Suplementos
Crónicas paralelas
Múltiples formas de ver, sentir y vivir la misma tarde en dos paisajes de la ciudad
GUADALAJARA, JALISCO (15/OCT/2011).- No es lo mismo una plaza que otra en esta ciudad de Guadalajara y su zona conurbada. Las historias que se ciñen en estos sitios a veces ni siquiera se rozan, aunque a veces sean las mismas razones las que lleven a sus ocupantes pasajeros a esos lugares. Aquí, una muestra con dos caras: Expiatorio y Andares.
El mismo día, Avenida Patria
En los límites de Guadalajara y Zapopan está Plaza Andares, con un diseño arquitectónico vanguardista que le permite ser comparada con uno de esos “malls” de un país de primer mundo, donde los pantalones cuestan desde 500 hasta cinco mil pesos, los helados llegan a tener un precio de 52 pesos y los cafés alcanzan los 65 pesos.
19:00 horas
Son las siete de la tarde y un desfile de modas canino acaba de concluir. La gente despeja el área donde se llevó a cabo. Caminan por los pasillos de Andares, ven la ropa deportiva, zapatos, ropa interior, bolsos, lentes oscuros, entre otros artículos que se exhiben en los aparadores y escaparates de las tiendas.
Las ramas de los árboles comienzan a moverse porque el viento cada vez sopla más fuerte. Una mujer vestida de negro se frota los brazos para calentarlos un poco, voltea a ver el cielo que ha perdido su color azul. A lo lejos se escucha a una chica gritarle a sus amigos: “¡Ya vámonos, va a llover!”
Del otro lado tres mujeres juegan con cinco niños sobre un tapete de colores, todos sentados en el piso. Al centro de la plaza hay una fuente de donde sale un chorro de agua que alcanza una altura de casi dos metros y otros chorritos de unos 50 centímetros que rodean al mayor. Un niño de aproximadamente un año y medio se acerca a la fuente y trata de tocar el agua. La gente voltea a verlo. Su madre lo sube a la carriola, el pequeño rechaza el acto y se baja corriendo hacia la fuente otra vez, para tocar el agua que brota del suelo.
En pocos minutos el niño se vuelve el centro de la atención. La gente que pasa por el lugar detiene su andar para sacar su teléfono móvil y tomarle fotografías. El chico de cabello rubio y tez blanca con un tono rosado, trata de tapar los chorritos con los guaraches que trae puestos, se inclina para “agarrar” el agua, antes de que ésta se vuelva a meter al suelo. Cuando vuelve a brotar del piso agacha su cabeza, abre la boca e intenta tomar un poco. Parece no importarle tener la ropa mojada al igual que la cara y el cabello, él continúa divirtiéndose en el agua.
19:15 horas
Después de 15 minutos la gente que estaba en el desfile de moda canina sigue pasando con sus perros. La mayoría de las personas camina con una mirada fresca, no se lucen cansados como los rostros de otros individuos que se pueden ver en diversos puntos de la ciudad a la misma hora, cuando un gran sector de la población regresa a sus casas luego de terminar un día de trabajo. A esa hora también hombres y mujeres, jóvenes y adultos salen de las tiendas cargando bolsas grabadas con el nombre del comercio o de las marcas de los artículos que acaban de adquirir. Un grupo de chavos vestidos al estilo hipster, aprovechan las ofertas que hay en una conocida tienda de ropa de origen español.
19:30 horas
El reloj marca las siete y media de la tarde… una tarde que comienza a convertirse en noche. La gente pasea por la plaza con helados, cafés y frapuccinos en mano. La gente revisa sus notas al salir de las tiendas. Las mujeres lucen collares, pulseras, anillos, relojes. Visten pantalón, vestido, zapatos de tacón, huaraches y zapatos de piso.
En uno de los extremos de la plaza, al centro, hay mesas con 48 sillas, pero sólo 14 personas las ocupan. En una de ellas una señora sorbe, toma café, cierra sus ojos y sopla, quizá no calculó lo caliente del líquido. Su compañera, quien viste un chal de color lila que cubre su pecho y parte de su cuello, toma con el tenedor un pedazo de pastel. La otra mujer toma entre sus dedos un cigarro muy delgado para darle a su café la perfecta compañía… al menos para aquellos que disfrutan del tabaco.
