Resulta comprensible que los dirigentes de los equipos se inconformen con respecto a algunas sanciones de la Comisión Disciplinaria. Si afectan a los considerados “titulares indiscutibles”, es obvio que, al menos en teoría, sus equipos resienten su ausencia...
Lo que ya no resulta tan comprensible es que el Monterrey --caso concreto-- mueva cielo, mar y tierra, intentando que se reduzca la suspensión por cuatro partidos impuesta a Ricardo La Volpe, a raíz del “show” que el argentino montó hace una semana en el Estadio Jalisco.
*
Mire usted...
Hay futbolistas que sostienen que las facilidades que, de unos años a esta parte, conceden los reglamentos para que los técnicos den indicaciones desde la banca, han sido, para muchos de aquéllos, contraproducentes. Lejos de contribuir a que se hagan mejor las cosas, los gritos y los aspavientos de los entrenadores distraen a los jugadores. Son elementos de presión adicionales, que no en todos los casos operan de manera positiva.
En fin... El caso es que el International Board decidió cerrar un ojo con respecto a la que era una práctica rutinaria. Hizo legal, en otras palabras, lo que era clandestino.
Desde el principio se hizo la advertencia: la concesión implicaba la posibilidad de que el técnico diera indicaciones a sus jugadores; no los autorizaba, en cambio, a vociferar o gesticular para dejar constancia de su inconformidad con las decisiones de los silbantes.
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En esas condiciones, no sólo fue público y notorio, sino escandaloso, que el técnico del Monterrey fue mucho más allá de los límites que establece el reglamento. Su “show” tenía a los integrantes del cuerpo arbitral como destinatarios. Además, a partir de apreciaciones personalísimas, desprovistas de objetividad.
Poner en tela de duda la justicia en la sanción de un penalty corresponde, en todo caso, a los críticos. Perder la compostura porque el árbitro --con justificada razón, además-- dispone la repetición, por infracciones al reglamento por parte del equipo al que se penalizó (el Monterrey, en el caso), además de contravenir a las reglas del juego (la V, especialmente), comunica la indisciplina a los jugadores, pone en entredicho la autoridad del árbitro y altera el ánimo de los espectadores.
En consecuencia, la suspensión de cuatro partidos --dos por entrar a la cancha y dos más por insultos al silbante-- parecería, justa, reglamentaria... y, en el fondo, saludable para el propio Monterrey.
Lo que ya no resulta tan comprensible es que el Monterrey --caso concreto-- mueva cielo, mar y tierra, intentando que se reduzca la suspensión por cuatro partidos impuesta a Ricardo La Volpe, a raíz del “show” que el argentino montó hace una semana en el Estadio Jalisco.
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Mire usted...
Hay futbolistas que sostienen que las facilidades que, de unos años a esta parte, conceden los reglamentos para que los técnicos den indicaciones desde la banca, han sido, para muchos de aquéllos, contraproducentes. Lejos de contribuir a que se hagan mejor las cosas, los gritos y los aspavientos de los entrenadores distraen a los jugadores. Son elementos de presión adicionales, que no en todos los casos operan de manera positiva.
En fin... El caso es que el International Board decidió cerrar un ojo con respecto a la que era una práctica rutinaria. Hizo legal, en otras palabras, lo que era clandestino.
Desde el principio se hizo la advertencia: la concesión implicaba la posibilidad de que el técnico diera indicaciones a sus jugadores; no los autorizaba, en cambio, a vociferar o gesticular para dejar constancia de su inconformidad con las decisiones de los silbantes.
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En esas condiciones, no sólo fue público y notorio, sino escandaloso, que el técnico del Monterrey fue mucho más allá de los límites que establece el reglamento. Su “show” tenía a los integrantes del cuerpo arbitral como destinatarios. Además, a partir de apreciaciones personalísimas, desprovistas de objetividad.
Poner en tela de duda la justicia en la sanción de un penalty corresponde, en todo caso, a los críticos. Perder la compostura porque el árbitro --con justificada razón, además-- dispone la repetición, por infracciones al reglamento por parte del equipo al que se penalizó (el Monterrey, en el caso), además de contravenir a las reglas del juego (la V, especialmente), comunica la indisciplina a los jugadores, pone en entredicho la autoridad del árbitro y altera el ánimo de los espectadores.
En consecuencia, la suspensión de cuatro partidos --dos por entrar a la cancha y dos más por insultos al silbante-- parecería, justa, reglamentaria... y, en el fondo, saludable para el propio Monterrey.