Cultura
La memoria convertida en prosa
Anagrama reedita Villa Triste, una novela de 1975 esparcida de invitaciones a la reflexión y a la búsqueda
CIUDAD DE MÉXICO.- Considerado uno de los grandes narradores franceses actuales, Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) era hasta hace muy poco un auténtico desconocido fuera de las fronteras de su país, pese a haber firmado ya más de 25 novelas. Tras el inesperado éxito del díptico formado por Un pedigrí y En el café de la juventud perdida, la editorial Anagrama recupera Villa Triste, la cuarta novela de este autor y la primera que escribió en 1975 tras la celebrada trilogía sobre el París de la ocupación, que el sello de Jorge Herralde también rescatará este año.
Marcada por la prosa delicada y distinguida de Modiano, Villa Triste narra la historia de amor entre un desertor de la guerra francoargelina y una joven actriz en una estación balnearia junto a la frontera suiza.
Para aquellos lectores a los que les gustan las novelas donde la descripción anímica y sentimental de los personajes y ambientes pesa más que las idas y venidas de la acción, éste es "su" libro. Si, además, el lector siente apego por cierta estética sesentera (niños-bien, guapos, de vida bohemia, guateques, relaciones fugaces…), encontrará aquí unas horas de lectura agradables.
Modiano expresa a través del narrador-protagonista la turbadora presencia de la memoria cuando se recrea en determinados episodios de la juventud. Entre el reconocerse y no conocerse en ellos, afloran impresiones y sensaciones que se sienten como imperecederas, por más que parezcan triviales. "Misterios de la vida", se podría decir, pero también lecciones de la vida: son, quizá, los momentos de una vida en absoluta libertad, como los de los protagonistas de Villa Triste, los que hacen que nos sintamos realmente vivos.
Pero no son personajes que vivan en un limbo completamente desconectado de la realidad: a lo largo de toda la novela se huele el miedo, precisamente, a esa realidad, aquí la terrible experiencia colonial de Francia en Argelia, resuelta en una espantosa guerra de la que esas vidas parecen querer evadirse.
- Escribió este libro cuando tenía 28 años. ¿Sigue reconociéndose en él?
- Releer un libro escrito en la juventud es como observar una vieja fotografía en un álbum de familia. Nos reconocemos en la imagen porque somos la misma persona, aunque al mismo tiempo sentimos una enorme distancia entre lo que fuimos entonces y lo que somos hoy.
- Suele decir que lleva más de 30 años escribiendo el mismo libro. ¿Se repite?
- No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.
- ¿No escribió este libro para dejar atrás su obsesión por el París de la ocupación?
- Así es. Pero tras escribirlo me di cuenta de que estaba condenado a seguir escribiendo siempre sobre lo mismo. Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra. Lo que sí cambió fue mi técnica de escritura, que antes era demasiado densa, sin pausas y sin ningún tipo de aeración. Fue el primer libro en el que opté por un tipo de prosa más depurada. Y desde entonces no la he abandonado.
- ¿La historia tiene un origen autobiográfico?
- No literalmente, aunque se inspira en personas y lugares observados durante mi adolescencia. Durante la guerra de Argelia se vivía un ambiente similar al de la ocupación. La amenaza parecía lejana, pero la angustia era constante.
- Sus personajes pretenden evadirse de los horrores de su época, sin conseguirlo.
- Exacto. No pueden escapar al tormento que les inspira la guerra, que es algo que recuerdo haber sentido durante mi infancia. Cuando la guerra empezó, yo tenía nueve años. Terminó cuando había cumplido los 17. A medida que me hacía mayor, veía cómo se acercaba el peligro de ser reclutado. Para mí, luchar en esa guerra era algo imposible. Decía, ante la incredulidad de mis interlocutores, que si me llamaban a filas me haría desertor. Así que en el personaje de Victor hay cierta proyección personal.
- Se le describe como un escritor muy nostálgico. ¿No le gustan los tiempos que corren?
- Nunca me he considerado un nostálgico, ya que eso supondría echar de menos el pasado, un anhelo con el que no me identifico en absoluto. Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años y los mecanismos de la memoria, sin que suponga ningún lamento respecto al tiempo transcurrido.
- ¿Sigue escribiendo a mano?
