Miércoles, 22 de Mayo 2024
Suplementos | Un oficio que se pierde en la industria textil

Sastrería, el arte de vestir a la medida

Un oficio que se pierde en la industria textil, pero que tiene el garbo de la confección de prendas únicas

Por: EL INFORMADOR

La gran ventaja de las prendas hechas por un sastre, es que son personalizadas, hechas a tu medida y creadas exclusivamente para ti.  /

La gran ventaja de las prendas hechas por un sastre, es que son personalizadas, hechas a tu medida y creadas exclusivamente para ti. /

GUADALAJARA, JALISCO (09/FEB/2014).- Fuertes golpeteos se escuchan desde la entrada; hay un aroma extraño combinado con tela nueva, humedad y cigarro; fotos de artistas de la época de oro del cine mexicano como María Félix, Jorge Negrete y muchos otros; suave pero perfectamente entendible, se escucha una estación de radio donde las canciones de tríos como Los Panchos, Los Trevi y Los Tres Ases, por mencionar algunos, son el común denominador de la programación. Cruzar la puerta de Sastrería Bricio, ubicada justo en la cuchilla que une a la calle Constitución y Avenida Revolución, es como transportarse a una época de los años setentas. Ahí se confeccionan prendas únicas, obras del buen vestir... trajes a la medida. Es una de las más viejas de la ciudad, y de las pocas que ha subsistido por más de 50 años. Su propietario, don Alfonso Bricio, poco quiere hablar de su historia, él prefiere, a sus casi 80 años de edad, no recordarla. “Yo lo único que quiero ahora es paz, vivir tranquilo, sin presiones y sin saber ya nada de esto, hace tiempo ya me retiré”, comenta con un gesto pícaro el caballero casi octogenario con un porte y personalidad envidiable; con pantalón, saco y quizá camisa, confeccionada a su más puro estilo; gafas obscuras y un gasné al cuello que combina perfecto con el resto de su impecable vestimenta. Don Alfonso ya hacía pantalones poco antes de 1950, y desde entonces se convirtió en un sastre reconocido en la ciudad, oficio que actualmente dejó, pero que heredó a sus tres hijos, quienes viven de dicha labor. Ahora, lejos de tomar la máquina de coser, la cinta métrica y los hilos, prefiere irse por las tardes a caminar, a tomar café con sus amigos y conversar. Hizo, y en su sastrería se siguen haciendo, trabajos para personajes importantes, de figuras políticas de Jalisco, pero prefiere guardar su identidad, es un código de ética para él, inquebrantable hasta hoy.

Daniel Flores es un sastre tapatío con menos edad que don Alfonso, pero que tuvo que dejar el oficio porque “cuando los grandes almacenes y tiendas empezaron a poblar la ciudad y a abaratar los precios de la ropa, entonces nos dieron en la torre”. Poco se pudo rescatar, y para él, había poco qué hacer en contra de ellos. “Si en aquel tiempo tú tenías o conseguías un casimir de buena calidad, podrías hacer y vender un pantalón, por ejemplo, en 700 pesos; los almacenes los vendían en la mitad, pero no con la misma calidad de tela ni de trabajo, eso nos acabó”, recuerda Daniel Flores. Él aprendió de pequeño, allá por el año de 1973, precisamente con un hermano de don Alfonso, el ya fallecido Alberto Bricio, y quien fue también matador de toros. “Ahí aprendí el oficio, primero haciendo los mandados, barriendo o lo que se ofrecía, ya después cosiendo”. Y lo dejó por la paz, porque para él ya no hubo futuro en el arte de convertir la tela en prendas únicas de vestir ni liquidez para emprender un negocio propio; para Daniel, el trabajo de la sastrería es similar al trabajo de un artista plástico, papel que ahora desarrolla desde hace muchos años. La analogía la evidencia así, y refiere: “Es como el escultor, que tiene su materia prima, ya sea cera, plastilina, madera, lo que sea, y va haciendo sus trazos hasta convertir eso en una pieza con forma; la sastrería es igual, de un bulto de tela se crea una prenda”. Aquí la gran diferencia en la que los sastres coinciden: no es lo mismo una prenda comprada en una tienda que una mandada hacer. Ya lo revela el dicho popular, “quedó como mandado hacer”, y es que la gran ventaja, según explica Daniel Flores, es que las prendas hechas por un sastre son personalizadas, hechas a tu medida y creadas exclusivamente para ti. Lamenta que ya sea poca la gente que guste de acudir a estos lugares. En contraste, don Alfonso piensa diferente y lo demuestra con hechos. Si bien él ya no labora en su taller de sastrería, su hijo sí, y afirma: “tiene mucho trabajo”.

Un oficio con herencia

Elías Carbajal es otro sastre de antaño ubicado en el rumbo de Santa Cecilia. Ha ejercido el oficio desde 1970 y coincide en la idea de don Alfonso de que la sastrería se hereda. “Es un oficio como todos, es decir, no se estudia para ello, se aprende prácticamente; no hay una escuela, todo se aprende echando a perder y acercándote a quienes saben; así me enseñé yo con mi padre y así se enseña ahora mi hijo”. Para Elías, la sastrería tiene reglas, pero no se limita la imaginación. “Cierto es que hay reglas que tienes que seguir, como los cortes, las medidas, los trazos la técnica, pero hay algo curioso, cada sastre imprime algo de él en sus trabajos, no te sé decir qué es, ni sé cómo describirlo, pero hay estilos, y nada tiene que ver con lo mal hecho, sino que cada quien imprime su propio estilo en las prendas (...) es curioso, pero pasa”. Sigue siendo negocio, en eso los sastres coinciden, pero cada quien le toma una arista diferente. Para algunos, sigue siendo negocio porque hay que estar al día con las prendas. No todo son pantalones, chalecos o sacos. Renovarse en la sastrería es ir vigente incluso con las telas, colores y tipos, eso hace que pueda seguir siendo atractivo para las personas. Para otros, como Daniel o como Elías, el rumbo cambió, y cada vez son menos las personas que acuden a mandarse hacer una prenda. “Aquí vienen las personas que, o gustan de una prenda perfectamente diseñada a su medida, o simplemente no encuentran de su talla en las tiendas, pero la verdad, hay más trabajo de remiendos y arreglos a prendas que se venden por miles”, dice Elías. Así los sastres, en una ciudad donde la moda, el glamour y las prendas de marca son lo común, pero que no logran, en ese común, ser únicas ni mucho menos personalizadas.

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