Entretenimiento
Una gran oportunidad
Abundan quienes asisten a Misa todos los domingos, y hasta comulgan, y sin embargo, cargan en su corazón y su conciencia resentimientos...
Un gran número de personas que dicen profesar la fe cristiana y pertenecer a la Iglesia Católica, e inclusive participan en algún movimiento eclesial de apostolado, viven, disimulada o manifiestamente, de manera incoherente.
Abundan quienes asisten a Misa todos los domingos, y hasta comulgan, y sin embargo, cargan en su corazón y su conciencia resentimientos, rencores, odios, envidias...
Otros son muy afectos a una serie de devociones y, no obstante, subestiman a los demás, llegando al grado del desprecio y de la discriminación.
Existen, inclusive, personas que dan mucho, mas lo suelen dar como para calmar su conciencia y no por amor, y, como dice San Pablo, “de nada les sirve” (Conf. 1Cor 13).
Pues bien, sin intención de hacer un juicio, sí podríamos decir, desde una perspectiva objetiva, que todos ellos y los demás que se encuentren en situaciones similares, viven como si fueran “carceleros del Espíritu Santo”.
Todo ser humano que recibe el Sacramento del Bautismo, en éste y por éste, recibe el Don de dones, el Don del Espíritu Santo, quien hace presente a Cristo en nuestra vida: “Yo (Juan, el Bautista) os he bautizado con agua, mas Él (Jesús) os bautizará con el Espíritu Santo”(Mc 1, 8). “Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para un solo cuerpo”(1Cor 12, 13).
Sin embargo, a medida que la persona crece y se desarrolla, si no es consciente de este gran misterio, de esta gran verdad de fe, de que el Espíritu Santo vive en ella y que es “templo vivo del mismo Espíritu” --según lo afirma San Pablo en su primera carta a los Corintios: “¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes, puesto que lo han recibido de Dios?”(1Cor 6. 19)--, corre el riesgo de convertirse, en una manera figurada, en “carcelero” de Él.
Pareciera una expresión impropia y muy severa, pero si analizamos bien, no es así, porque el Espíritu Santo nos es dado y toma posesión de nosotros en el Bautismo, para que libremente actúe y cumpla su misión, que es hacer de cada bautizado, otro Cristo; sin embargo, si el bautizado, ya sea consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, rechaza y sofoca dicha acción, entonces --podemos afirmarlo-- lo “maniata y encarcela”.
Si Jesús nos dijo: “Sin Mí nada pueden hacer”, y Él mismo nos da a su Espíritu para que podamos hacer todo y cumplir con nuestra vocación y misión en el mundo, y muchos bautizados ni siquiera conocen al Espíritu Santo ni han tenido la experiencia de una nueva efusión de Él --es decir, dejarlo que fluya desde el interior y, por ende, permitirle que actúe con libertad--, se entiende el porqué existe entre los cristianos tanta incoherencia de vida. Aunque quisieran, no podrían ser coherentes, si no tienen el poder del Espíritu Santo; es decir, sin la capacidad que potencializa en la persona, su acción.
Así podemos entender las incoherencias en que incurrieron los apóstoles en el momento decisivo de la vida de Jesús, porque ni siquiera tenían el Espíritu Santo a plenitud: Pedro, que lo niega tres veces; los otros, que lo abandonan totalmente y se esconden llenos de miedo; de Judas, ni qué decir, ya que él no sólo tenía “encarcelado” al Espíritu Santo, sino que había dejado que el espíritu del Mal, es decir Satanás, entrara y se posesionara de él.
Sin embargo, llegado el tiempo anunciado por Jesús, todo cambió; en la fiesta de Pentecostés, se cumple la gran promesa de Dios y les es dado el Espíritu Santo, y con Él, el poder de lo alto. Y ellos, recibiéndolo y aceptándolo, lo dejaron actuar libremente, convirtiéndose en grandes testigos de Jesucristo resucitado e instrumentos de su gracia y poder.
Hoy, que celebramos esta gran fiesta de Pentecostés, en la que se conmemora la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y el mundo, es una gran oportunidad --quizá la última para algunos-- de renunciar y echar fuera todo lo que hace que mantengamos al Espíritu Santo como si estuviera “encarcelado”, liberándolo entonces y dejándolo actuar. Entonces iniciaremos una auténtica vida nueva, en la que seremos coherentes, y, guiados por el mismo Espíritu, seremos verdaderamente, hijos de Dios, porque “todos aquellos a los que guía el Espíritu Santo, esos son hijos de Dios”(Rom 8, 14).
