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Crónica

Estafas telefónicas

Recibí una llamada telefónica a media mañana. Se trataba de una mujer cuyo acento me pareció interesante. Luego comprendí que lo estaba asociando al típico acento latinoamericano estándar de los programas televisivos producidos en Miami. Saludaba muy atenta ella, con esa falsa amabilidad de las personas que se ganan la vida haciendo llamadas con absolutos desconocidos, y que saben cómo aprovechar el menor resquicio en sus interlocutores para colarse hasta la cocina y ver qué hay en el refri.

“Buenos días, ni nombre es Natalie González”, me dijo la voz. Definitivamente un nombre neutro latinoamericano: ¿Cuántas Natalies González habrán pasado por Sábado Gigante, por ejemplo? Miles quizá. Mi mamá debe de saber este dato.

La mujer se identificaba como representante de Visa Mastercard. No era la primera vez, ni la última, que me llamarían del banco, pensé, así que decidí ser paciente con esta agradable voz y enterarme de qué se trataba. Ahora bien: muchas veces me habían llamado del banco, pero nunca de Visa Mastercard. De hecho Visa Mastercard no es un banco. Algo raro pasaba.

Hay muchas lagunas informativas en mi landscape financiero y una de ellas consiste en no saber en qué casos una institución como Visa Mastercard me puede buscar, siendo que mi tarjeta de crédito está a nombre de un banco.

El caso es que la tal Natalie me dijo que me estaba llamando para comentarme que a muchos usuarios de esta firma les estaba ocurriendo que no les llegaban sus estados de cuenta y que posteriormente se daba el caso de que les suspendían el crédito. Todo lo cual, al calor de mi distracción matutina, me pareció perfectamente lógico. Sin embargo, hasta donde tengo entendido los estados de cuenta los manda solamente el banco.

Enseguida dijo que quería verificar mis datos.

Pronunció mal mi nombre completo. Desde que estaba en el kinder Don Bosco me he topado con esta situación, así que no iba a armar un escándalo. Y menos con la Miss Venezuela que se había tomado la molestia de llamarme.

La alarma se activó cuando pronunció mi supuesto domicilio, el cual no sólo no coincidía sino que no tenía por qué ser mencionado. Entonces comencé a tomar nota.

Le dije a la tal Natalie que no tenía mis datos a la mano, que me diera sus teléfonos y yo le llamaría. Ella, manteniendo el tono cordial, me dio un número 1-800. Y para demostrar su profesionalismo agregó la consabida frase de: “Y recuerde que esta llamada está siendo monitoreada por motivos de calidad en el servicio”.

Por supuesto, el número 1-800 no coincidía con el de Visa Mastercard. Y cuando volví a marcar el número que aparecía en mi identificador de llamadas me fue imposible enlazarme, ya no digamos preguntar por la tal Natalie.

Enseguida llamé a mi banco para intentar denunciar la situación. Después de extraviarme varias veces en sus carruseles de opciones, me contestó un lacónico operador que lo único que me dijo es que no podía atender mi denuncia. Me aconsejó dirigirme a la Profeco.

No creo que la Profeco pueda resolver este tipo de casos, más dignos de una investigación policiaca que de un abuso al consumidor. En todo caso, la respuesta del empleado bancario me ofuscó.

Uno o dos días después, estaba subiendo las escaleras del edificio, cuando escuché que del otro lado de mi puerta sonaba el teléfono. Pensé, como suele ocurrir en estos casos, que cuando por fin consiguiera abrir y llegar hasta el aparato, el teléfono dejaría de sonar. Pero no: para mi sorpresa era la tal Natalie.

Sólo atiné a decirle que no la podía atender en ese momento y, sin dejar espacio para su respuesta, colgué.

Ahora ensayo varias respuestas posibles para lidiar con la estafadora de la voz sensual. Sé que puede llamar en cualquier momento. Voy a ver si le saco su
teléfono.

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