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Cruzar una calle
En esta ciudad devorada por los automóviles, cada vez es más difícil transitar como un simple mortal o como peatón, que es casi igual
GUADALAJARA, JALISCO (30/MAR/2014).- Estoy detenido en la esquina de Federalismo y Montenegro, impaciente. Un peatón puede darse el lujo de la espera pero hace dos semáforos que no consigo cruzar la calle. Me parece demasiado.
Federalismo, al fin, se pone en rojo. Intento, pues, atravesar en dirección al Centro. Imposible: una bicicleta, que circula fuera del carril destinado a su paso, se me arroja encima. Doy un brinco de gato hacia el paso peatonal para que no me lleve por delante. El semáforo no se ha puesto en verde pero los automóviles avanzaron. Uno de ellos aprovecha que nadie circula por la perpendicular y da vuelta. Me atravieso en su camino. Frena, con desdén, con fastidio. Derrotado, vuelvo a la banqueta. Tanto el ciclista como el conductor del automotor me han mentado la madre.
Me digo: a un tapatío no se le puede dar ni un triciclo sin que lo arroje contra sus conciudadanos. Tengo la debilidad de tuitear el comentario, allí, parado en la esquina… Comienzo a ser insultado. “Qué poco toleran los chilangos. ¡Fuera de GDL!”, manda decir un espontáneo, que pasa por alto que soy tan nativo de estas ruinas como él. “Ojalá te hubieran dado un aventón”, agrega otro, que parece confundir un raid con la muerte por atropellamiento.
En la esquina, una señora de unos 60 años que también espera cruzar la avenida, me da un pisotón. No se disculpa. Confirmado: los habitantes de estos lares no sabemos ni caminar sin agredir a quien se nos ponga a tiro. Tampoco servimos, ay, para la autocrítica.
II
No sé manejar. De hecho, tengo un temor casi patológico a los automóviles. Viajo a bordo de ellos con la misma serenidad con que los perros Chihuahua visitan el veterinario El cinturón de seguridad resulta poco para contener mi pánico. No hay bolsa de aire capaz de amortiguar mi pavor. Hago esta confesión de diván psicoanalítico para que nadie se piense que milito a favor del enemigo expreso de la vialidad humana, que es el automóvil. Nada de eso: los coches me parecen revólveres con ruedas.
Ahora bien, tampoco sé andar en bicicleta. Mis únicas millas ganadas sobre las dos ruedas las debo a una fija en la que llevé la rehabilitación de un problema de rodilla. Soy, lo he dicho hasta el cansancio, un peatón. Y un usuario del transporte público (que es un problema que amerita un artículo diferente). Y me parece que en Guadalajara, hoy mismo, vivimos en el peor de los mundos posibles. La ciudad y sus vías de comunicación son un desastre. Hay cada vez más autos peor manejados. La contaminación atmosférica, visual, auditiva y hasta espiritual que provocan a su alrededor es innegable, espeluznante. Por años, la mayor parte de las administraciones públicas han trabajado, explícita o hipócritamente, a favor de los automotores. Hay gobernantes que creen que su deber es tirar casas, morder banquetas, despedazar camellones, volcar árboles y estatuas y remover glorietas con tal de que quepan los millones de autos nuevos que nos tienen que vender. Eso, por no mencionar el costo humano y económico de los continuos accidentes, no sólo para los locos que manejan como enajenados sino para cualquiera que tenga el mal tino de transitar a pie o en dos ruedas en las cercanías de un sujeto que piensa que sabe acelerar, rebasar, cambiar de carril y actualizar su Facebook al mismo tiempo.
No basta con vías sin automóviles los domingos, por más agradables y exitosas que sean, si el martes o el jueves uno pasa las de Caín para trasladarse, si cada día nos encontramos con uno o tres o cinco accidentes, con peatones, ciclistas, motociclistas y pasajeros condenados a lesiones horrorosas o directamente a muerte por el simple delito de haber salido a la calle.
No, ya no se trata de ganar la batalla. Se trata de que termine la guerra.
