ROSSANA FUENTES BERAIN Profesora e investigadora de la Universidad de Guadalajara.
Empezó en Gran Bretaña hace 25 años con Margaret Thatcher, adalid de una revolución conservadora que se apropió luego el llamado Consenso de Washington. Esta semana la historia vuelve a iniciarse, ahí, en la blanca Albión, bajo la figura de otro primer ministro, Gordon Brown, quien busca un nuevo, “nuevo” orden económico internacional, al que empresarios y gobiernos de todo el planeta tendrán que ajustarse, les guste o no.
El buen Brown tiene suerte, llegó a la oficina del primer ministro inglés, al número 10 de la calle Downing, con su bagaje de muchos años de secretario de Hacienda y lo usó para reaccionar más rápido y mejor, atajando una crisis que inició en el sector financiero estadounidense y que se extendió al resto de la economía mundial.
En Inglaterra se concibió la reducción del Estado en la década de los 80, desde el partido conservador de la Dama de Hierro y desde ahí, con el New Labor, inicia su regreso en este otoño de 2008.
Los ataques esta semana del republicano John McCain en el último de los debates presidenciales contra el demócrata Barack Obama, acusándolo de ofrecer una política que haría más grande al Gobierno, resultan vanos, cuando pareciera que eso es lo que quiere mucha gente, ¡que el Gobierno contenga la estampida de los búfalos de Wall Street!
Lo que tranquilizó el pánico de las últimas semanas, fue justamente que Brown hiciera explícito en Gran Bretaña y desde ahí proyectara al resto del mundo, que la acción del Estado está de vuelta.
En la transición de un paradigma al otro, muchos ceden a la tentación de recurrir al maniqueísmo, de buscar a quién responsabilizar de la crisis, en este contexto se sale a cazar culpables con rostro o apellido, sea de persona física o moral.
En Estados Unidos Alan Greenspan es ya el villano favorito, cuando se habla de fallas u omisiones de las autoridades gubernamentales. Y en México el imaginario colectivo adjudica culpas en bloque a los “empresarios” como categoría total, al grado que el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público tiene que desdecirse y precisar que “no acuso al sector empresarial”, que no hay “desfalco” a las reservas internacionales del Banco de México, y que en todo caso las pérdidas son para las empresas.
No sólo en nuestro país la actual crisis tendrá un impacto sobre toda la actividad económica, reducirá los empleos, la inversión y hasta las remesas.
Empresas regiomontanas como Cemex ya anunciaron un recorte de personal de cuando menos 10%, además de iniciar recortes de hasta 500 millones de dólares.
Para Cemex no podía haber sido éste un peor año: nacionalización de sus activos en Venezuela, controversias judiciales en la Suprema Corte de Justicia por asuntos fiscales, y ahora pérdidas por el uso de instrumentos financieros de alto riesgo conocidos como derivados.
Una compra estratégica buena, como fue de la cementera australiana Rinker, colocó a la empresa con un apalancamiento indeseable en estos momentos de tormentas perfectas, en las que todo lo que podía estar saliendo mal, está saliendo mal.
¿Será el principio del fin de la magia de Lorenzo H. Zambrano Treviño? La historia está por escribirse, lo cierto es que el grado de dificultad que tiene frente a sí, lo da la dimensión de que el mercado de Cemex se ha contraído cuando menos en un tercio desde que empezó el año y a su acción le ha ido peor, perdiéndose más de dos tercios de su valor desde junio pasado, cuando se realizó la compra en el Sureste asiático.
Si la crisis actual se inició con las hipotecas inmobiliarias, sería absurdo esperar que algún tipo de recuperación llegara por la vías de la construcción residencial, eso no va a suceder en el futuro inmediato, el camino a la recuperación, cuando se dé, pasará por la obra pública que los estados propiciarán para un arranque forzoso de sus economías.
Desde la construcción de la refinería anunciada por el Presidente Felipe Calderón, hasta la obra pública que el primer ministro Brown ha refrendado que no se detendrá, como los estadios para la Olimpiada de 2012, todo esto requerirá de cemento y de concreto; habrá que ver si Cemex tiene la capacidad para elevarse como proveedor en este nuevo entorno.
Los modelos de negocios en esa nueva economía requerirán de ajustes. Lo que se hizo antes, lo que era aceptado en el entorno de la revolución conservadora en la que el mercado era el rey, no necesariamente será tolerado en la era que comienza.
