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La muerte de los filósofos

 “El libro de los filósofos muertos es, más bien, una serie de recordatorios de la muerte, o memento mori. Lejos de ser el toque de clarín que anuncia un nuevo dogma esotérico, es un libro con más o menos 190 interrogantes que podrían facilitarnos afrontar la realidad de nuestra propia muerte.

Hasta aquí las buenas noticias. Porque la historia de la muerte de los filósofos es también un relato de excentricidad, locura, suicidio, asesinato, mala suerte, compasión, victimismo y algo de humor negro. El lector se morirá de risa, lo prometo. Permítaseme enumerar algunos ejemplos que serán comentados por extenso más adelante:

Pitágoras permitió que le asesinaran antes que cruzar un campo de habas; Heráclito se ahogó en excrementos de vaca; Platón murió supuestamente por una infección provocada por piojos; se cuenta que Aristóteles se suicidó con acónito; Empédocles se lanzó al monte Etna con la esperanza de convertirse en un dios, pero una de sus sandalias de bronce salió expulsada de las llamas como confirmación de su mortalidad; Diógenes murió conteniendo la respiración; lo mismo hizo el gran radical Zenón de Citio; Zenón de Elea murió heroicamente mordiendo la oreja de un tirano hasta que fue muerto a puñaladas; Lucrecio supuestamente se suicidó tras volverse loco por haber tomado un filtro de amor; Hipatia fue asesinada por una multitud de cristianos furiosos, que le arrancaron las piel utilizando costras de ostra; Boecio fue cruelmente torturado antes de que lo mataran a garrotazos por orden del rey ostrogodo Teodorico; Juan Escoto Eriúgena, el gran filósofo irlandés, fue presuntamente apuñalado a muerte por sus alumnos ingleses; Avicena murió de una sobredosis de opio tras entregarse demasiado energéticamente a la actividad sexual; Tomás de Aquino murió a cuarenta kilómetros de su lugar de nacimiento tras golpearse la cabeza contra la rama de un árbol;  Wittgenstein murió al día siguiente de su cumpleaños. Había recibido una manta eléctrica como regalo de su amiga la señora Bevan, que le dijo: “que cumplas muchos años más”, mirándola fijamente, Wittgenstein replicó: “No habrá más”; Simone Weil se dejó morir de hambre como muestra de solidaridad con la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial”

• Simon Critchley. El libro de los filósofos muertos. Taurus. México. 2009. 362 págs.
El autor es catedrático de Filosofía en la New School for Social Research, en Nueva York. Es autor de varios libros, como Things merely are y Infinitely demanding. Dirige la colección How to read, de la revista Granta.


Un grito de amor desde el centro del mundo

“—O sea que tu abuelo siguió pensando en ella durante toda su vida —repuso Aki. Me pareció que tenía los ojos humedecidos.
—Eso parece —asentí yo con sentimientos encontrados—. Por lo visto, no pudo sacársela nunca de la cabeza.
—Y ella tampoco pudo olvidar a tu abuelo.
—Un poco raro, ¿no?
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Pues porque transcurrió medio siglo. Y lo normal es que, con el tiempo, se produzcan algunos cambios, ¿no?
—¿Y tú no encuentras maravilloso que dos personas sigan enamoradas durante cincuenta años? —dijo Aki con aire soñador.
—Recuerda que el tiempo pasa para todos los seres vivos. Y que ninguna célula, a excepción de las células madre, puede escapar del envejecimiento. A ti también te irán saliendo arrugas en la cara, ¿sabes?
—¿Y adónde quieres ir a parar?
—Pues que, por más que tuvieran veinte años cuando se conocieron, después de cincuenta, habían cumplido ya los setenta.
—¿Y?
—Pues que morir de amor por una abuela de setenta años me parece un poco macabro, la verdad.
—¿Ah, sí? Pues yo lo encuentro maravilloso —me espetó Aki. Parecía algo enfadada.
—¿Y luego qué? ¿Que se vean en un hotel de vez en cuando, o algo por el estilo?
—Déjalo, ¿vale? —Aki me miró con ojos furibundos.
—Pues, mira. Mi abuelo es muy capaz de hacerlo.
—Eso tú. Eres tú quien sería capaz de hacerlo.
—¿Yo? ¡Qué va!
—¡Y tanto que sí!
(…)
Aki y yo, sentados en los asientos de la última fila, seguíamos hablando de mi abuelo.
—Pero eso es adulterio, ¿no? —dije planteando la cuestión crucial.
—Para nada. Eso es amor puro —me contradijo Aki de inmediato.
—Pero tanto mi abuelo como aquella mujer estaban casados.
Ella reflexionó unos instantes.
—Desde el punto de vista de sus respectivas parejas tal vez fuera adulterio, pero, desde su propio punto de vista, aquello, sin duda, era amor puro.
—O sea, que según la perspectiva desde la que lo mires, puede ser adulterio o amor puro, ¿no?
—Creo que el criterio es distinto.
—¿A qué te refieres?
—A que el concepto de adulterio no deja de ser una convención social. Y puede cambiar según la época. En una sociedad polígama, tendría un sentido completamente distinto. Pero seguir enamorado de alguien durante más de cincuenta años es algo que va más allá de la cultura y de la historia.”

• Kyoichi Katayama. Un grito de amor desde el centro del mundo. Alfaguara. México. 2009. 192 págs.
Este libro ha vendido más de tres millones de copias sólo en Japón. Se prepara una película, una serie de TV y un manga. Fuera de eso, es una historia de amor bien contada, cursi a veces.

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