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Abundan quienes asisten a Misa todos los domingos, y hasta comulgan, y sin embargo, cargan en su corazón y su conciencia resentimientos, rencores, odios, envidias...
Otros son muy afectos a una serie de devociones y, no obstante, subestiman a los demás, llegando al grado del desprecio y de la discriminación.
Existen, inclusive, personas que dan mucho, mas lo suelen dar como para calmar su conciencia y no por amor, y, como dice San Pablo, “de nada les sirve” (Conf. 1Cor 13).
Pues bien, sin intención de hacer un juicio, sí podríamos decir, desde una perspectiva objetiva, que todos ellos y los demás que se encuentren en situaciones similares, viven como si fueran “carceleros del Espíritu Santo”.
Todo ser humano que recibe el Sacramento del Bautismo, en éste y por éste, recibe el Don de dones, el Don del Espíritu Santo, quien hace presente a Cristo en nuestra vida: “Yo (Juan, el Bautista) os he bautizado con agua, mas Él (Jesús) os bautizará con el Espíritu Santo”(Mc 1, 8). “Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para un solo cuerpo”(1Cor 12, 13).
Sin embargo, a medida que la persona crece y se desarrolla, si no es consciente de este gran misterio, de esta gran verdad de fe, de que el Espíritu Santo vive en ella y que es “templo vivo del mismo Espíritu” --según lo afirma San Pablo en su primera carta a los Corintios: “¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes, puesto que lo han recibido de Dios?”(1Cor 6. 19)--, corre el riesgo de convertirse, en una manera figurada, en “carcelero” de Él.
Pareciera una expresión impropia y muy severa, pero si analizamos bien, no es así, porque el Espíritu Santo nos es dado y toma posesión de nosotros en el Bautismo, para que libremente actúe y cumpla su misión, que es hacer de cada bautizado, otro Cristo; sin embargo, si el bautizado, ya sea consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, rechaza y sofoca dicha acción, entonces --podemos afirmarlo-- lo “maniata y encarcela”.
Si Jesús nos dijo: “Sin Mí nada pueden hacer”, y Él mismo nos da a su Espíritu para que podamos hacer todo y cumplir con nuestra vocación y misión en el mundo, y muchos bautizados ni siquiera conocen al Espíritu Santo ni han tenido la experiencia de una nueva efusión de Él --es decir, dejarlo que fluya desde el interior y, por ende, permitirle que actúe con libertad--, se entiende el porqué existe entre los cristianos tanta incoherencia de vida. Aunque quisieran, no podrían ser coherentes, si no tienen el poder del Espíritu Santo; es decir, sin la capacidad que potencializa en la persona, su acción.
Así podemos entender las incoherencias en que incurrieron los apóstoles en el momento decisivo de la vida de Jesús, porque ni siquiera tenían el Espíritu Santo a plenitud: Pedro, que lo niega tres veces; los otros, que lo abandonan totalmente y se esconden llenos de miedo; de Judas, ni qué decir, ya que él no sólo tenía “encarcelado” al Espíritu Santo, sino que había dejado que el espíritu del Mal, es decir Satanás, entrara y se posesionara de él.
Sin embargo, llegado el tiempo anunciado por Jesús, todo cambió; en la fiesta de Pentecostés, se cumple la gran promesa de Dios y les es dado el Espíritu Santo, y con Él, el poder de lo alto. Y ellos, recibiéndolo y aceptándolo, lo dejaron actuar libremente, convirtiéndose en grandes testigos de Jesucristo resucitado e instrumentos de su gracia y poder.
Hoy, que celebramos esta gran fiesta de Pentecostés, en la que se conmemora la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y el mundo, es una gran oportunidad --quizá la última para algunos-- de renunciar y echar fuera todo lo que hace que mantengamos al Espíritu Santo como si estuviera “encarcelado”, liberándolo entonces y dejándolo actuar. Entonces iniciaremos una auténtica vida nueva, en la que seremos coherentes, y, guiados por el mismo Espíritu, seremos verdaderamente, hijos de Dios, porque “todos aquellos a los que guía el Espíritu Santo, esos son hijos de Dios”(Rom 8, 14).
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx