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Comida para el andariego

Tapatiez

Hoy toca salir a pasear por la ciudad, de la que vivo enamorado y confieso a veces un tanto desilusionado pero diría mi amigo “El Gordo”, así es como se le quiere a este rancho aunque no sea tan bonito, ni tan cosmopolita, ni tan culturoso, pero es la tierra que nos vio nacer y nos adoptó como parte de la fauna correspondiente a esta zona del Estado de Jalisco.

Y del tema de la comida y de los andariegos me permito hacer un breviario cultural para que de alguna forma valoremos las opciones gastronómicas que tiene la ciudad, que si bien no son de estrellas Michellin, bien vale la pena darles una repasada en fin de semana ( por aquello del colesterol). Y bien, todo sale a colación porque mi buen consejero de amores y compañero de parrandas, “El Gordo”, se ha ido, pero no al otro mundo sino a otra ciudad que dizque más tranquila; lo cual es una verdadera mentira, es de esos sitios tranquilos en donde la palabra adquiere el sinónimo de aburrimiento porque no hay nada, pero nadita qué hacer, y es ahí cuando mi buen amigo empieza a contar sus desdichas callejeras por el medio menos enriquecedor para el espíritu: el teléfono celular.

En su primera llamada, cuenta de entrada que en sus primeros días agotó los recursos típicos de la región; pero de la comida tapatía ni se acordaba, vivía a frijoles y carnitas pero de lo demás, muy poco era lo que se acercaba a su educado paladar. Entonces comienza a recordar los tacos del desvelo de la calle Mexicaltzingo, las salsas del puesto y hasta los olores del sitio, desde luego la comida para los trasnochados. Todo paró ahí, en un recuerdo exquisito de dichos tacos que en estas tierras son tacos ordinarios.

Entre sus comentarios saltaban el colorido de la zona, las áreas que se han destinado como reservas naturales, el arbolado de la ciudad y desde luego la belleza de su Centro Histórico de Morelia.

De la comida típica michoacana saltaban comentarios ocasionales y desde luego cargados de adjetivos calificativos, tantos como aderezos en una cocina. Empezó a narrarme el día en que conoció las corundas, los uchepos, las nueces en escabeche, el licor de membrillo, la sopa purépecha, la crema fría de aguacate, la sopa tarasca, la sopa prehispánica o los tamales de harina acompañados de atole negro o de grano.

Siguió narrando maravillas de los guisos morelianos, llegó al postre y mentó los tradicionales chongos zamoranos, que son mil veces mejores que los que hay por acá. Honestamente he de decir que para chongos los que hace doña Mona, quien entre sus curiosidades tuvo una madre originaria de Zamora, Michoacán, y ella como buena hija aprendió a elaborar tales exquisiteses, así que eso no le envidio a mi amigo “El Gordo”.

Al llegar la segunda semana, recibí una llamada que más bien parecía un grito desesperado de ‘alguien’ que al otro lado de la línea reclamaba un birote salado, desde luego el orgullo es grande y mi buen "Gordo" no reconoció que extrañaba las delicias culinarias tapatías hasta llegar a la tercera semana fuera del terruño. ¡Válgame! el condenado estaba ya por su tercer viernes sin torta ahogada del puesto predilecto.

Lo sorprendente del hecho es que mi pobre amigo no tenía ánimo ni para beberse una cerveza, porque dice que allá el sabor no es el mismo, dedujimos que de alguna manera puede deberse al agua, tal vez por allá el agua tiene más minerales y por eso le sabe distinto, yo creo –sin temor a equivocarme- que lo que le hace falta son los amigotes, definitivamente son las circunstancias laborales las que lo obligaron a partir a tierras lejanas y como reafirma mi comentario la sección Local el día de hoy, los jaliscienses son verdadero talento digno de exportarse a otros estados y para prueba mi talentoso amigo, de quien retomo el tema…

En otra de mis conversaciones tuve el atino de contarle que había ido a cenar sushi, la reacción que provocó tal hecho fue desastroza, mi amigo optó por colgarme furioso, me dijo que si era presunción él lo entendía, porque lo que más extrañaba de su vida tapatía, no eran los amigos ni las bellas mujeres de ojos grandes, ni nada, lo que añoraba era que llegará el fin de semana para darse una vuelta y comerse un buen pedazo de filete en su restaurante argentino predilecto, acompañado de una buena copa de vino; lo segundo eran los hot dogs “dogos” del edificio de la UdeG a eso de la una de la mañana, cuando hacía una pausa en la fiesta para disfrutar de estas delicias callejeras, en tercer lugar extrañaba el despertar con esa extraña sensación que causa la cruda para enseguida aparecerse por cualquiera de los puestos de tortas ahogadas de la ciudad, y ahí fue cuando caí en cuenta de una cosa: mi amigo se estaba volviendo loco sin las delicias culinarias simples, complejas, todas ellas, sencilla y orgullosamente tapatías.

De Morelia hoy por hoy sólo disfruta el exquisito café de olla que se toma en sorbos pequeños en un local del Centro Histórico, su paladar tolera las carnitas y los frijoles, pero sigue sin acostumbrarse a una vida sin tacos Fonseca cada domingo, ahora para la cruda toma la fresca agua de obispo o la guacamaya. Desayuna sin chilaquiles tronadores, en cambio puede saborear los diferentes guisos con huevo como el Virrey de Mendoza, el aporreadillo o el huevo blanco de Pátzcuaro rebozado o en escabeche.

Yo en cambio sigo visitando de forma periódica el hotel María Isabel, en donde se comen unos chilaquiles de chuparse los dedos, sigo visitando los bares, desvelándome y saciando el hambre a deshoras comiendo dogos, curándomela con una torta ahogada y disfrutando de la inmensa variedad de comida que ofrece mi hermosa ciudad para todos los gustos y para todos los bolsillos.
 
P.D. “Gordo hoy desayuno pan francés en Robles Gil esquina Libertad, tomaré un café con cardamomo”.

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