viejita que sale de la casa de mis abuelitos, me asomo a escondidas y los veo dándose un beso.