19:45 horas
Las luces de los pasillos comienzan a encenderse, en tanto que la mayoría de los locales del centro comercial ya han llenado de luz sus interiores. La música de las tiendas se escucha en los pasillos y se mezcla con las voces y gritos de niños y adultos.
El viento ha dejado regados en el suelo de los pasillos, los pétalos de las flores que adornan los jardines artificiales de la plaza, en los que se pueden observar plantas en distintas tonalidades de verde, con cascadas que salen de piedras negras y cuadradas, y con estanques donde habitan peces de color naranja.
Tres minutos antes de las 20:00 horas, ya casi sin la luz del Sol en el ambiente, suena un trueno en el cielo y se ve un relámpago. Los niños gritan al escucharlo: “¡Aaahhh!”. Las gotas que empezaron a caer del cielo se intensifican. Los pequeños, de la mano de sus padres (algunos), salen corriendo del área de juegos infantiles de la plaza. A una de las madres se le atora su zapato que tiene un pequeño tacón. Se detiene a ponérselo a un costado de un letreo que está sobre el piso con una leyenda que dice: “Prohibido entrar con tacones”. Tal vez no lo vio.
De repente se escuchan más truenos. La lluvia empieza a hacer charcos en la parte central de la plaza. Algunos aceleran el paso para bajar por las escaleras eléctricas al estacionamiento, mientras otros se refugian en la parte techada y aprovechan para fumar un cigarro mientras pasa la lluvia.
La lluvia ha llegado, la fiesta –parece– que ya se terminó.
Un día cualquiera, Escorza y Madero
Aunque la plaza del Expiatorio perdió hace varios años su jardín, se conserva como un espacio de folclor, con antojitos para saborear de día y de noche, una amplia explanada para correr y hasta andar en bici y múltiples bancas para ver la vida pasar siempre y cuando no llueva.
19:00 horas
La lluvia comienza, cae apacible pero continua, ya ha tomado ritmo. Sopla un aire fresco, amable, los árboles reciben el conjunto gustosos, parecen contentos, además no comparten la plaza con nadie, prácticamente están solos.
Los comerciantes y peatones que en ese momento transitaban el área, se resguardan dónde pueden. La paletería está abarrotada y no precisamente de clientes, afuera y a un costado está un carrito de hot-dogs, sus dueños se previnieron y alcanzaron a instalar una lona gris sobre su vendimia, la sujetaron en árboles y una cabina de teléfono, así que la lluvia no les molesta; la falta de clientes probablemente sí.
A unos seis metros, las mujeres que asan y cuecen elotes para vender batallan para proteger su mercancía y mantenerse secas ellas también, la estructura armada con tubos de metal y con una lona azul sobre ellas parece no ser suficiente para cubrirlas… el viento mece el toldo, mientras ellas esperan que la lluvia termine pronto.
En esos techos provisionales se refugian los comerciantes y algunos paseantes, el vapor de las ollas se escapa y se disuelve rápidamente en las ráfagas de aire. La plaza está vacía. Pero al ánimo no decae, se escucha el agua golpear el suelo, el cielo crujir y una canción de Britney Spears en versión remix, cortesía del puesto de “dogos”.
Salen del templo dos mujeres cubriéndose con grandes arreglos de rosas blancas, probablemente de alguna boda que los llevó ahí quizá el pasado fin de semana, pasan entre ambos puestos bajo la lluvia.
“¡Bravo! ¡Viva la novia!” gritan, aplauden y chiflan los comerciantes mirando a las mujeres que caminan sorteando los charcos y se alejan, una haciendo gestos y la otra riendo por el chascarrillo colectivo. Sale una más “ahí va otra novia, ¡bravo!”, le aplauden a la desorientada chica que seguro no esperaba tal reacción de los desconocidos, sigue su paso.
19:15 horas
Suenan sutilmente un par de campanas del templo, que en ese momento derrama chorros de agua desde sus desagües en el techo. El viento sopla violento, las lonas se quieren desprender. En el puesto de elotes un joven sujeta su protección vacilante mientras otra chica tira el agua que se acumuló en ésta para sujetarla mejor.
