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Casa de Citas
Desde hacía diez años vivía una vida mutilada
“Desde hacía diez años vivía una vida mutilada. Su vida y la de su amante se encontraban para una cena, o una noche robada a la rutina de un matrimonio que Dario se obstinaba en considerar feliz. Algunas veces, llevando consigo una maleta, como si llegara después de un largo viaje, Dario se instalaba en el estudio de Borgo Pio. Destronaba a Godot, que acogía al intruso erizando el pelo y maullando de despecho, para luego desaparecer, ofendido, hasta su partida. Dario diseminaba los calcetines y las camisas sobre los sillones, dejaba el cepillo de dientes en el vaso del cuarto de baño y durante dos días vivían libres —con la intimidad y las costumbres de un matrimonio. Cada uno de ellos tenía sus ritos, su idiosincrasia, su manera de levantarse de la cama cada mañana. Y todo era familiar, y verdadero. Pero los sábados Dario volvía con su mujer. Sasha odiaba los sábados. Y los domingos, Semana Santa, Navidad y Fin de Año. Había sabido esperar. Paciente, confiado, convencido de que tarde o temprano la empalagosa comedia de su matrimonio se acabaría, que Dario hablaría con su mujer, o que no lo haría —eso, ¿qué importancia tenía?—, pero que, fuera como fuese, la dejaría y se instalaría en su casa. Vivirían juntos y compartirían el cine, las navidades, las vacaciones, los amigos. También la vejez, el sufrimiento, la enfermedad, todo lo que la vida depara —no sólo los momentos felices de la espera y de la pasión, que no son, pese a todo, la vida, sino únicamente su destilado, su caricatura.
Pero Dario no lo había hecho. Siempre lo posponía. Con una excusa —al principio— y luego ya ni siquiera eso. Y ahora ya no era un oscuro y descuidado cronista de una televisión privada y de ámbito local, sino Mister Verdad, al que la gente reconocía por la calle y al que pedía que resolviera sus problemas. Cada vez más metido en su papel, cada vez menos libre, y cada vez menos deseoso de liberarse. Y Sasha ya no tenía veintitrés años, como la noche en que lo había conocido —en un sucio soportal de Venecia, a donde Dario había ido a entrevistar a un skin nazi que le había pegado fuego a un mendigo. Ya no tenía el cuerpo esbelto de Tadzio ni el pelo largo por los hombros. Ahora había ganado peso y se le caía el pelo —que por las mañana encontraba, frágil y roto, sobre la almohada. Llevaba gafas y ya no tenía esperanzas. Se estaba haciendo viejo sin haber sido joven de verdad”.
Melania G. Mazzucco. Un día perfecto. Anagrama. Barcelona, 2008. 440 págs. (Novela).
La autora es considerada una de las mejores de Italia. Nació en Roma en 1966. Ha escrito, entre otras: Ella, tan amada, y Vita.
El profesor Austin
“Hoy era Nochevieja. Por primera vez el profesor Austin no tenía con quien pasarla, ahora que su hijo Austin había decidido casarse con aquella mujer extraña de manos muy rosas. El profesor y su hijo ocupaban un exiguo apartamento de alquiler cerca de la universidad. Un crujiente balcón daba a la terminal de autobuses, alrededor de la cual siempre había hombres regando neumáticos y estudiantes que tropezaban. El recibir olía a una mezcla de otoño y gasolina. Era muy misterioso. Una noche el profesor entro en el cuarto de su hijo en busca de una conversación y le encontró tirado en el suelo, en la postura del feto, sacudido por convulsiones nerviosas, no se entendía bien si de llanto o de risa. El profesor Austin retrocedió sin decir nada y a la mañana siguiente su hijo le comunicó, de un modo atropellado, sus ideas sobre el matrimonio y su próximo matrimonio.
