Cultura

Glorieta Chapalita, el olimpo de los olvidados

Cada domingo estos artistas son los promotores de su propia obra

GUADALAJARA, JALISCO (15/AGO/2011).- Son artistas, tienen talento y están olvidados. Olvidados por el Estado, por los clientes y a veces por ellos mismos. Son los promotores culturales de su obra, son también los que lo manufacturan. Si les queda tiempo hasta le hacen promoción regalando sonrisas y dejando que los precios sean regateados. Cada domingo es un “statment”. Algunos se llevan sus materiales para que los vean construir pinturas exprés. Para los que aman sudar arriba de una bici quizá no hay mejor desviación de la Vía RecreActiva para pasar un buen rato. Para los creyentes, la misa de las 11:30 en el templo de Santa Rita puede tener un buen fin.  Y es que aquí, los artistas de la Glorieta Chapalita son quienes regalan estos pasajes que cuentan la historia del olimpo de los olvidados.

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Tiene un lienzo de 30 x 30 en su regazo. Está sentado y así lo ha estado desde hace 20 años, cuando un mal movimiento, arriba de un árbol, hizo que su columna se precipitará en el vacío y se impactará con el suelo. Se fracturó las vértebras y por eso ya son dos décadas que tiene Carlos Palomino Camacho en una silla de ruedas, y de ese puño de tiempo son 10 los veranos que tiene como artista.  

Dice que la suerte le ha jugado malas pasadas. Que le hubiera gustado empezar la secundaria. Que le hubiera gustado seguir siendo peón de albañil, como lo era hasta el día en que se cayó de ese árbol grandote. Que es pesado mantener una familia como la suya, con una bebita de tres años. Que es autodidacta, porque el hambre es el mejor maestro. Que la vida es dura… pero “así es esto”.

Sus cuadros son, quizá, los más vendidos de la Glorieta.  Quizá por baratos, quizá por originales, quizá por convencionales. Todas las mañanas, de lunes a sábado, Carlos se levanta, desayuna un poco, despide a su mujer, quien es maestra es una escuela de Tlaquepaque y también vive la vida en una silla de ruedas, y empieza a pintar hasta ya muy colgada la noche. Vende cuadros chicos y cuadros grandes; los chicos son pequeños lienzos de 30x30 donde él dibuja caritas y animalitos “porque son cuadros pensados para los niños”. En los cuadros grandes, que casi nadie compra, es donde plasma mejor lo que siente “a veces se tiene suerte y vendes; con los cuadros chicos ganas y compensas lo que gastas en un cuadro grande… es variado”.

Si la tarde sigue igual de buena que la de ayer, Carlos Palomino habrá vendido cuatro o cinco cuadros de entre 100 y 150 pesos. “La inspiración es una cosa que sale como natural… yo no tengo ritos de nada, la necesidad es lo que hace a uno pintar”. Y dijimos que no le va mal.

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Es como un niño de más de cien kilos de sonrisas. A José Antonio Ortega Guzmán le prometieron que le iban a dar un lugar en la glorieta y hasta el momento nadie le ha cumplido. Su puesto está frente a la calle pero si supieran que él es como un niño gigante no lo entenderían hasta no ver que lo que produce Antonio es la fascinación de los más chicos: desde hace más de 10 años Antonio hace barcos de madera a escala tan parecidos a los que salen en las películas que cuando uno pregunta si flotan en el agua él dice “nomás eso faltaba”.

Hace un par de años José Antonio podía vender hasta tres barcos de mil 500 pesos en un domingo. Hoy lleva tres semanas sin vender ni el más miniatura de todos. “Ahorita los únicos que saben cuánto venden son la Coca y la Pepsi… nosotros ya no tenemos asegurada ni siquiera la imaginación”.

La patrulla M524 de la Secretaría de Vialidad y Transporte se está dando un festín. A todos los carros estacionados sobre la acera derecha que rodea la glorieta les pone su multa.

En la Glorieta igual se pueden ver a parejas de jóvenes, de adultos, de ancianos. José Antonio se desayuna un tazón de ceviche frente a la estatua de José Aguilar Figueroa, el fundador del fraccionamiento que en 1943 inauguró esta glorieta a la que en 2003 le instalaron el kiosco donde niños disfrutan de cursos de verano que organiza el Instituto de Cultura de Zapopan. “Antes el dinero alcanzaba para más… ahorita le dices a una persona que ese barco le cuesta tanto y si te sonríe es porque te fue bien…”.

Lo más grave que dice José Antonio es lo siguiente: “yo me enseñe a hacer barquitos cuando todos los niños queríamos barquitos.

Ahorita los niños quieren videojuegos, quieren otras cosas; y los papás ya no les compran a sus hijos juguetes que no se conecten a la electricidad. Les da miedo que los niños salgan a la calle”. La verdad nunca estorba aunque duela.

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Ulises tiene la barba tupida y la cabeza rapada. Sus casi dos metros de estatura y sus gestos duros hacen increíble su amabilidad. Da miedo de verlo, pero cuando uno platica con él, el refrán “las apariencias engañan” se materializa. Desde hace cuatro años Ulises es uno de los más amables vendedores de arte contemporáneo de la Glorieta Chapalita.  

Ulises Sánchez Morfín es un joven que está estudiando la carrera en artes plásticas en la Universidad de Guadalajara. A su corta edad ya ha ganado premios nacionales y es parte del proyecto Jardín Bicentenario del Ayuntamiento de Guadalajara. Trabaja toda la semana haciendo caritas de carros de la película Cars en marcos pequeños que vende en 500 pesos. No le gusta pero “mientras cae un proyectito hay que sacar para la papa”.

Después de probar distintos oficios, encontró en la escultura un tridimensional espacio para expresar emociones, principalmente el respeto que siente por sus raíces, que en la cantera vuelve inmortales. Además fue ganador del XIX Concurso Nacional de Labrado de Cantera, efectuado en el marco del Festival Cultural de las Fiestas de Octubre en 2008.

“Con los premios te alivianas un rato… pero uno tiene que andar pegando fuga porque nunca se es profeta en su tierra”.

Sánchez Morfín dice que le va bien vendiendo piezas mientras le terminan de pagar su obra Yolilistli luikpa Mexiko, una figura de tres metros de alto con la figura del águila y el mito de Aztlán como inspiración. “Como me vieron bien morro me dijeron que me la iban a pagar hasta que tuviera sabe cuántos papeles, dijeron que nos iban a dar 120 mil pesos pero nomás me pagaron 80 y se hicieron sordos…”.

Si la suerte los acompaña, Ulises y las casi tres decenas de artistas podrán vender unos tres o cuatro cuadros cada domingo, lo que les dará de comer por una semana.

Pero la suerte no siempre está de su lado; en el olimpo de la Glorieta Chapalita empieza a nublarse y sus pinturas no están hechas contra el agua de lluvia.

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