Cruje el cielo gris, el agua cae en forma de líneas diagonales; el viento se torna feroz. Nadie transita por la plaza, sólo vehículos alrededor de ella. Los comerciantes esperan sentados escuchando pop, ahora suena Adele, también en versión remix.
La lluvia comienza a agotarse, aunque el viento sigue complicando su estancia a los eloteros, ahora se lleva la tapa de plástico con la que cubren la olla: “¡Córrele Ariel!”, ordena la mujer al niño.
Poco a poco reinicia el tránsito peatonal, la gente comienza a aparecer, ya se ven algunos cruzando la plaza aun con una sutil cortina de lluvia que no cesa.
Ahora salen de misa, o quizá sólo del refugio que les proporcionó el templo, cualquiera que haya sido el motivo son pocos los que se incorporan al tránsito peatonal. Todavía no se sacia el cielo, así que los transeúntes tienen que protegerse y para ello hace uso de su creatividad…
19:30 horas
Un hombre joven, moreno, no muy alto pasa frente al templo envuelto de pies a cabeza con una enorme bolsa negra sujeta a su cuerpo gracias a trozos de cinta canela. Se acerca uno más en bicicleta cubriéndose con un plástico traslúcido desde el asiento a la cabeza.
La lluvia cesa al fin, sólo se siente una sutil brisa. Los comerciantes arreglan sus puestos, sus techos y barren el agua para recibir a los que siguen en el templo, ya casi termina la misa. Se acercan más ambulantes, otro puesto de elotes hace competencia y una chica en silla de ruedas exhibe sus alhajas en una banca, se alistan para la jornada nocturna.
Una joven no se quiso arriesgarse a mojar su calzado, o a enfermarse por el agua, camina con precaución por la plaza luciendo un audaz estilo en sus zapatos envueltos en bolsas negras de plástico.
La plaza comienza a tomar color otra vez; aunque ya oscurece el comercio se reactiva, la gente comienza a aparecer, los novios ríen, los policías vigilan, los ancianos caminan, unos buscan rumbo, refugio… otros sólo van de paso, no se detienen.
19:45 horas
Un hombre toma un carrito del súper que tenía ya un rato allí, “hasta mañana” dice a la mujer de los elotes. “Hasta mañana, señor”, se despide ella, mientras él se aleja y se pierde en la oscuridad de la calle, quizá esperando que mañana sea un día mejor.
El mismo día, Avenida Patria
En los límites de Guadalajara y Zapopan está Plaza Andares, con un diseño arquitectónico vanguardista que le permite ser comparada con uno de esos “malls” de un país de primer mundo, donde los pantalones cuestan desde 500 hasta cinco mil pesos, los helados llegan a tener un precio de 52 pesos y los cafés alcanzan los 65 pesos.
19:00 horas
Son las siete de la tarde y un desfile de modas canino acaba de concluir. La gente despeja el área donde se llevó a cabo. Caminan por los pasillos de Andares, ven la ropa deportiva, zapatos, ropa interior, bolsos, lentes oscuros, entre otros artículos que se exhiben en los aparadores y escaparates de las tiendas.
Las ramas de los árboles comienzan a moverse porque el viento cada vez sopla más fuerte. Una mujer vestida de negro se frota los brazos para calentarlos un poco, voltea a ver el cielo que ha perdido su color azul. A lo lejos se escucha a una chica gritarle a sus amigos: “¡Ya vámonos, va a llover!”
Del otro lado tres mujeres juegan con cinco niños sobre un tapete de colores, todos sentados en el piso. Al centro de la plaza hay una fuente de donde sale un chorro de agua que alcanza una altura de casi dos metros y otros chorritos de unos 50 centímetros que rodean al mayor. Un niño de aproximadamente un año y medio se acerca a la fuente y trata de tocar el agua. La gente voltea a verlo. Su madre lo sube a la carriola, el pequeño rechaza el acto y se baja corriendo hacia la fuente otra vez, para tocar el agua que brota del suelo.