Conectó el motor del automóvil y volvió a atravesar el sendero resquebrajado dando marcha atrás, a trompicones, saltando en el interior del vehículo de ese modo que se ve en el cine y a veces también en la vida. Retomó la arteria central a unos cuantos metros, giró el volante y entró en la zona lateral de un bar abierto, adosado a la estación de servicio, un área destinada al aparcamiento con grandes flechas temblorosas pintadas en el pavimento y manchas de disolvente creando repulsivos arco iris. Entró en el local y no vio nada. La temperatura tibia le empañaba los cristales, parecía que de repente todo el mundo, camareros y clientes, él mismo, habían decidido tomar un sauna. Después de todo aquel lugar estaba casi desierto. Recordó que hoy era la Fecha.”
Eloy Tizón. Velocidad de los jardines. Anagrama, compactos. Barcelona, 2008. 142 págs. (Volumen de relatos).
El autor nació en Madrid en 1964. Este libro ha sido muy celebrado por la crítica. Fue escrito en 1992. Ha publicado Seda salvaje (finalista del Premio Herralde), Labia y La voz cantante.
Por Eduardo castañeda
eduardocastanedah@gmail.com
Pero Dario no lo había hecho. Siempre lo posponía. Con una excusa —al principio— y luego ya ni siquiera eso. Y ahora ya no era un oscuro y descuidado cronista de una televisión privada y de ámbito local, sino Mister Verdad, al que la gente reconocía por la calle y al que pedía que resolviera sus problemas. Cada vez más metido en su papel, cada vez menos libre, y cada vez menos deseoso de liberarse. Y Sasha ya no tenía veintitrés años, como la noche en que lo había conocido —en un sucio soportal de Venecia, a donde Dario había ido a entrevistar a un skin nazi que le había pegado fuego a un mendigo. Ya no tenía el cuerpo esbelto de Tadzio ni el pelo largo por los hombros. Ahora había ganado peso y se le caía el pelo —que por las mañana encontraba, frágil y roto, sobre la almohada. Llevaba gafas y ya no tenía esperanzas. Se estaba haciendo viejo sin haber sido joven de verdad”.
Melania G. Mazzucco. Un día perfecto. Anagrama. Barcelona, 2008. 440 págs. (Novela).
La autora es considerada una de las mejores de Italia. Nació en Roma en 1966. Ha escrito, entre otras: Ella, tan amada, y Vita.
El profesor Austin
“Hoy era Nochevieja. Por primera vez el profesor Austin no tenía con quien pasarla, ahora que su hijo Austin había decidido casarse con aquella mujer extraña de manos muy rosas. El profesor y su hijo ocupaban un exiguo apartamento de alquiler cerca de la universidad. Un crujiente balcón daba a la terminal de autobuses, alrededor de la cual siempre había hombres regando neumáticos y estudiantes que tropezaban. El recibir olía a una mezcla de otoño y gasolina. Era muy misterioso. Una noche el profesor entro en el cuarto de su hijo en busca de una conversación y le encontró tirado en el suelo, en la postura del feto, sacudido por convulsiones nerviosas, no se entendía bien si de llanto o de risa. El profesor Austin retrocedió sin decir nada y a la mañana siguiente su hijo le comunicó, de un modo atropellado, sus ideas sobre el matrimonio y su próximo matrimonio.
Conectó el motor del automóvil y volvió a atravesar el sendero resquebrajado dando marcha atrás, a trompicones, saltando en el interior del vehículo de ese modo que se ve en el cine y a veces también en la vida. Retomó la arteria central a unos cuantos metros, giró el volante y entró en la zona lateral de un bar abierto, adosado a la estación de servicio, un área destinada al aparcamiento con grandes flechas temblorosas pintadas en el pavimento y manchas de disolvente creando repulsivos arco iris. Entró en el local y no vio nada. La temperatura tibia le empañaba los cristales, parecía que de repente todo el mundo, camareros y clientes, él mismo, habían decidido tomar un sauna. Después de todo aquel lugar estaba casi desierto. Recordó que hoy era la Fecha.”
Eloy Tizón. Velocidad de los jardines. Anagrama, compactos. Barcelona, 2008. 142 págs. (Volumen de relatos).
El autor nació en Madrid en 1964. Este libro ha sido muy celebrado por la crítica. Fue escrito en 1992. Ha publicado Seda salvaje (finalista del Premio Herralde), Labia y La voz cantante.
Por Eduardo castañeda
eduardocastanedah@gmail.com