Cultura
Teatro de la vida misma
Un espectáculo con humor y desamor, con palabras y onomatopeyas. Iraida Noriega deleitó a la usanza del cabaret
GUADALAJARA, JALISCO (27/MAY/2011).- Poco después de las diez de la noche inició Frágil. Iraida Noriega, Leika Mochán y Edmeé García no dijeron una sola palabra. Antes de todo incluso de subir al escenario, emergieron de entre el público.
La música, entre el blues y el jazz, fueron como dos buenos amigos que comparten una noche de copas. El vino tinto no sería suficiente. Y ellas, las artistas, cantaban y declamaban, actuaban y se carcajeaban, bromeaban y se mofaban; y de nuevo los lamentos no eran completos al igual que las sonrisas, las canciones se cortaban y los aplausos se acumulaban. Y entonces emergían las coincidencias con las disidencias. El valor que da la noche para decir verdades, el encuentro con el otro que nunca se daba. El reclamo a él, al ausente; al que no está no porque se haya ido sino porque ellas lo quieren lejos. Iraida tomaba el micrófono y luego el teclado. Leika jugaba con una guitarra de juguete mientras Edmeé trataba de que la lengua no le ganara la batalla en el nerviosismo.
Gente sentada en los pasillos, cervezas sudando al albor de la media noche; vestidos multicolores y voces sagradas que cantaban “el amor no se muere, lo mató el secreto…él no me da de comer pero me alimenta el alma”. Y seguían inventándose cosas, sacando un espíritu que las arropara. La risa, la poesía, la nostalgia de nuevo.
Tuvieron que pasar 90 minutos para comprobar que ellas tres sí pueden llamarse Diosa loca como dicen que se denomina la agrupación. Leika Mochán y Edmeé García son dos almas que son devoradas de vez en cuando por el talento de Iraida pero ella no es una caníbal cualquiera. Le gusta compartir unos trozos de ella misma. Y en el escenario las tres se envuelven para que nadie las distinga. De repente son una misma diosa loca.
Los sentimientos descansaron en el bar, teniendo como testigo las luces que adornan el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara. El Primer Piso fue el lugar donde tres mujeres procedentes del Distrito Federal se empeñaron en secuestrar las almas de los más de cien asistentes tapatíos que se dieron cita. El primer piso sólo fue eso; un piso donde los espíritus se descargaron.
La música, entre el blues y el jazz, fueron como dos buenos amigos que comparten una noche de copas. El vino tinto no sería suficiente. Y ellas, las artistas, cantaban y declamaban, actuaban y se carcajeaban, bromeaban y se mofaban; y de nuevo los lamentos no eran completos al igual que las sonrisas, las canciones se cortaban y los aplausos se acumulaban. Y entonces emergían las coincidencias con las disidencias. El valor que da la noche para decir verdades, el encuentro con el otro que nunca se daba. El reclamo a él, al ausente; al que no está no porque se haya ido sino porque ellas lo quieren lejos. Iraida tomaba el micrófono y luego el teclado. Leika jugaba con una guitarra de juguete mientras Edmeé trataba de que la lengua no le ganara la batalla en el nerviosismo.
Gente sentada en los pasillos, cervezas sudando al albor de la media noche; vestidos multicolores y voces sagradas que cantaban “el amor no se muere, lo mató el secreto…él no me da de comer pero me alimenta el alma”. Y seguían inventándose cosas, sacando un espíritu que las arropara. La risa, la poesía, la nostalgia de nuevo.
Tuvieron que pasar 90 minutos para comprobar que ellas tres sí pueden llamarse Diosa loca como dicen que se denomina la agrupación. Leika Mochán y Edmeé García son dos almas que son devoradas de vez en cuando por el talento de Iraida pero ella no es una caníbal cualquiera. Le gusta compartir unos trozos de ella misma. Y en el escenario las tres se envuelven para que nadie las distinga. De repente son una misma diosa loca.
Los sentimientos descansaron en el bar, teniendo como testigo las luces que adornan el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara. El Primer Piso fue el lugar donde tres mujeres procedentes del Distrito Federal se empeñaron en secuestrar las almas de los más de cien asistentes tapatíos que se dieron cita. El primer piso sólo fue eso; un piso donde los espíritus se descargaron.