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Martes, 20 de Noviembre 2018

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Suplementos | Primera de dos partes

Historia

La revisión del conflicto revolucionario por: cristóbal durán

Por: EL INFORMADOR

La Revolución y las Revoluciones

Estamos a 99 años de que diera inicio el movimiento revolucionario y aún no hemos terminado de descubrir cuáles y cuántos fueron los resultados de aquel conflicto. De muchas y variadas formas se ha escrito sobre el suceso, desde la defensa hasta la crítica; lo cierto es que cada una de las explicaciones que las más versadas plumas en el tema nos han ofrecido, parecen estar guiadas por el fantasma de la discordia.

En los 200 años que está por cumplir el inicio del movimiento independentista, seguramente se ha escrito menor cantidad de libros que los escritos en cien años de Revolución. Desde la literatura, sociología, política, y no se diga la historia, el conflicto revolucionario ha sido inspiración de infinidad de obras y de “ideas” libertarias con el que dio inició una nueva etapa del proceso histórico de nuestro país.

Sin pretender explicar nuestra revolución a la luz de otros movimientos que se dieron alrededor del mundo por aquellos años, tarea que sería además de útil, compleja, tan sólo hemos de mencionar que fenómenos como las revoluciones china (1912) y rusa (1917), así como la guerra mundial (1914-1918), entre otros conflictos de dimensiones considerables, incluyendo las crisis económicas como la de 1929, conformaban el escenario de un mundo que poco a poco diseñaba y anunciaba el rostro de lo que fue el complejo siglo XX, en el que la guerra y la polaridad fueron un sello que permeó la mayoría de las relaciones socioeconómicas, políticas y culturales de la sociedad en general. México tuvo su propia forma participativa en esta situación; su Revolución (1910) cerró algunas puertas de procesos políticos decimonónicos que tenían que adaptarse a las nuevas realidades, y al mismo abrió otras que inauguraron nuevos procesos que hoy en día aún no han terminado.

El revisionismo del pasado

Desde el momento mismo de las acciones revolucionarias debió haberse construido una idea que intentara definir, explicar y justificar el movimiento en distintos términos: políticos, económicos, populares, elitistas… Durante mucho tiempo se consideró que la Revolución había sido un movimiento “del pueblo por el pueblo y para el pueblo”; que en el trasfondo existía un “nacionalismo anti-norteamericano”. En otras palabras, que las clases populares se habían levantado contra las superiores motivadas por la injusticia social y la pobreza en la que vivían.

Las reflexiones sobre este fenómeno, influidas por el curso que tomó la política nacional en años posteriores, así como por lo sucedido en el mundo -segunda guerra mundial y guerra fría, entre otras cosas- hicieron replantear la manera en la que se había entendido la gesta revolucionaria. Muchos factores hicieron analizar con cuidado el curso de las cosas, uno de ellos fue que hacia la década de 1940 casi había desaparecido la generación de los que habían participado en el movimiento, de manera que los nuevos gobernantes, los “herederos de la revolución”, habían llegado al poder con un proyecto diferente, aunque siempre teniendo como modelo o inspiración lo hecho por sus antecesores, incluso “enarbolando la bandera de la  revolución”. El proyecto revolucionario (si es que lo hubo) tomó un nuevo curso; algunos dicen, incluso, que sufrió un “viraje hacia la derecha”.

El suceso que provocó el mayor cuestionamiento al proceso revolucionario fue la tragedia del movimiento estudiantil en aquel “2 de octubre del 68”. Entre los diversos efectos de este tristemente célebre episodio, se encuentra el análisis microscópico a un Estado-nación, presumiblemente producto e hijo directo de la revolución, que ahora (1968) se había convertido en un aparato represor, hegemónico e intolerante. ¿Era aquello el producto de la Revolución? Entonces ésta fue duramente cuestionada por historiadores, sociólogos y analistas políticos. ¿Qué fue en realidad la Revolución? El nuevo revisionismo historiográfico la había puesto en el banquillo de los acusados delatando que había sido “interrumpida o traicionada”. La pregunta seguía siendo: ¿En qué momento?

Se habló entonces de haber sido no una Revolución sino una “revuelta”, o en el mejor de los casos una “rebelión”; también se cuestionó la participación de los grupos “populares” como protagonistas de ésta, al grado de considerarlo un movimiento estrictamente político en el que las masas fueron simplemente manipuladas por los grupos económicamente fuertes interesados en acceder al poder. Entonces se trataría de una “guerra civil burguesa”.
Al analizar las causas, el historiador Alan Knight insiste en que éstas no fueron acumuladas como si se tratara de “síntomas premonitorios” que anunciaran el gran conflicto de 1910. Sugiere que la caída de Díaz no fue algo que tenía que suceder por el desarrollo de una progresiva fiebre que “condujera a la explosión revolucionaria”. La sucesión del poder en Madero (1911) fue un asunto meramente político, y “el golpe de Estado contrarrevolucionario” en el que el mismo Madero murió hizo del fenómeno un movimiento “totalmente popular”, en el que incluso, dice Knight, los “factores internacionales” no afectaron de manera importante al conflicto mexicano, contraria a la opinión de otro especialista: Frederick Katz.

El mismo Knight señala que no podemos considerar al “movimiento revolucionario” como algo heterogéneo con características únicas en todo el territorio mexicano como si se tratara de un proyecto nacional. Las realidades locales dieron particular sentido a la lucha y no fue igual lo exigido por las masas del sur y lo pretendido por el grupo de hacendados del norte.

Otro aspecto que nos descubre este enfoque revisionista, es que la lucha no generó una “familia revolucionaria”, ni fue un conflicto definido por la participación de buenos y malos. Las figuras heroicas dejan de serlo para dar lugar a hombres de carne y hueso que así como tomaron decisiones acertadas para determinadas situaciones, también llegaron a equivocarse y no siempre eligieron lo que mejor convenía. La figura de Díaz deja entonces de ser siniestra no para convertirlo en un héroe, sino para ser revisado en su más amplia dimensión humana: política, social y cultural. Lo mismo pasa en el caso del “mártir” y “apóstol” de la democracia: Madero; el “bandolero” Villa, o bien, la supuesta “banda de ladrones y asesinos” seguidores de Zapata.

La Revolución fue asunto de personas hechas de defectos y virtudes. No fue un bando contra el otro, fueron varios grupos políticos que durante el trascurso de los hechos fueron diseñando o modificando su fisonomía; algunos desaparecieron y surgieron nuevos con nuevas alianzas. La Revolución no obedeció a un modelo de guerra, a un proyecto determinado (como el socialista en Rusia), sino que en la lucha misma desarrolló “su propia lógica”.

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