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Burdeos, vino y pedaleo

Burdeos es una ciudad hermosa y señorial; excelente para ser recorrida en bicicleta.

GUADALAJARA, JALISCO (07/ABR/2013).- Viví en Burdeos, Francia varios meses como escritora invitada en un proyecto de residencia literaria que consistía en tener una casita en el centro, actividades en escuelas e institutos y tiempo para trabajar. Al principio no  conocía a nadie y, excepto algún vino, nada de la ciudad, por eso mis paseos de “reconocimiento” eran a pie. Hasta que empecé a hacer amistades. En las escuelas, una profesora se ofreció para llevarme a conocer la región. Otra, apenas supo de mi gusto por las dos ruedas, me invitó a su casa, sacó del garaje una bici llena de polvo y preguntó si la quería. Entonces todo cambió.

Burdeos es una ciudad hermosa y señorial que fui conociendo poco a poco gracias a lo que se convirtió en mi primera actividad del día: pasear en bici. Al salir de casa, no me quedaba otra que tomar por la calle, porque en mi barrio no había carriles ciclísticos. Así, sorteando autos, llegaba a la Place de Quinconces, donde está el monumento a los Girondinos, aquellos revolucionarios devorados por la propia revolución, que tiene unas impresionantes esculturas de caballos con patas de reptil. Frente a la plaza está el río y, junto a él se extiende un largo paseo peatonal y ciclístico.

A partir de ahí, podía irme hacia la izquierda hasta el final del paseo y, de regreso, internarme en las estrechas calles del barrio Chartrons. O quedarme en el mercado, si era domingo, para tomar ostras y vinito blanco, con moderación, por supuesto, porque andaba en bici.

Si, por el contrario, me iba al otro lado, el recorrido solía ser mayor. Primero pasaba junto a la Plaza de la Bolsa que tiene un enorme espejo de agua donde, si es verano, conviene detenerse para meter los pies, mientras se contempla el panorama, porque la plaza es linda. Vale la pena también acercarse a ver los edificios. Una de las características arquitectónicas de la ciudad son sus mascarones, esas caras de piedra que decoran las fachadas. Y en esta plaza hay uno que recuerda que no fue solamente el vino lo que trajo riqueza a Burdeos, sino también la trata negrera, porque éste fue uno de los puertos más importantes del comercio de esclavos. Para no olvidarlo ahí, entre tantas figuras, hay una de raza negra.

A veces entraba por alguna de aquellas calles para perderme en el viejo Burdeos, con sus torres medievales, sus iglesias y sus pintorescas plazas. Y desde ahí podía continuar internándome. En bici se llega a cualquier sitio, aunque nunca imaginé que podría llegar a casa de mi abuela. Pero un día, pedaleando, caí en un barrio de casitas bajas, con puerta y ventana que daban directamente a la calle. De repente me pareció estar en Cienfuegos, la ciudad de Cuba donde vivía mi abuela y donde pasé tantas vacaciones. Y es que, en efecto, Cienfuegos, fue fundada por colonos franceses que procedían, en su mayoría, de Burdeos.

Otras veces prefería continuar por el paseo del río, llenar de aire mis pulmones, cruzar el puente y sentarme del otro lado a contemplar la ciudad, que no en balde es Patrimonio Mundial de la UNESCO. Desde allí la vista es preciosa: campanarios, torres, joyas arquitectónicas del siglo XVIII, y el río Garona por donde, tiempo atrás, transitaron los barcos cargados de buen vino. Burdeos es la ciudad del vino y de las tres M literarias: Montesquieu, Mauriac y Montaigne. El último refugio donde vivió Goya hasta su muerte. Y el sitio donde yo, aunque sin la grandeza de ellos, después de pedalear regresaba a casa, me servía un vino y me sentaba a escribir hasta el amanecer.

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