Deportes
* ¡Qué equipo...!
A propósito
Si José Mourinho quiere aferrarse a la convicción de que hubo algo sucio, tenebroso, ajeno a lo estrictamente deportivo, en la derrota que puso al Real Madrid en la lona, a expensas de un milagro, para revertir, la próxima semana, como visitante del Barcelona, el 2-0 adverso de ayer, y llegar a la meta --la final de la Liga de Campeones--..., allá él.
Para el observador objetivo --que lo hay, por fortuna--, el resultado del Tercer Acto de la “Guerra de Colosos” --como la ha denominado buena parte de la prensa internacional-- protagonizado por los dos tradicionales “grandes” del futbol español, la diferencia, ayer, tuvo nombre y apellido...
El nombre, Lionel. El apellido, Messi.
*
La lección que de lo sucedido durante 90 minutos de sombras, de intenso aunque deslucido forcejeo táctico entre dos gigantes, y del desenlace que tuvo la historia merced a los dos destellos ocurridos en el último cuarto de hora, data de antiguo: contra el talento no hay defensa. Punto.
Imposibilitado, en teoría, primero, para penetrar a la reforzada defensiva “merengue”, Messi apeló al juego colectivo para dar continuidad al avance del Barcelona, abriendo la pelota hacia el flanco derecho. Afellay superó con una finta a Marcelo, y devolvió el balón al centro. Disparado como flecha, desde el arco del área, Messi llegó a la cita justo a tiempo para resolver con un punterazo al ojo de la aguja: el hueco que quedaba entre los pies de Casillas.
Imposibilitado nuevamente, en teoría, a tres minutos del final, para superar la aduana que representaban los cuatro adversarios que cerraban el camino hacia el marco de Valdés, Messi apostó por el único recurso que vale en el futbol para jugar contra la lógica. Como un genio --literalmente-- recién salido de una lámpara maravillosa que alguien hubiera frotado por casualidad, Lionel hizo lo que parecía imposible: pasó entre los cuatro como un fantasma; zurdo clavado como es, llegó a la zona de definición condenado a resolver como si fuera diestro... Y así lo hizo.
*
El duelo había sido precedido por un áspero duelo de ironías y reconvenciones entre los técnicos. En una esquina, fiel a su estilo provocador, Mourinho; en la otra, desentendido de sus modales mesurados, Guardiola...
La lucha de rudezas verbales se resolvió, al final de cuentas, de la mejor manera posible: a favor del futbol.
Para el observador objetivo --que lo hay, por fortuna--, el resultado del Tercer Acto de la “Guerra de Colosos” --como la ha denominado buena parte de la prensa internacional-- protagonizado por los dos tradicionales “grandes” del futbol español, la diferencia, ayer, tuvo nombre y apellido...
El nombre, Lionel. El apellido, Messi.
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La lección que de lo sucedido durante 90 minutos de sombras, de intenso aunque deslucido forcejeo táctico entre dos gigantes, y del desenlace que tuvo la historia merced a los dos destellos ocurridos en el último cuarto de hora, data de antiguo: contra el talento no hay defensa. Punto.
Imposibilitado, en teoría, primero, para penetrar a la reforzada defensiva “merengue”, Messi apeló al juego colectivo para dar continuidad al avance del Barcelona, abriendo la pelota hacia el flanco derecho. Afellay superó con una finta a Marcelo, y devolvió el balón al centro. Disparado como flecha, desde el arco del área, Messi llegó a la cita justo a tiempo para resolver con un punterazo al ojo de la aguja: el hueco que quedaba entre los pies de Casillas.
Imposibilitado nuevamente, en teoría, a tres minutos del final, para superar la aduana que representaban los cuatro adversarios que cerraban el camino hacia el marco de Valdés, Messi apostó por el único recurso que vale en el futbol para jugar contra la lógica. Como un genio --literalmente-- recién salido de una lámpara maravillosa que alguien hubiera frotado por casualidad, Lionel hizo lo que parecía imposible: pasó entre los cuatro como un fantasma; zurdo clavado como es, llegó a la zona de definición condenado a resolver como si fuera diestro... Y así lo hizo.
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El duelo había sido precedido por un áspero duelo de ironías y reconvenciones entre los técnicos. En una esquina, fiel a su estilo provocador, Mourinho; en la otra, desentendido de sus modales mesurados, Guardiola...
La lucha de rudezas verbales se resolvió, al final de cuentas, de la mejor manera posible: a favor del futbol.