- Escribir es una actividad tan abstracta que necesito anclarla en la materialidad que me dan la pluma y el papel. Escribo sólo durante un par de horas al día porque resulta muy fácil perder el impulso inicial y terminar haciéndolo con el piloto automático. Les pasa lo mismo a los cirujanos, que tienen que operar muy rápido para no perder el nervio.
- ¿Por qué sigue siendo relativamente desconocido en el extranjero?
- Tal vez porque mi generación fue eclipsada por la anterior y posterior. La generación literaria de los años 30, con nombres como Céline o Sartre, fue muy poderosa, mientras que la mía, que nació durante o justo después de la guerra, se interesó menos por la literatura y más por la política y las ciencias humanas.
- Sonaba como candidato al Nobel, pero J.M.G. Le Clézio se le adelantó.
- No tiene ninguna importancia para mí. Un escritor debe seguir su camino y no dejar que los premios definan su obra. Beckett y Faulkner recibieron el Nobel, pero nada hubiera cambiado en sus vidas si no lo hubiesen recibido. Además, siempre he creído que cualquier autor podría haber escrito mis libros. La tarea de novelar la ocupación recayó en mí, pero podría haberle tocado a cualquier otro nacido en la misma época.
"Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años y los mecanismos de la memoria"
Patrick Modiano, escritor.
La obra
Principios de los años sesenta, en el siglo pasado. Un joven de 18 años al que el lector sólo conocerá bajo una identidad ficticia, la de conde Victor Chmara, se esconde del horror de la guerra franco-argelina en una pequeña ciudad de provincias cercana a la frontera con Suiza. Alojado en Les Tilleuls, una pensión familiar, Chmara lleva una existencia discreta y silenciosa hasta que conoce a Yvonne, una joven actriz francesa con la que pronto iniciará una fulgurante historia de amor, y a su mano derecha, René Meinthe, un personaje vodevilesco, un médico homosexual que se llama a sí mismo reina Astrid y que acompaña siempre a Yvonne.
Con ellos, Victor se introduce en ese círculo de gente mundana que se reúne en la estación termal de la ciudad de provincias, el oasis en el que pasan el verano. Junto a Ivonne y a Meinthe circula una variopinta galería de personajes; de fiesta en fiesta, viven en una suerte de eterno presente, de espaldas al fragor del mundo y la política, la Francia poscolonial de los años sesenta... Sin embargo, como suele ocurrir en las novelas de Modiano, las cosas no son sólo lo que parecen y muy pronto se descubre que la mirada del narrador, de ese fantasmal Victor Chmara, da saltos entre el presente y un pasado idealizado por el paso del tiempo y la criba de la memoria.
Marcada por la prosa delicada y distinguida de Modiano, Villa Triste narra la historia de amor entre un desertor de la guerra francoargelina y una joven actriz en una estación balnearia junto a la frontera suiza.
Para aquellos lectores a los que les gustan las novelas donde la descripción anímica y sentimental de los personajes y ambientes pesa más que las idas y venidas de la acción, éste es "su" libro. Si, además, el lector siente apego por cierta estética sesentera (niños-bien, guapos, de vida bohemia, guateques, relaciones fugaces…), encontrará aquí unas horas de lectura agradables.
Modiano expresa a través del narrador-protagonista la turbadora presencia de la memoria cuando se recrea en determinados episodios de la juventud. Entre el reconocerse y no conocerse en ellos, afloran impresiones y sensaciones que se sienten como imperecederas, por más que parezcan triviales. "Misterios de la vida", se podría decir, pero también lecciones de la vida: son, quizá, los momentos de una vida en absoluta libertad, como los de los protagonistas de Villa Triste, los que hacen que nos sintamos realmente vivos.
Pero no son personajes que vivan en un limbo completamente desconectado de la realidad: a lo largo de toda la novela se huele el miedo, precisamente, a esa realidad, aquí la terrible experiencia colonial de Francia en Argelia, resuelta en una espantosa guerra de la que esas vidas parecen querer evadirse.
- Escribió este libro cuando tenía 28 años. ¿Sigue reconociéndose en él?
- Releer un libro escrito en la juventud es como observar una vieja fotografía en un álbum de familia. Nos reconocemos en la imagen porque somos la misma persona, aunque al mismo tiempo sentimos una enorme distancia entre lo que fuimos entonces y lo que somos hoy.
- Suele decir que lleva más de 30 años escribiendo el mismo libro. ¿Se repite?
- No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.
