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Confiar y perseverar

Una verdadera y total confianza en Dios, son requisito indispensable para ser auténticamente cristianos

    Una verdadera y total confianza en Dios, son requisito indispensable para ser auténticamente cristianos.
    Sin embargo, hay quienes pretenden serlo, mas su confianza en Él no es incondicional, pues mientras las pruebas o las necesidades no son muy significativas, y, por tanto, encuentran una solución sencilla y expedita, se sienten escuchados y atendidos por Dios.
    No obstante, cuando se hacen presentes las grandes pruebas y las grandes necesidades, vacilan si la respuesta de Dios no es pronta ni conforme a su deseo, y hasta llegan a perder la fe y a renegar de Él.
    La confianza en Dios, consecuencia del don de la fe, involucra un elemento fundamental: la perseverancia: al creer, confiaré; al confiar, perseveraré.
La perseverancia inclina al ser humano a luchar hasta el fin, sin ceder al cansancio, al desánimo, a los ataques, a las críticas, a las calumnias e incomprensiones o a cualquier tentación u obstáculo que pueda presentarse.
    La vida humana es una lucha sin cuartel, sin descanso, sin pausas; y lo es porque nuestros enemigos, precisamente, no dan cuartel ni descansan. Por ello hemos de estar alertas de no dejarnos derrumbar, ni mucho menos caer en sus garras, que esclavizan y debilitan una vida virtuosa.
    Nuestros enemigos, de acuerdo a la doctrina católica, son: mundo, demonio y carne. Jesús con frecuencia nos advierte de su existencia, de su presencia en nuestra vida y de su acción demoledora en contra de la fe y la confianza y, por lo tanto, de la perseverancia.
    San Pablo, por su parte, refiriéndose a uno de ellos, el demonio, afirma: “Porque nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los poderes, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en las alturas”(Ef. 6, 12).
    La perseverancia es una virtud, originalmente un don, un regalo de Dios, que hay que pedírselo para hacerlo crecer, precisamente para que se convierta en virtud. Para cultivarla, conservarla y ejercitarla, se requiere de esfuerzo y tenacidad por nuestra parte.
    Desafortunadamente, ha sido tan grande la influencia  en nuestra cultura de corrientes de pensamiento y estilo de vida extraños, que la perseverancia y otras virtudes son ignoradas y se han dejado de practicar.
   Tales corrientes --entre ellas el hedonismo, que es la búsqueda del placer por el placer mismo, lo que lleva al rechazo del dolor y el sacrificio--, así como el afán por una vida comodina, alimentado por el avance de la tecnología, han hecho que en todo se busque una solución automática e inmediata. Ello, aplicado a la vida espiritual, hace que se vea en Dios a alguien que está para resolver nuestros problemas, sanar nuestras enfermedades, etc., de forma pronta, olvidándose que, primero, sólo Él sabe si conviene conceder lo que se le pide, y, segundo, Él tiene su tiempo y su momento de actuar.
    La mujer de la que nos habla el Evangelio de hoy, rogó a Jesús que su hija fuera liberada de un espíritu que la atormentaba y, aun no siendo ella del pueblo escogido, Jesús se compadeció en virtud de su gran fe y confianza en Él, y a que fue perseverante hasta que su ruego fue escuchado, sin importarle lo que dijeran los demás, ni cualquier otro obstáculo, suscitándose entonces la acción liberadora y transformadora de Jesús.
    Este es, pues, un llamado para todos los seguidores de Jesús a tener fe y confiar en Él, para así poder perseverar contra todo, esperando de Él su respuesta de amor, que siempre llega en el momento oportuno, que es el momento de Dios.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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