Pasada la crisis habrá de encontrarse algún equilibrio entre los extremos de ambos modelos, porque, insisto, en el capitalismo no se trata de blanco o negro, no, estamos frente al “oro gris”.
El buen Brown tiene suerte, llegó a la oficina del primer ministro inglés, al número 10 de la calle Downing, con su bagaje de muchos años de secretario de Hacienda y lo usó para reaccionar más rápido y mejor, atajando una crisis que inició en el sector financiero estadounidense y que se extendió al resto de la economía mundial.
En Inglaterra se concibió la reducción del Estado en la década de los 80, desde el partido conservador de la Dama de Hierro y desde ahí, con el New Labor, inicia su regreso en este otoño de 2008.
Los ataques esta semana del republicano John McCain en el último de los debates presidenciales contra el demócrata Barack Obama, acusándolo de ofrecer una política que haría más grande al Gobierno, resultan vanos, cuando pareciera que eso es lo que quiere mucha gente, ¡que el Gobierno contenga la estampida de los búfalos de Wall Street!
Lo que tranquilizó el pánico de las últimas semanas, fue justamente que Brown hiciera explícito en Gran Bretaña y desde ahí proyectara al resto del mundo, que la acción del Estado está de vuelta.
En la transición de un paradigma al otro, muchos ceden a la tentación de recurrir al maniqueísmo, de buscar a quién responsabilizar de la crisis, en este contexto se sale a cazar culpables con rostro o apellido, sea de persona física o moral.
En Estados Unidos Alan Greenspan es ya el villano favorito, cuando se habla de fallas u omisiones de las autoridades gubernamentales. Y en México el imaginario colectivo adjudica culpas en bloque a los “empresarios” como categoría total, al grado que el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público tiene que desdecirse y precisar que “no acuso al sector empresarial”, que no hay “desfalco” a las reservas internacionales del Banco de México, y que en todo caso las pérdidas son para las empresas.
No sólo en nuestro país la actual crisis tendrá un impacto sobre toda la actividad económica, reducirá los empleos, la inversión y hasta las remesas.
Empresas regiomontanas como Cemex ya anunciaron un recorte de personal de cuando menos 10%, además de iniciar recortes de hasta 500 millones de dólares.
Para Cemex no podía haber sido éste un peor año: nacionalización de sus activos en Venezuela, controversias judiciales en la Suprema Corte de Justicia por asuntos fiscales, y ahora pérdidas por el uso de instrumentos financieros de alto riesgo conocidos como derivados.
Una compra estratégica buena, como fue de la cementera australiana Rinker, colocó a la empresa con un apalancamiento indeseable en estos momentos de tormentas perfectas, en las que todo lo que podía estar saliendo mal, está saliendo mal.
¿Será el principio del fin de la magia de Lorenzo H. Zambrano Treviño? La historia está por escribirse, lo cierto es que el grado de dificultad que tiene frente a sí, lo da la dimensión de que el mercado de Cemex se ha contraído cuando menos en un tercio desde que empezó el año y a su acción le ha ido peor, perdiéndose más de dos tercios de su valor desde junio pasado, cuando se realizó la compra en el Sureste asiático.
Si la crisis actual se inició con las hipotecas inmobiliarias, sería absurdo esperar que algún tipo de recuperación llegara por la vías de la construcción residencial, eso no va a suceder en el futuro inmediato, el camino a la recuperación, cuando se dé, pasará por la obra pública que los estados propiciarán para un arranque forzoso de sus economías.
Desde la construcción de la refinería anunciada por el Presidente Felipe Calderón, hasta la obra pública que el primer ministro Brown ha refrendado que no se detendrá, como los estadios para la Olimpiada de 2012, todo esto requerirá de cemento y de concreto; habrá que ver si Cemex tiene la capacidad para elevarse como proveedor en este nuevo entorno.
Los modelos de negocios en esa nueva economía requerirán de ajustes. Lo que se hizo antes, lo que era aceptado en el entorno de la revolución conservadora en la que el mercado era el rey, no necesariamente será tolerado en la era que comienza.
Pasada la crisis habrá de encontrarse algún equilibrio entre los extremos de ambos modelos, porque, insisto, en el capitalismo no se trata de blanco o negro, no, estamos frente al “oro gris”.