Suplementos

¿Celebridad con causa?

Ya sea por convicción y congruencia, o por interés personal y comercial, las celebridades se han convertido en ineludibles en el debate político de nuestros tiempos

GUADALAJARA, JALISCO (11/MAY/2014).- Bono nos trata de convencer de que el cambio climático es el problema más importante de nuestro tiempo. Ben Affleck nos alerta de la “tragedia humanitaria” que significa una República Democrática del Congo dejada a su suerte, y hasta Angelina Jolie nos persuade de entender el dramatismo del África de los refugiados. Músicos, actores y futbolistas ya no son simples espectadores del debate político, sino referentes inexcluibles en distintos temas que dominan la agenda pública. En México, el fenómeno comienza a tomar fuerza con el decálogo de preguntas sobre la Reforma Energética, publicadas en distintos diarios de circulación nacional y que trae la estampa de Alfonso Cuarón. Pero, ¿se vale utilizar la fama para darle visibilidad a ciertas causas políticas? ¿Qué es más importante: el personaje o la causa?

En un mundo atravesado por el espectáculo, o la “civilización del espectáculo” como la llamó Mario Vargas Llosa, las celebridades no pueden marginarse del debate político. Su vida íntima y sus opiniones políticas trascienden sus talentos en escena, en las películas o en un campo de fútbol. Cuarón ya no es simplemente el director de Gravity, es aquel que incendió las redes sociales con su crítica al modelo cultural burocrático en México o ese cineasta que parece autodefinirse sin temores. Y es que estamos ante un fenómeno relativamente nuevo de artistas comprometidos, tras años donde esta implicación política no era bien vista. En el complejo mundo cultural mexicano, el “artista  comprometido”, aquel que defiende causas y que sacrifica energías para servir de portavoz o cara pública de ciertas reivindicaciones, se le veía como un remanente del pasado. Un remanente de la segunda mitad del siglo XX, donde intelectuales, escritores, artistas y deportistas se identificaban primero con sus ideas y después con su obra. El caso más extremo de un artista subordinado a los intereses del régimen, es Albert Speer, el famoso arquitecto de Hitler y el nazismo. Por supuesto, el compromiso político llevado al extremo. Su obra más que buscar la armonía estética o la funcionalidad, es la oda a un ideario político y el enaltecimiento de la “superioridad racial” de la Alemania Nazi.

El compromiso político siempre levantó sospechas. No son pocos los que le dieron la espalda a la obra de Gabriel García Márquez por su cercanía con el régimen político cubano. Tampoco son pocos los que critican a Mario Vargas Llosa por su activismo político y su defensa a rajatabla del liberalismo. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Como dijera Karl Marx, y después tomado por Marshall Berman como título de uno de sus libros, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. La llamadas metacausas ha desaparecido. Ya no existe comunistas vs. Capitalistas, ni tampoco Occidente vs. Oriente. La tercera ola democrática a nivel mundial ha traído consigo la multiplicación de agendas ocultas, antes calificadas como menores en el debate político. Ahora el intelectual o el artista no tienen que defender a Stalin para ser considerado de izquierdas o reivindicar el nacionalismo para criticar la reforma energética. Las identidades se han vuelto más difusas y las lealtades políticas se acotan. Ahora, medio ambiente, derechos de los animales, la pobreza en el tercer mundo o los alimentos transgénicos se convierten en agendas globales con relevancia. No es necesario ensuciarse las manos en las ríspidas y siempre movedizas arenas de la política para marcar agenda y tener visibilidad política. Para las celebridades, basta algo de congruencia, un poco de información y una estructura económica de sostén, para convertirse en el referente de masas de un determinado tema de la agenda política.

Sin embargo, la llamada “responsabilidad social” de los artistas, aunque tiene ventajas para el debate público como la visibilidad de los temas  o la atracción de recursos económicos, también representa perjuicios, muchas veces no sopesados.

En primer lugar, existe una gran posibilidad de que la causa, en toda su complejidad, quede reducida a la celebridad. Lo tenemos como ejemplo en las preguntas de Cuarón. Se ha discutido poco cada uno de sus posicionamientos y mucho el hecho de que Cuarón no vive en México; su posición económica holgada o si podemos considerarlo un experto en los temas energéticos. Ése es el peligro: Shakira eclipsa el debate sobre la pobreza de los niños en Colombia y América Latina, se documenta más el andar de su fundación “Pies descalzos”, que los avances y retrocesos en la materia; se discute más con qué presidente se reúne Bono, como vocalista de uno de los grupos más influyentes de la historia de la música, que las problemáticas originadas por el cambio climático. “Fama mata causa” y eso ocurre no pocas veces.

