Cultura
Ruta Quetzal dice adiós a Juan Fernández
Entre leyendas de tesoros y piratas, los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA dicen hoy adiós al paraíso de Juan Fernández
ISLA DE ROBINSON CRUSOE, CHILE.- Entre historias de piratas y tesoros escondidos, los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA dicen hoy adiós al paraíso de Juan Fernández, tras pasar dos días de convivencia con sus habitantes en la pequeña población de San Juan Bautista.
Cuentan los moradores de la isla de Robinson Crusoe, donde está instalado el campamento, que en algún lugar de este archipiélago del Pacífico chileno se encuentra aún escondido el tesoro que el español Juan Esteban Ubilla y Echevarría dejó enterrado en 1714.
La búsqueda de ese tesoro, compuesto por ochocientos barriles de oro, cien cofres con plata, piedras preciosas y una rosa de oro y esmeraldas, según los documentos de la época, ha dado lugar a miles de historias y sigue estando tan vigente como el primer día.
El historiador y hombre de negocios estadounidense Bernard Keiser llegó a Robinson Crusoe en 1995 atraído por un documental de la BBC, en el que se relataba la historia de lo que podría ser una de las mayores fortunas jamás encontradas.
Su anfitrión en estas tierras, Pedro Niada, asegura que los habitantes de la isla de Robinson Crusoe "quieren a Bernard y lo respetan", aunque algunos se mantienen escépticos sobre la existencia de tan deseado tesoro.
Keiser inició los trabajos de excavación en Puerto Inglés, una pequeña cala empedrada en la que además se asegura que vivió durante cuatro años el marino británico Alejandro Selkirk tras ser abandonado por la tripulación de su barco.
Las aventuras de Selkirk y su supervivencia en la isla hasta que fue rescatado inspiraron al escritor Daniel Defoe para crear a uno de sus más afamados personajes, Robinson Crusoe, tal y como se recuerda en una inscripción de madera situada en la entrada de la cueva en la que se refugió.
A escasos metros de allí, otro cartel indica el lugar en el que dicen los lugareños que aún permanece enterrado el ansiado tesoro, ya que los estudios realizados por el equipo de Keiser desde el 2000 "demuestran que en esa zona hubo actividad humana en torno al 1700".
"Además se han encontrado monedas de plata y algunos botones como los que se empleaban en los uniformes de los marinos españoles de aquella época, cerámicas y otros objetos que están datados", explica Niada.
Keiser tuvo que abandonar su particular búsqueda del tesoro hace un tiempo tras sufrir un derrame cerebral que le impide trabajar sobre el terreno, "pero su equipo sigue intentándolo" y cada año, durante seis meses, aplican nuevas tecnologías para conseguir atravesar la roca madre donde todo apunta a que sigue escondido.
"Para evitar dañar el extraordinario ecosistema de la isla, todo lo que se excava tiene que ser tapado nuevamente cuando se termina el periodo establecido por las autoridades", señala Niada.
De encontrar el tesoro finalmente, el estadounidense obtendría un 30 por ciento del total, y el resto, un 70, pasaría a manos del Estado chileno, pero aún así la fortuna "sería incalculable".
"En cualquier caso, el auténtico tesoro es la isla en sí misma", subraya Niada, porque todo aquel que pasó por Juan Fernández repite, "se siente atrapado y quiere volver".
Esa fue la experiencia, por ejemplo, de Alba, una joven española, natural de Barcelona, y bióloga de profesión, que llegó al archipiélago hace casi un año y medio y decidió quedarse.
"Estudiaba con una beca Erasmus en Santiago y aproveché para conocer la isla porque leí sobre ella en una revista de viajes en España. Entonces nunca hubiera imaginado que mi destino estaba aquí", explica.
Alba y su pareja, Marco, a quien conoció al llegar a Chile, regentan un restaurante en Robinson Crusoe, negocio que alternan con el de monitores de buceo, una actividad muy demandada por los turistas que visitan la Isla.
Nadar entre los lobos marinos de dos pelos, especie endémica del archipiélago, es una experiencia única que los amantes de la naturaleza disfrutan en las múltiples bahías que se abren al mar entre riscos y laderas empinadas.
En una de ellas, conocida como "Bahía del Padre", habita una comunidad de mil lobos marinos que son observados a una distancia prudencial por viajeros y pobladores mientras se dejan llevar por las olas, cuidan a sus crías o pelean por conseguir conquistar a una hembra.
Con el buque "Valdivia" esperándolos para embarcar y partir rumbo a Concepción, los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA se despiden hoy de Juan Fernández compartiendo un "perolada de langosta" con los habitantes de San Juan Bautista.
Por delante les quedan dos días de navegación por el Pacífico hasta llegar a la base naval de Talcahuano, su próxima parada.