SABER MÁS
Abundancia
Según la Dirección de Infraestructura Vial de la Secretaría de Vialidad, hasta principios de 2013, la ciudad de Guadalajara tenía registrados un millón 782 mil automotores, sin contar los flotantes.
Federalismo, al fin, se pone en rojo. Intento, pues, atravesar en dirección al Centro. Imposible: una bicicleta, que circula fuera del carril destinado a su paso, se me arroja encima. Doy un brinco de gato hacia el paso peatonal para que no me lleve por delante. El semáforo no se ha puesto en verde pero los automóviles avanzaron. Uno de ellos aprovecha que nadie circula por la perpendicular y da vuelta. Me atravieso en su camino. Frena, con desdén, con fastidio. Derrotado, vuelvo a la banqueta. Tanto el ciclista como el conductor del automotor me han mentado la madre.
Me digo: a un tapatío no se le puede dar ni un triciclo sin que lo arroje contra sus conciudadanos. Tengo la debilidad de tuitear el comentario, allí, parado en la esquina… Comienzo a ser insultado. “Qué poco toleran los chilangos. ¡Fuera de GDL!”, manda decir un espontáneo, que pasa por alto que soy tan nativo de estas ruinas como él. “Ojalá te hubieran dado un aventón”, agrega otro, que parece confundir un raid con la muerte por atropellamiento.
En la esquina, una señora de unos 60 años que también espera cruzar la avenida, me da un pisotón. No se disculpa. Confirmado: los habitantes de estos lares no sabemos ni caminar sin agredir a quien se nos ponga a tiro. Tampoco servimos, ay, para la autocrítica.
II
No sé manejar. De hecho, tengo un temor casi patológico a los automóviles. Viajo a bordo de ellos con la misma serenidad con que los perros Chihuahua visitan el veterinario El cinturón de seguridad resulta poco para contener mi pánico. No hay bolsa de aire capaz de amortiguar mi pavor. Hago esta confesión de diván psicoanalítico para que nadie se piense que milito a favor del enemigo expreso de la vialidad humana, que es el automóvil. Nada de eso: los coches me parecen revólveres con ruedas.
Ahora bien, tampoco sé andar en bicicleta. Mis únicas millas ganadas sobre las dos ruedas las debo a una fija en la que llevé la rehabilitación de un problema de rodilla. Soy, lo he dicho hasta el cansancio, un peatón. Y un usuario del transporte público (que es un problema que amerita un artículo diferente). Y me parece que en Guadalajara, hoy mismo, vivimos en el peor de los mundos posibles. La ciudad y sus vías de comunicación son un desastre. Hay cada vez más autos peor manejados. La contaminación atmosférica, visual, auditiva y hasta espiritual que provocan a su alrededor es innegable, espeluznante. Por años, la mayor parte de las administraciones públicas han trabajado, explícita o hipócritamente, a favor de los automotores. Hay gobernantes que creen que su deber es tirar casas, morder banquetas, despedazar camellones, volcar árboles y estatuas y remover glorietas con tal de que quepan los millones de autos nuevos que nos tienen que vender. Eso, por no mencionar el costo humano y económico de los continuos accidentes, no sólo para los locos que manejan como enajenados sino para cualquiera que tenga el mal tino de transitar a pie o en dos ruedas en las cercanías de un sujeto que piensa que sabe acelerar, rebasar, cambiar de carril y actualizar su Facebook al mismo tiempo.
No basta con vías sin automóviles los domingos, por más agradables y exitosas que sean, si el martes o el jueves uno pasa las de Caín para trasladarse, si cada día nos encontramos con uno o tres o cinco accidentes, con peatones, ciclistas, motociclistas y pasajeros condenados a lesiones horrorosas o directamente a muerte por el simple delito de haber salido a la calle.
No, ya no se trata de ganar la batalla. Se trata de que termine la guerra.
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Abundancia
Según la Dirección de Infraestructura Vial de la Secretaría de Vialidad, hasta principios de 2013, la ciudad de Guadalajara tenía registrados un millón 782 mil automotores, sin contar los flotantes.