Otro grave riesgo es el incentivo que provoca. Lo hemos visto con el caso de Cuarón. El Partido de la Revolución Democrática (PRD) no perdió ni un segundo y le ofreció una candidatura al cineasta. Difícilmente aceptará Cuarón la invitación del Sol Azteca, pero una discusión técnica se convierte en una rebatinga partidista. El PRD no respondió a las preguntas de Cuarón, ni tampoco se ofreció a dar el debate en el Congreso, sino que el incentivo político es a buscar el acercamiento, la fotografía y rasguñar algo de fama de aquel que piensa de forma similar. El político ve la oportunidad de acercarse a la celebridad y la toma sin dudar. Siempre los políticos han buscado en los deportistas, artistas e intelectuales, personajes que dotan de legitimidad a una idea, un partido o un proyecto político. Y en México, esa legitimación muchas veces ha pasado más por una lealtad económica o presupuestal, más que una afinidad ideológica. El intelectual orgánico, que vive para defender al poder y ser el escudo pensante del régimen, siempre es un fantasma en el debate político mexicano.
Como tercer punto, no podemos negar que las celebridades son ganchos de atracción de masas que pueden servir para muchas cosas, pero que oscilan entre aparecer en comerciales de televisión promoviendo causas políticas o visibilizar problemas nacionales complejos. Digamos que las celebridades son traductores para el gran público, pero bien pueden impulsar causas como la pena de muerte (como ocurrió en algunos anuncios de televisión del Partido Verde) o servir de interlocutores de ciudadanos que entienden que sólo los gobiernos voltean cuando las celebridades se involucran en el debate político. Ahí el dilema.

En cuarto lugar, su participación puede ser incluso contraproducente. La democracia vive de sus debates; y una democracia de calidad vive de la calidad de sus debates. Cuando una celebridad pone un pie en el debate político no sabemos sus intenciones: más exposición mediática en momentos de declive; deducir impuestos a través de fundaciones; compromisos comerciales o simplemente mejorar su imagen. Así, bien podrían sumergirse en el debate político sin información, sin alternativas y simplemente no entender la complejidad de los problemas. La celebridad funciona desde su papel simplificador, lo que muchas veces no es lo más conveniente para tomar las mejores decisiones. En el caso de Cuarón, mucha de su eficacia tanto en el debate de los medios como entre la clase política, tuvo que ver que se presentó como un ciudadano preocupado más que como un especialista en temas energéticos. Más que orientar, busca limitar el debate a esos puntos espinosos que se desatan de la reforma energética. Su intervención es más un “empecemos a discutir”, que un juicio o calificativo sobre el tema en cuestión.

Nuestra historia que involucra la insana relación que ha existido entre políticos y celebridades, ha forjado en la cultura política mexicana una especie de “mito de la imparcialidad”. La opinión pública les pide a los “hombres públicos” ser objetivos, desprenderse de sus creencias ideológicas y ser un frio retratista de la realidad. El compromiso político debe estar reservado para los políticos, los académicos tienen que ser imparciales; los periodistas deben informar sin tomar partido y los artistas deben poner sus ideas políticas en segundo plano. Los mexicanos seguimos creyendo en ese bicho raro, ya desterrado en otros países, de que la imparcialidad se consigue con voluntad, ética y congruencia. Mientras en España, las mesas de tertulianos se componen de intelectuales que han salido del clóset, que apoyan a socialistas o a populares, a Izquierda Unida o a Convergencia i Unión, en México pensamos que “tomar partido” es renunciar a la credibilidad de opinión. No es raro encontrar en las redes sociales, la frase “me caía bien Cuarón”; es decir, “me caía bien cuando no opinaba” o “me caía bien cuando sabía que no era de izquierda” o “me caía bien cuando no sabía que le tenía fobia al PRI”. El personaje manchado por sus ideas, su compromiso ensombrece su trabajo. Nunca hemos entendido que el debate público es en realidad la coexistencia e interacción de parcialidades, la riqueza de la pluralidad atenta contra ese “mito de la imparcialidad”. Lo que no quita que las celebridades sepan que poner un pie en la arena política, los pone en distintas situaciones de riesgo.

Artistas e intelectuales han llegado para quedarse en el debate político mexicano. Pueden adoptar cualquier de las dos formas: salir en anuncios de televisión promoviendo a candidatos, como hemos visto en cada elección, o volverse piezas que incentiven el debate y la generación de información. Cuarón le dio un giro a un debate técnico, especializado y político, del auténtico reto para el sistema energético nacional, que son las leyes reglamentarias. La participación de las celebridades tiene ese doble rasero: puede ser o dañina o muy benéfica.

Temas

Sigue navegando