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Acerca de las Virtudes
Así como los pecados o vicios capitales nos predisponen a cometer actos ilícitos que nada tienen que ver con el mejoramiento y crecimiento del ser humano en cuanto persona
Así como los pecados o vicios capitales nos predisponen a cometer actos ilícitos que nada tienen que ver con el mejoramiento y crecimiento del ser humano en cuanto persona, las virtudes se entienden como disposiciones habituales y firmes para hacer el bien. Entonces, una virtud es un hábito; esto es, una acción o un comportamiento que se repite regularmente hasta ser aprendido, por lo que una manera directa de vencer, o al menos minimizar, los vicios, es practicar virtudes una y otra vez. La Iglesia nos señala que para cada vicio capital existe una virtud que se le opone: a la soberbia, la humildad; a la avaricia, la generosidad; a la lujuria, la castidad; a la ira, la paciencia; a la gula, la templanza; a la envidia, la caridad, y contra la pereza, la diligencia. Hoy nos centraremos en la templanza, considerada por muchos como el fundamento de las otras virtudes, así como la soberbia se considera por muchos el origen de todos los vicios.
De acuerdo con el Catecismo de Iglesia Católica, la templanza es “la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en el límite de la honestidad”. Vemos que esta virtud está dirigida al dominio de uno mismo y apunta a la realización del orden en el interior del hombre. Otra forma de entender la templanza se debe a un teólogo contemporáneo, quien afirma que la templanza significa “señorío y libertad de espíritu que lleva a obrar de manera que se use rectamente de las cosas porque se las valora adecuadamente”.
De estos conceptos es evidente el porqué esta virtud se considera la primera de todas: lleva al ejercicio de la voluntad para lograr el dominio de uno mismo. Cuando ocurre lo contrario, que las pasiones dominen a la persona, resulta que uno pierde la libertad auténtica, puesto que aquéllas nos esclavizan y nos convierten en sus víctimas; la sabiduría encerrada en las palabras evangélicas “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32), es más que aplicable a la vida cotidiana. Porque la templanza, al llevar a la persona a esforzarse diariamente por ser mejor y a ser congruente con lo que se piensa, se dice y se hace, entre muchas otras cosas, conduce a la madurez, a la realización plena del ser humano y a dejar la adolescencia emocional, pues su práctica invita a no de justificarse y dar falsos pretextos.
Una de las formas de vivir la templanza está en aprender a distinguir entre lo que es realmente necesario y los caprichos; esto es, a distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado, para utilizar rectamente los esfuerzos y el dinero. Podrá objetarse que eso es casi imposible de realizar, o que hacerlo, lo convierten a uno en objeto de burla. La vivencia de la templanza se dificulta especialmente en esta sociedad materialista y utilitaria que lleva a tratar de conseguir todo a cualquier precio, en la que el egoísmo y el permisivismo dejan que la persona atropelle los derechos de los demás.
Cuántas veces vemos, por ejemplo, conductores estacionándose enfrente de cocheras o en los lugares destinados a personas que utilizan sillas de ruedas, sólo por la pereza de caminar un poco más. Cuántas veces una familia se endeuda a veces por años, con tal de que la fiesta de su hijo o hija sea mejor que la fiesta de su vecino. Cuántos adulterios se cometen al día porque al o a la infiel le dominan sus pasiones, con un consecuente vacío existencial que, como se dijo en artículo anterior, sólo lleva a la infelicidad propia y de sus allegados.
Formas simples de vivir la templanza son, en primer lugar, no sobreproteger y no consentir desmedidamente a los hijos; negarles cosas superfluas o inútiles los ayudará mucho. Establecer horarios para comer, dormir, jugar y trabajar; no permitir justificaciones ni pretextos por incumplir las propias responsabilidades; aprender, desde pequeños, a ser moderados en el comer y en el beber. Ser verdaderamente cristiano consiste en practicar virtudes, pues es absolutamente cierto que lo opuesto, ser vicioso, únicamente lleva al infierno en este mundo. La felicidad sólo la alcanza la persona virtuosa, y la santidad es sinónimo de madurez.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”
De acuerdo con el Catecismo de Iglesia Católica, la templanza es “la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en el límite de la honestidad”. Vemos que esta virtud está dirigida al dominio de uno mismo y apunta a la realización del orden en el interior del hombre. Otra forma de entender la templanza se debe a un teólogo contemporáneo, quien afirma que la templanza significa “señorío y libertad de espíritu que lleva a obrar de manera que se use rectamente de las cosas porque se las valora adecuadamente”.
De estos conceptos es evidente el porqué esta virtud se considera la primera de todas: lleva al ejercicio de la voluntad para lograr el dominio de uno mismo. Cuando ocurre lo contrario, que las pasiones dominen a la persona, resulta que uno pierde la libertad auténtica, puesto que aquéllas nos esclavizan y nos convierten en sus víctimas; la sabiduría encerrada en las palabras evangélicas “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32), es más que aplicable a la vida cotidiana. Porque la templanza, al llevar a la persona a esforzarse diariamente por ser mejor y a ser congruente con lo que se piensa, se dice y se hace, entre muchas otras cosas, conduce a la madurez, a la realización plena del ser humano y a dejar la adolescencia emocional, pues su práctica invita a no de justificarse y dar falsos pretextos.
Una de las formas de vivir la templanza está en aprender a distinguir entre lo que es realmente necesario y los caprichos; esto es, a distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado, para utilizar rectamente los esfuerzos y el dinero. Podrá objetarse que eso es casi imposible de realizar, o que hacerlo, lo convierten a uno en objeto de burla. La vivencia de la templanza se dificulta especialmente en esta sociedad materialista y utilitaria que lleva a tratar de conseguir todo a cualquier precio, en la que el egoísmo y el permisivismo dejan que la persona atropelle los derechos de los demás.
Cuántas veces vemos, por ejemplo, conductores estacionándose enfrente de cocheras o en los lugares destinados a personas que utilizan sillas de ruedas, sólo por la pereza de caminar un poco más. Cuántas veces una familia se endeuda a veces por años, con tal de que la fiesta de su hijo o hija sea mejor que la fiesta de su vecino. Cuántos adulterios se cometen al día porque al o a la infiel le dominan sus pasiones, con un consecuente vacío existencial que, como se dijo en artículo anterior, sólo lleva a la infelicidad propia y de sus allegados.
Formas simples de vivir la templanza son, en primer lugar, no sobreproteger y no consentir desmedidamente a los hijos; negarles cosas superfluas o inútiles los ayudará mucho. Establecer horarios para comer, dormir, jugar y trabajar; no permitir justificaciones ni pretextos por incumplir las propias responsabilidades; aprender, desde pequeños, a ser moderados en el comer y en el beber. Ser verdaderamente cristiano consiste en practicar virtudes, pues es absolutamente cierto que lo opuesto, ser vicioso, únicamente lleva al infierno en este mundo. La felicidad sólo la alcanza la persona virtuosa, y la santidad es sinónimo de madurez.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”