Lunes, 17 de Febrero 2020
Suplementos | En los momentos cumbres de nuestra existencia, intuimos una realidad superior, que nos hace desear un más y un mejor

Un año con san Pablo: El cielo que esperamos

Lo único que podemos tener claro es que no todo acaba en lo que vemos y podemos palpar, porque hay realidades superiores que rebasan los sentidos...

Por: EL INFORMADOR

     En los momentos cumbres de nuestra existencia, intuimos una realidad superior, que nos hace desear un más y un mejor.
     San Pablo, en la Carta a los Colosenses (1, 5-6),  afirma que es “a causa de la esperanza que nos está reservada en los cielos y acerca de la cual fuimos ya instruidos por la Palabra de la verdad: el Evangelio, que llegó hasta nosotros…”.
     También afirma con plena convicción, que no sabemos lo que nos espera cuando daremos el paso de la vida a la Vida, porque “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman”.
     Lo único que podemos tener claro es que no todo acaba en lo que vemos y podemos palpar, porque hay realidades superiores que rebasan los sentidos y que están ya presentes en el corazón de cada ser humano, y mientras vamos caminando todavía por este mundo, delimitados por lo accidental y perecedero, presentimos con certeza que podemos ya vivirlo desde ahora.
     Por eso el cielo prometido por Jesús no es un lugar fuera de nosotros, es un espacio donde el corazón de Cristo y el corazón humano se encuentran y hacen contacto como los polos de una corriente eléctrica, los cuales, al coincidir, realizan lo impensable.
     Jesús subió al cielo dejando la esperanza en el corazón de los discípulos como flama ardiente, para que continuaran mirando hacia lo alto y ardiendo en deseos de esa vida perdurable y eterna que a lo largo de su enseñanza les había prometido y dejado entrever.
     El cielo está al alcance de todos, lo lleva cada uno como germen en el corazón, y puede ser atrapado en cualquier momento.
     Escuchemos nuevamente lo que san Pablo, afirma en su segunda carta a los Corintios (12,2-6):
     “Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años --si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe-- fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre --en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe-- fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar. De ese hombre podría gloriarme porque diría la verdad. Pero me abstengo de ello…”.
     Interpretar textualmente este texto no es precisamente fácil, lo único que podemos sacar en claro es la evidencia de una situación que supera todo cuanto soñamos y deseamos en este mundo.
     No es fantasía, es tal vez como cuando escuchamos hablar en otro idioma, que no lo podemos comprender porque está fuera de nuestros parámetros, o como si a mí me vienen a hablar de física cuántica, de cosmología o de cualquier otro tema que está fuera de mis cuadros cognoscitivos, no puedo decir que aquello no existe, sino que yo no estoy a la altura o en condiciones de poderlo comprender.
     Tal vez en un futuro, cuando se dé lo prometido, cuando se cumplan todos los anhelos superiores que cada uno lleva en lo más íntimo del ser, entonces podremos llegar a vivir estas realidades y entonces tal vez podamos llegar a comprenderlas y a explicarlas.
      Por el momento nos queda seguir alimentando la esperanza en las promesas de Cristo Jesús nuestro Señor, y desear como san Pablo que se cumpla el momento de verlas realizadas:
     “Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. Pero si el vivir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo que ciertamente, es mucho mejor para mí; mas por otro lado, quedarme con ustedes es más necesario. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con ustedes para que progresen en la fe, a fin de que tengan por mi causa, un nuevo motivo de gozo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre ustedes”. Carta a los Filipenses 1, 21-26

María Belén Sánchez fsp

Temas

Lee También