Internacional
Los vagones del hartazgo
Cada mañana, los usuarios de los ferrocariles de Buenos Aires pelean para viajar apretujados en carros obsoletos y derruidos, frustrados por las constantes demoras
BUENOS AIRES.— Nadie entiende cómo en el primer país latinoamericano en encarar el proyecto de un tren bala, los usuarios hagan arder los vagones con la furia de su desesperanza y el hartazgo como todo combustible. Sólo viajando, haciendo el recorrido que los sufridos usuarios bonaerenses realizan la mayoría de los días de su vida, pueden entenderse las razones.
Moreno es una populosa localidad bonaerense ubicada a 70 kilómetros de la Plaza de Mayo. A las 6:45 de una mañana helada como tantas, un poco más de mil usuarios se apuran para pelear por un asiento. Un lugar de privilegio que haga el viaje un poco menos duro en el ferrocarril Sarmiento. El que une la capital federal con el oeste del Gran Buenos Aires, y donde varias veces los pasajeros sorprenden al mundo por ciertas dotes piromaniacas.
En el furgón donde viajan los usuarios que portan bicicletas u otro tipo de rodados hay un cartel que reza “Prohibido fumar”. Sin embargo un aroma infrecuente en un tren lo cubre todo. Es cannabis auténtico. “Hay que volarse un poquito fiera para viajar en esta mierda”, responde un joven de poco más de 25 años.
La tensión viaja desde Moreno con inusual puntualidad. Un día después del ataque que terminó con siete vagones incendiados y una decena de detenidos —de lo que para el gobierno fue un “sabotaje”, para algunas fuentes sindicales fue el fruto de “una pelea interna entre sectores sindicales” y para los usuarios “el hartazgo de viajar como ratas”—, el tren de las 6:50 comienza a moverse con una puntualidad londinense. “No ve, no ve, hay que hacer quilombo (disturbios) para que estos hijos de puta salgan a horario”, asegura Dogomar Rivas, estibador en un hipermercado del barrio porteño de Boedo.
“Yo tengo todos los días dos horas de viaje desde mi casa a mi trabajo. Por lo menos tres de cada cinco días el tren sufre una demora. Ni le cuento si pierdo el de la 6:50. Un día que llegue tarde pierdo el 15% de mi salario a fin de mes”, explica Rivas.
Coches obsoletos, derruidos, con asientos cortados y ventanillas sin reemplazar son una postal frecuente no sólo en el Sarmiento sino en otros ferrocarriles y ramales de Buenos Aires (casi únicos después del desguace y la privatización impulsada por el menemismo en los 90).
Moverse dentro de un vagón es casi imposible. Con la comprensión y solidaridad de quienes saben que esa foto denunciará su cruda realidad de sufridos viajantes, lo ayudarán a subirse a un asiento para hacer su trabajo.
“Un aplauso para los periodistas que vienen acá a padecer con nosotros....” pide alguien y todos conceden pero no con las palmas, sino con gritos de urra. “Las manos no se mueven y si las puedo mover me cuido de los degenerados”, se ríe Telma Arancibia, de 37 años y empleada de un banco en Ramos Mejía.
Ella tiene suerte. Le quedan 10 minutos de viaje porque el tren ya pasó San Antonio de Padua y el único que logró subir fue un moreno con aspecto de boxeador. “Muchos días me tengo que quedar abajo y esperar dos o tres trenes para poder subir”, asegura una vez que la vista deja atrás a cientos de frustrados pasajeros en el andén a la espera de poder llegar en algún momento a su destino.