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Ciudad: El deporte como opción de supervivencia
La violencia redimida
La última vez que incendió un automóvil estacionado por mero entretenimiento fue a los 16 años. Lo hizo en compañía de “sus ocho mejores cuates del barrio”, en la colonia Jalisco, de los cuales uno falleció y actualmente dos establecen una condena de ocho años en la cárcel por delitos contra la salud. Para Martín, alias “El pollo”, fueron años intensos en los que nada importaba: “Me sentía el más chin… de todos, pues yo era el líder y hasta los más grandes me respetaban porque era bueno para los golpes (sic)… Hasta que mi jefa (mi mamá) se murió de cáncer y mis hermanos me echaron la culpa”. A sus 22 años de edad las cosas han cambiado, aunque asegura que muchas emociones siguen vivas. Hoy tiene un lugar donde expulsarlas: la natación. “Me hubiera gustado ser un profesional, pero la neta ya mi mejor logro fue salirme de mi mal camino, ahora mis carnales me respetan (…) de mis peleas en la calle, de andar haciendo desm… (…) y ahí (en la natación) conocí gente distinta, otro ambiente, pues (…) cuando nado me siento seguro, recuerdo a mi mamá y le pido perdón”.
Aunque nadaba desde pequeño, fue a los 12 años de edad cuando conoció el mar: fue en una ocasión en que “El pollo” y su grupo de amigos se escaparon de la secundaria y de “raites” viajaron hasta la playa de Melaque. A decir de él, en cuanto tuvo contacto con el agua fue como si hubiera recordado quién era. Pero el tiempo pasó y Martín se metió en más problemas con bandas de delincuentes famosas en su colonia, algunas muy peligrosas conformadas por sicarios. “Mi mamá siempre me decía que me aplacara, pero yo no le hacía caso por mi rebeldía (…). Yo no tuve papá, más bien mis hermanos mayores pero ellos también me golpeaban porque no entendía (…). Una vez si sentí la fría (la muerte) porque me encañonaron… un amigo me mandó matar porque salía con ‘la morra’ que le gustaba. Pagó mil pesos para que me ‘tronaran’, pero le dije al bato (sicario) que se calmara, me le puse duro y al final no se animó, pero estuvo cerquita”. Faltaba un año para que cumpliera 18; por su parte, su mamá ya se encontraba en un estado grave en el Hospital Civil.
Fue en el velatorio de su madre cuando un primo que hace mucho no veía le habló de clases de natación en el Code. Eran económicas y lo demás no fue tan difícil. Se inscribió y algo ocurrió. Todo el coraje de Martín se destiló con el agua, la velocidad de su cuerpo en la alberca hizo trascender el enojo y descubrió un mundo que según explica, desconocía. “Yo no sabía qué era un amigo, o competir sanamente (…). Me da vergüenza decir todo lo que hacía antes, me da vergüenza mostrar mi cara, prefiero decir que ahorita soy carpintero, trabajo dignamente, que nado y que a pesar de mi edad lo hago bien (…). Hice cosas que no me enorgullecen pero pude cambiar (…). Muchos de mis ex compañeros andan mal”. De hecho uno de sus cinco hermanos mayores, recién llegado de Estados Unidos, no pudo creer el cambio de su hermano menor. Aún más le sorprende escucharle decir “te quiero mucho, carnal”. Hace una semana Martín compró un boleto de camión rumbo a Puerto Vallarta. “Me voy a vivir allá, un amigo me da chamba y además voy a tener mucho dónde nadar”. Se trata de su lugar favorito: el mar.
En la misma zona metropolitana, sin conocerse, hay alguien que podría también hablar de superación gracias a la disciplina y práctica del deporte. Alguien quien más vale no hacer enojar, pues su puños han sido capaces de romper huesos y quijadas. Carlos, de 19 años de edad, aún lucha con su propia bravura. A los 10 ya peleaba con todo mundo: grandes y pequeños. “Era bien morrito y golpeé al director (de la primaria)… Y pues me corrieron de la escuela, ya no volví a estudiar porque nunca le encontré chiste, ahora quiero regresar, además en mi casa necesitaban dinero y comencé a trabajar, ayudarles (…). De morro (cuando era niño) mis papás no sabían qué hacer, así que mi papá me metió al box y ahí cambié mucho, pero me ha costado trabajo controlarme”. A decir de Carlos, tiene un problema con las imágenes autoritarias y con el supuesto abuso. En un ejercicio de reflexión piensa y sin nunca hacer contacto con los ojos, se detiene en sus primeros años de vida y menciona una razón para definir su personalidad: “Los del barrio siempre me echaron burla porque era de Michoacán, me decían indio… y ahí o eres el que controla o te controlan”.
Con el box, Carlos no solo consiguió el respeto de los demás, sino que encontró una forma de expulsar su furia, un enojo enconado del que expresa, no alcanzan sus palabras para describir. Y es que, a decir verdad, a él le gustan los golpes. “Me gusta lo que siento en el cuerpo cuando aviento uno (golpe) y me gusta sentir que me den en el cuerpo, en el ring sabes que es por una competencia y en el fondo no hay odio ni nada de eso, pero en la calle es cruel, porque ahí es como sobrevivir, como si te fueran a matar… muchos agarran picos, botellas, piedras, palos… lo que sea y en el box es distinto, uno realmente compite y se demuestra a sí mismo que ‘uno puede’”. Como una terapia diaria, Carlos asiste al Gimnasio Willis Boxis ubicado en un punto de la avenida Cruz del Sur. No deja a un lado su objetivo convertirse en una figura destacada en el boxeo, como la que tuvo su hermano mayor, cuya carrera desarrolló en Estados Unidos peleando en varias arenas de ese país. Su actual trabajo, según cuenta, le ha hecho más sensato.