En pocos minutos el niño se vuelve el centro de la atención. La gente que pasa por el lugar detiene su andar para sacar su teléfono móvil y tomarle fotografías. El chico de cabello rubio y tez blanca con un tono rosado, trata de tapar los chorritos con los guaraches que trae puestos, se inclina para “agarrar” el agua, antes de que ésta se vuelva a meter al suelo. Cuando vuelve a brotar del piso agacha su cabeza, abre la boca e intenta tomar un poco. Parece no importarle tener la ropa mojada al igual que la cara y el cabello, él continúa divirtiéndose en el agua.
19:15 horas
Después de 15 minutos la gente que estaba en el desfile de moda canina sigue pasando con sus perros. La mayoría de las personas camina con una mirada fresca, no se lucen cansados como los rostros de otros individuos que se pueden ver en diversos puntos de la ciudad a la misma hora, cuando un gran sector de la población regresa a sus casas luego de terminar un día de trabajo. A esa hora también hombres y mujeres, jóvenes y adultos salen de las tiendas cargando bolsas grabadas con el nombre del comercio o de las marcas de los artículos que acaban de adquirir. Un grupo de chavos vestidos al estilo hipster, aprovechan las ofertas que hay en una conocida tienda de ropa de origen español.
19:30 horas
El reloj marca las siete y media de la tarde… una tarde que comienza a convertirse en noche. La gente pasea por la plaza con helados, cafés y frapuccinos en mano. La gente revisa sus notas al salir de las tiendas. Las mujeres lucen collares, pulseras, anillos, relojes. Visten pantalón, vestido, zapatos de tacón, huaraches y zapatos de piso.
En uno de los extremos de la plaza, al centro, hay mesas con 48 sillas, pero sólo 14 personas las ocupan. En una de ellas una señora sorbe, toma café, cierra sus ojos y sopla, quizá no calculó lo caliente del líquido. Su compañera, quien viste un chal de color lila que cubre su pecho y parte de su cuello, toma con el tenedor un pedazo de pastel. La otra mujer toma entre sus dedos un cigarro muy delgado para darle a su café la perfecta compañía… al menos para aquellos que disfrutan del tabaco.
19:45 horas
Las luces de los pasillos comienzan a encenderse, en tanto que la mayoría de los locales del centro comercial ya han llenado de luz sus interiores. La música de las tiendas se escucha en los pasillos y se mezcla con las voces y gritos de niños y adultos.
El viento ha dejado regados en el suelo de los pasillos, los pétalos de las flores que adornan los jardines artificiales de la plaza, en los que se pueden observar plantas en distintas tonalidades de verde, con cascadas que salen de piedras negras y cuadradas, y con estanques donde habitan peces de color naranja.
Tres minutos antes de las 20:00 horas, ya casi sin la luz del Sol en el ambiente, suena un trueno en el cielo y se ve un relámpago. Los niños gritan al escucharlo: “¡Aaahhh!”. Las gotas que empezaron a caer del cielo se intensifican. Los pequeños, de la mano de sus padres (algunos), salen corriendo del área de juegos infantiles de la plaza. A una de las madres se le atora su zapato que tiene un pequeño tacón. Se detiene a ponérselo a un costado de un letreo que está sobre el piso con una leyenda que dice: “Prohibido entrar con tacones”. Tal vez no lo vio.
De repente se escuchan más truenos. La lluvia empieza a hacer charcos en la parte central de la plaza. Algunos aceleran el paso para bajar por las escaleras eléctricas al estacionamiento, mientras otros se refugian en la parte techada y aprovechan para fumar un cigarro mientras pasa la lluvia.
La lluvia ha llegado, la fiesta –parece– que ya se terminó.
Un día cualquiera, Escorza y Madero
Aunque la plaza del Expiatorio perdió hace varios años su jardín, se conserva como un espacio de folclor, con antojitos para saborear de día y de noche, una amplia explanada para correr y hasta andar en bici y múltiples bancas para ver la vida pasar siempre y cuando no llueva.
19:00 horas
La lluvia comienza, cae apacible pero continua, ya ha tomado ritmo. Sopla un aire fresco, amable, los árboles reciben el conjunto gustosos, parecen contentos, además no comparten la plaza con nadie, prácticamente están solos.
