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Jueves, 21 de Noviembre 2019
Suplementos | Por Vicente García Remus

Veredas

Techague

Por: EL INFORMADOR

En un plan de la Sierra el Tigre, al Oeste del Cerro Contreras, se localiza el bizarro poblado de Techague.

De Cuyacapán me regresé a Tultitlán, donde Ana María Pulido, me platicó gentilmente: “La estancia de Tultitlán era muy bonita, el hacendado era Eligio Gutiérrez, quien tenía una fábrica de jabón en Atoyac, se decía que la hacienda tenía unas 230 hectáreas y comprendía playas de tequesquite y salitre”. Me indicó el lugar del casco y caminé emocionado a verlo, gruesos muros de adobe gris abrazan preciosos marcos de cantera, la casona se convirtió en la Casa Ejidal Tultitlán, una recámara tiene inscrito: “TIERRA Y LIBERTAD”, era el salón de reuniones. Un muro ostenta un atractivo corcel, que fue una de las alegrías de la familia Gutiérrez. La fachada poniente me mostró el marco del zaguán y una ventana vertical por lado. Las tapias piden ser valoradas y conservadas, y recibir su techo a dos aguas, son vestigios de interés cultural y turístico. Luego caminé a la fantástica huerta, sombreada por gruesos nogales, zalates, mangos y aguacates.

Seguí un buen camino de tierra que se abría paso entre las casas de Tultitlán, con dirección a la Sierra el Tigre, el insólito camino fue ascendiendo, serpenteando y regalándome pintorescos paisajes de la laguna y de la sierra. Me fui parando para admirar la laguna, en primer plano, lomas arboladas, luego potreros, enseguida la franja ocre de la laguna con sus charcas, las inconfundibles islas, Grande y Chica, y al fondo la silueta de la Sierra de Tapalpa. El camino dejó de asomarse a la laguna y empezó a adentrarse al encantador bosque, conformado por abetos, pinos, mezquites, capulines, robles y encinos, animados por margaritas, epazotes, begonias, adelaidas, azucenas, gallitos, san franciscos, girasoles, campanas y belenes, hermosos tapetes de flores delimitados por frondosos árboles, expresivos y vibrantes rincones naturales.  

Después de un recodo, atisbé la capilla de Techague, techahotl, ardilla, huexotl, sauce, “ardillas sobre sauces”. Un morador de Techague fue Antonio Rojas, oriundo de Tepatitlán, se alistó al ejército en 1858, en el periodo de Ogazón, quien le autorizó custodiar Sayula y Zapotlán. Logró varías victorias, pero su lado oscuro fue ordenar o realizar abusos y asesinatos. En 1865, fue acechado en la hacienda Potrerillos, por el militar francés Bertelin.

La mayoría de las casas tienen agradables terrazas, embellecidas por diversas flores en sus barbacanas, como la de Adelina Paniagua. El corazón del caserío es la añeja y preciosa troja de la hacienda Techague, que está al margen del arroyo de igual nombre. El casco se levantó en una loma, detalle que lo hace ver más alto. Entré al casco, que conserva una de las trojas, saludé a Eugenio Velasco Pulido, quien atiende junto con su hermano, José Guadalupe, un fabuloso taller de queso Cotija, me lo mostró con gusto, miré dos artesas de madera, vasijas con suero, una descremadora y mesas con cuajos reposando. La tradición la inició su abuelo paterno, Tiburcio, en la ranchería El Corralito, continuó su padre Eugenio. Tiburcio le compró el casco al ingeniero Terán. Del taller fuimos a la espaciosa y alta troja de adobes marrones, con puertas arqueadas y dividida en dos, en su ala izquierda, quesos y sólo quesos, y en el ala derecha, camas y una cocina, con un fogón y un horno, altas ventanas con rejas de encino, brindan luz y aire a los espacios. Mientras admiraba la troja fui saboreando ricos trozos de queso. Al salir del poblado, saludé a Vicente Ramírez Montes, quien nació en la hacienda, al igual que sus abuelos maternos y su mamá. Me comentó: “En el porfiriato fue de Laura y Albina Velasco, y contaba con casi 3 mil hectáreas”.

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