Y como a “El pollo”, el futuro de Carlos ahora le apetece alentador. “Oía eso de que el deporte te ayudaba, pero en mi caso me ayudó a encaminarme, al menos saber a dónde ir”, afirma como siempre, mirando de perfil.
Aunque nadaba desde pequeño, fue a los 12 años de edad cuando conoció el mar: fue en una ocasión en que “El pollo” y su grupo de amigos se escaparon de la secundaria y de “raites” viajaron hasta la playa de Melaque. A decir de él, en cuanto tuvo contacto con el agua fue como si hubiera recordado quién era. Pero el tiempo pasó y Martín se metió en más problemas con bandas de delincuentes famosas en su colonia, algunas muy peligrosas conformadas por sicarios. “Mi mamá siempre me decía que me aplacara, pero yo no le hacía caso por mi rebeldía (…). Yo no tuve papá, más bien mis hermanos mayores pero ellos también me golpeaban porque no entendía (…). Una vez si sentí la fría (la muerte) porque me encañonaron… un amigo me mandó matar porque salía con ‘la morra’ que le gustaba. Pagó mil pesos para que me ‘tronaran’, pero le dije al bato (sicario) que se calmara, me le puse duro y al final no se animó, pero estuvo cerquita”. Faltaba un año para que cumpliera 18; por su parte, su mamá ya se encontraba en un estado grave en el Hospital Civil.
Fue en el velatorio de su madre cuando un primo que hace mucho no veía le habló de clases de natación en el Code. Eran económicas y lo demás no fue tan difícil. Se inscribió y algo ocurrió. Todo el coraje de Martín se destiló con el agua, la velocidad de su cuerpo en la alberca hizo trascender el enojo y descubrió un mundo que según explica, desconocía. “Yo no sabía qué era un amigo, o competir sanamente (…). Me da vergüenza decir todo lo que hacía antes, me da vergüenza mostrar mi cara, prefiero decir que ahorita soy carpintero, trabajo dignamente, que nado y que a pesar de mi edad lo hago bien (…). Hice cosas que no me enorgullecen pero pude cambiar (…). Muchos de mis ex compañeros andan mal”. De hecho uno de sus cinco hermanos mayores, recién llegado de Estados Unidos, no pudo creer el cambio de su hermano menor. Aún más le sorprende escucharle decir “te quiero mucho, carnal”. Hace una semana Martín compró un boleto de camión rumbo a Puerto Vallarta. “Me voy a vivir allá, un amigo me da chamba y además voy a tener mucho dónde nadar”. Se trata de su lugar favorito: el mar.
En la misma zona metropolitana, sin conocerse, hay alguien que podría también hablar de superación gracias a la disciplina y práctica del deporte. Alguien quien más vale no hacer enojar, pues su puños han sido capaces de romper huesos y quijadas. Carlos, de 19 años de edad, aún lucha con su propia bravura. A los 10 ya peleaba con todo mundo: grandes y pequeños. “Era bien morrito y golpeé al director (de la primaria)… Y pues me corrieron de la escuela, ya no volví a estudiar porque nunca le encontré chiste, ahora quiero regresar, además en mi casa necesitaban dinero y comencé a trabajar, ayudarles (…). De morro (cuando era niño) mis papás no sabían qué hacer, así que mi papá me metió al box y ahí cambié mucho, pero me ha costado trabajo controlarme”. A decir de Carlos, tiene un problema con las imágenes autoritarias y con el supuesto abuso. En un ejercicio de reflexión piensa y sin nunca hacer contacto con los ojos, se detiene en sus primeros años de vida y menciona una razón para definir su personalidad: “Los del barrio siempre me echaron burla porque era de Michoacán, me decían indio… y ahí o eres el que controla o te controlan”.
Con el box, Carlos no solo consiguió el respeto de los demás, sino que encontró una forma de expulsar su furia, un enojo enconado del que expresa, no alcanzan sus palabras para describir. Y es que, a decir verdad, a él le gustan los golpes. “Me gusta lo que siento en el cuerpo cuando aviento uno (golpe) y me gusta sentir que me den en el cuerpo, en el ring sabes que es por una competencia y en el fondo no hay odio ni nada de eso, pero en la calle es cruel, porque ahí es como sobrevivir, como si te fueran a matar… muchos agarran picos, botellas, piedras, palos… lo que sea y en el box es distinto, uno realmente compite y se demuestra a sí mismo que ‘uno puede’”. Como una terapia diaria, Carlos asiste al Gimnasio Willis Boxis ubicado en un punto de la avenida Cruz del Sur. No deja a un lado su objetivo convertirse en una figura destacada en el boxeo, como la que tuvo su hermano mayor, cuya carrera desarrolló en Estados Unidos peleando en varias arenas de ese país. Su actual trabajo, según cuenta, le ha hecho más sensato.
Y como a “El pollo”, el futuro de Carlos ahora le apetece alentador. “Oía eso de que el deporte te ayudaba, pero en mi caso me ayudó a encaminarme, al menos saber a dónde ir”, afirma como siempre, mirando de perfil.