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Los sombreros son cachuchas

El filme forma parte del homenaje a Joaquín Pardavé, en el marco de la FICG

GUADALAJARA, JALISCO.- Apenas alcanza la calle, el joven de melena larga y rubia alcanza su celular en el bolsillo y hace una llamada. Algo dice sobre la película que proyectó el Cineforo, en homenaje a Joaquín Pardavé: “No le entendí. Era algo sobre zapatistas y carrancistas”.

Es cierto, la cinta “El compadre Mendoza”, estelarizada por Alfredo del Diestro, tiene sus diferencias con lo que ahora proyectan las salas, las cuales disponen de audio envolvente e imágenes que brotan ante los ojos en tercera dimensión.

Pero “El compadre Mendoza” es una película posrevolucionaria, lanzada en 1933 a aquellas primeras salas de cine del siglo XX. Carece de la tecnología Technicolor. El formato es cuadrado, no el widescreen o pantalla ancha de hoy. Y además, la trama de la cinta se desenvuelve en un contexto lejano, más no diferente, al que habitan los jóvenes de hoy.

Es el México en trance por la Revolución. Más preciso: en los pueblos del sur, en Guerrero. El mito de Emiliano Zapata está en gestación. Las fiestas de los ricos eran con vals y coñac. Las de los pobres con guarache, sombrero, aguardiente y mariachi viejo. Las haciendas eran lo que hoy son las empresas transnacionales. El tren lo que hoy son los aviones cargueros o los barcos. Los caballos lo que podrían ser motos o bicicletas. Los sombreros son cachuchas.

En este enredo, las revueltas y la fugacidad de los hombres en el poder obligan a Rosalío Mendoza (Alfredo del Diestro) a ser un hacendado acomodadizo, que cuelga de la pared a Emiliano Zapata cuando lo visitan los zapatistas, a Victoriano Huerta cuando llegan los huertistas y a Venustiano Carranza cuando cabalgan a su puerta los carrancistas.

El drama de la cinta tampoco es ajeno a nuestros tiempos. Rosalío Mendoza sacrifica la amistad que tiene con un zapatista por los beneficios económicos inmediatos que le genera su muerte. La traición nunca se ha desvinculado de las relaciones humanas.

Otra línea de la historia es el amor platónico que se tienen este zapatista asesinado, Felipe Nieto (Antonio R. Frausto) y Dolores (Carmen Guerrero). Un amor limpio y sincero que nunca logra consolidarse. Tampoco nuevo en nuestra sociedad sin carabinas 30-30, pero sí con AK-47.

Lo que sí no está claro, es porqué el Festival Internacional de Cine incluyó esta película, “El compadre Mendoza”, en el homenaje a Joaquín Pardavé, si su nombre no aparece ni en el reparto ni entre el equipo de producción.

Esa inquietud quedará entre quienes invirtieron su tiempo y dinero en el subterráneo del Cineforo, un mediodía, en lunes de puente festivo

EL INFORMADOR / RICARDO IBARRA

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