Los comerciantes y peatones que en ese momento transitaban el área, se resguardan dónde pueden. La paletería está abarrotada y no precisamente de clientes, afuera y a un costado está un carrito de hot-dogs, sus dueños se previnieron y alcanzaron a instalar una lona gris sobre su vendimia, la sujetaron en árboles y una cabina de teléfono, así que la lluvia no les molesta; la falta de clientes probablemente sí.
A unos seis metros, las mujeres que asan y cuecen elotes para vender batallan para proteger su mercancía y mantenerse secas ellas también, la estructura armada con tubos de metal y con una lona azul sobre ellas parece no ser suficiente para cubrirlas… el viento mece el toldo, mientras ellas esperan que la lluvia termine pronto.
En esos techos provisionales se refugian los comerciantes y algunos paseantes, el vapor de las ollas se escapa y se disuelve rápidamente en las ráfagas de aire. La plaza está vacía. Pero al ánimo no decae, se escucha el agua golpear el suelo, el cielo crujir y una canción de Britney Spears en versión remix, cortesía del puesto de “dogos”.
Salen del templo dos mujeres cubriéndose con grandes arreglos de rosas blancas, probablemente de alguna boda que los llevó ahí quizá el pasado fin de semana, pasan entre ambos puestos bajo la lluvia.
“¡Bravo! ¡Viva la novia!” gritan, aplauden y chiflan los comerciantes mirando a las mujeres que caminan sorteando los charcos y se alejan, una haciendo gestos y la otra riendo por el chascarrillo colectivo. Sale una más “ahí va otra novia, ¡bravo!”, le aplauden a la desorientada chica que seguro no esperaba tal reacción de los desconocidos, sigue su paso.
19:15 horas
Suenan sutilmente un par de campanas del templo, que en ese momento derrama chorros de agua desde sus desagües en el techo. El viento sopla violento, las lonas se quieren desprender. En el puesto de elotes un joven sujeta su protección vacilante mientras otra chica tira el agua que se acumuló en ésta para sujetarla mejor.
Cruje el cielo gris, el agua cae en forma de líneas diagonales; el viento se torna feroz. Nadie transita por la plaza, sólo vehículos alrededor de ella. Los comerciantes esperan sentados escuchando pop, ahora suena Adele, también en versión remix.
La lluvia comienza a agotarse, aunque el viento sigue complicando su estancia a los eloteros, ahora se lleva la tapa de plástico con la que cubren la olla: “¡Córrele Ariel!”, ordena la mujer al niño.
Poco a poco reinicia el tránsito peatonal, la gente comienza a aparecer, ya se ven algunos cruzando la plaza aun con una sutil cortina de lluvia que no cesa.
Ahora salen de misa, o quizá sólo del refugio que les proporcionó el templo, cualquiera que haya sido el motivo son pocos los que se incorporan al tránsito peatonal. Todavía no se sacia el cielo, así que los transeúntes tienen que protegerse y para ello hace uso de su creatividad…
19:30 horas
Un hombre joven, moreno, no muy alto pasa frente al templo envuelto de pies a cabeza con una enorme bolsa negra sujeta a su cuerpo gracias a trozos de cinta canela. Se acerca uno más en bicicleta cubriéndose con un plástico traslúcido desde el asiento a la cabeza.
La lluvia cesa al fin, sólo se siente una sutil brisa. Los comerciantes arreglan sus puestos, sus techos y barren el agua para recibir a los que siguen en el templo, ya casi termina la misa. Se acercan más ambulantes, otro puesto de elotes hace competencia y una chica en silla de ruedas exhibe sus alhajas en una banca, se alistan para la jornada nocturna.
Una joven no se quiso arriesgarse a mojar su calzado, o a enfermarse por el agua, camina con precaución por la plaza luciendo un audaz estilo en sus zapatos envueltos en bolsas negras de plástico.
La plaza comienza a tomar color otra vez; aunque ya oscurece el comercio se reactiva, la gente comienza a aparecer, los novios ríen, los policías vigilan, los ancianos caminan, unos buscan rumbo, refugio… otros sólo van de paso, no se detienen.
19:45 horas
Un hombre toma un carrito del súper que tenía ya un rato allí, “hasta mañana” dice a la mujer de los elotes. “Hasta mañana, señor”, se despide ella, mientras él se aleja y se pierde en la oscuridad de la calle, quizá esperando que mañana sea un día mejor.