- ¿No escribió este libro para dejar atrás su obsesión por el París de la ocupación?
- Así es. Pero tras escribirlo me di cuenta de que estaba condenado a seguir escribiendo siempre sobre lo mismo. Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra. Lo que sí cambió fue mi técnica de escritura, que antes era demasiado densa, sin pausas y sin ningún tipo de aeración. Fue el primer libro en el que opté por un tipo de prosa más depurada. Y desde entonces no la he abandonado.
- ¿La historia tiene un origen autobiográfico?
- No literalmente, aunque se inspira en personas y lugares observados durante mi adolescencia. Durante la guerra de Argelia se vivía un ambiente similar al de la ocupación. La amenaza parecía lejana, pero la angustia era constante.
- Sus personajes pretenden evadirse de los horrores de su época, sin conseguirlo.
- Exacto. No pueden escapar al tormento que les inspira la guerra, que es algo que recuerdo haber sentido durante mi infancia. Cuando la guerra empezó, yo tenía nueve años. Terminó cuando había cumplido los 17. A medida que me hacía mayor, veía cómo se acercaba el peligro de ser reclutado. Para mí, luchar en esa guerra era algo imposible. Decía, ante la incredulidad de mis interlocutores, que si me llamaban a filas me haría desertor. Así que en el personaje de Victor hay cierta proyección personal.
- Se le describe como un escritor muy nostálgico. ¿No le gustan los tiempos que corren?
- Nunca me he considerado un nostálgico, ya que eso supondría echar de menos el pasado, un anhelo con el que no me identifico en absoluto. Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años y los mecanismos de la memoria, sin que suponga ningún lamento respecto al tiempo transcurrido.
- ¿Sigue escribiendo a mano?
- Escribir es una actividad tan abstracta que necesito anclarla en la materialidad que me dan la pluma y el papel. Escribo sólo durante un par de horas al día porque resulta muy fácil perder el impulso inicial y terminar haciéndolo con el piloto automático. Les pasa lo mismo a los cirujanos, que tienen que operar muy rápido para no perder el nervio.
- ¿Por qué sigue siendo relativamente desconocido en el extranjero?
- Tal vez porque mi generación fue eclipsada por la anterior y posterior. La generación literaria de los años 30, con nombres como Céline o Sartre, fue muy poderosa, mientras que la mía, que nació durante o justo después de la guerra, se interesó menos por la literatura y más por la política y las ciencias humanas.
- Sonaba como candidato al Nobel, pero J.M.G. Le Clézio se le adelantó.
- No tiene ninguna importancia para mí. Un escritor debe seguir su camino y no dejar que los premios definan su obra. Beckett y Faulkner recibieron el Nobel, pero nada hubiera cambiado en sus vidas si no lo hubiesen recibido. Además, siempre he creído que cualquier autor podría haber escrito mis libros. La tarea de novelar la ocupación recayó en mí, pero podría haberle tocado a cualquier otro nacido en la misma época.
"Me fascinan los problemas provocados por el paso de los años y los mecanismos de la memoria"
Patrick Modiano, escritor.
La obra
Principios de los años sesenta, en el siglo pasado. Un joven de 18 años al que el lector sólo conocerá bajo una identidad ficticia, la de conde Victor Chmara, se esconde del horror de la guerra franco-argelina en una pequeña ciudad de provincias cercana a la frontera con Suiza. Alojado en Les Tilleuls, una pensión familiar, Chmara lleva una existencia discreta y silenciosa hasta que conoce a Yvonne, una joven actriz francesa con la que pronto iniciará una fulgurante historia de amor, y a su mano derecha, René Meinthe, un personaje vodevilesco, un médico homosexual que se llama a sí mismo reina Astrid y que acompaña siempre a Yvonne.
Con ellos, Victor se introduce en ese círculo de gente mundana que se reúne en la estación termal de la ciudad de provincias, el oasis en el que pasan el verano. Junto a Ivonne y a Meinthe circula una variopinta galería de personajes; de fiesta en fiesta, viven en una suerte de eterno presente, de espaldas al fragor del mundo y la política, la Francia poscolonial de los años sesenta... Sin embargo, como suele ocurrir en las novelas de Modiano, las cosas no son sólo lo que parecen y muy pronto se descubre que la mirada del narrador, de ese fantasmal Victor Chmara, da saltos entre el presente y un pasado idealizado por el paso del tiempo y la criba de la memoria.