Lunes, 20 de Enero 2020
Suplementos | Va desde este domingo undécimo ordinario hasta el trigésimo cuarto, solemnidad de Cristo Rey

El tiempo ordinario

En el año litúrgico de la Iglesia, se le llama tiempo ordinario a los domingos y semanas cuando no son los tiempos fuertes, como Adviento y Navidad, Cuaresma, Pascua y Pentecostés

Por: EL INFORMADOR

     En el año litúrgico de la Iglesia, se le llama tiempo ordinario a los domingos y semanas cuando no son los tiempos fuertes, como Adviento y Navidad, Cuaresma, Pascua y Pentecostés.
     Va desde este domingo undécimo ordinario hasta el trigésimo cuarto, solemnidad de Cristo Rey, este año al 22 de Noviembre.
     Mirando hacia adelante serán veinticuatro semanas de tiempo ordinario, y se iniciará el siguiente año litúrgico el 29 de Noviembre, ya que no coincide el año de la Iglesia con el año civil.
     Una de las notables reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965) fue poner el culto divino, los sacramentos, singularmente la celebración de la Santa Misa, más al alcance del pueblo fiel y en el idioma propio de cada pueblo. Fue uno de los temas iniciales de los obispos reunidos.
     El Sumo Pontífice Paulo VI rubricó la Constitución “Sacrosantum Concilium” el 4 de Diciembre de 1963. Así quedó establecida en 130 números en la primera Constitución aprobada, la nueva liturgia para el culto divino en la Iglesia con un amplio criterio renovador.

El domingo es fundamento
de todo el año litúrgico

     “La Iglesia, por una tradición apostólica que tiene su origen el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón “día del Señor” o domingo. En este día los fieles deben reunirse, a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Cristo entre los muertos”.  
     Desde entonces la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual, “leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura, celebrando la Eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias a Dios por el don inefable en Cristo Jesús”.
     Así dejaron dicho los obispos en la Constitución “Sacrosantum Concilium”.

“¿Con qué compararemos
el Reino de Dios?”

     En parábolas, fue el medio de expresión preferido por el Señor Jesús. Los cuatro evangelios, las parábolas de la misericordia y las parábolas del Reino hacen entender los más altos conceptos en imágenes, en el lenguaje del pueblo y con tal sencillez, que hasta los niños pueden entender.
     San Mateo dice que Jesús “hablaba en parábolas, para que se cumpliera el oráculo de que a través de parábolas les iba a revelar las cosas escondidas desde el origen del mundo” (Mt. 13, 31).
     Del evangelio de San Marcos, capítulo cuarto, la liturgia dominical ofrece dos breves parábolas.

“El Reino de los
Cielos se parece a...”
 
     Un labrador abre el surco, suelta la tierra, deja caer allí la semilla y espera, espera... Pasan las noches y los días y, sin que se sepa cómo, la semilla germina y crece, hasta que da frutos el día de la cosecha.
     La parábola tiene un sentido simbólico: El Reino es como una semilla diminuta, mas es Dios el que da todo. Allí está la obra y se podría decir que también la paciencia de Dios, que espera , y en la lentitud y el silencio crece y da frutos el Reino.
     Esta imagen, este símbolo, lo tomó el Concilio Vaticano II en la Constitución “Lumen Gentium”: “El Misterio de la Santa Iglesia se manifiesta en su fundación, pues Nuestro Señor Jesucristo dio comienzo a la a la Iglesia predicando la Buena Nueva, es decir, la llegada del Reino de Dios prometido desde los siglos en la Escritura” (L:G. 75).
     Sin duda en la semilla --que es la palabra, el mensaje de Dios-- está la fuerza. Es una virtud, una potencia, un desarrollo, y el resultado es: fecundidad.
     La presencia del Reino es un hecho histórico, con veinte siglos de estar en acción. Con aquel pequeño grupo, los doce apóstoles y sus discípulos, germinó la semilla sembrada por el Señor Jesús y creció y echó ramas y dio y da frutos.

“Es como una
semilla de mostaza”

     Con otra breve parábola ha querido el Maestro darle más amplitud a la anterior parábola, y además dejar de manifiesto la constante pequeñez, la debilidad, la flaqueza de los que forman el pueblo de Dios.
     Se manifiesta el carácter paradójico de toda la historia de la salvación. En sus tres años de vida pública, a Cristo siempre se le ve rodeado de los desposeídos, de los débiles, de los enfermos, de los olvidados, de los pecadores.
     El pueblo de Israel era pobre. “No sois un pueblo grande, sino el más insignificante entre todas las naciones de la tierra”. Así está escrito en el libro del Deuteronomio.
     La Iglesia es santa, esposa fiel “sin mancha ni arruga”, pero los hombres, los cristianos en general, están manchados siempre. Se le puede llamar Iglesia de pecadores.
     Surge el escándalo ante hechos pecaminosos, ante caídas de hombres de la Iglesia. Si a alguien se le quisiera culpar, sería al Señor Jesús, quien fundó su Reino no con los sanos que no necesitan de médico, sino con los enfermos, como Él mismo dijo. La Iglesia tiene muchos enfermos del alma, pecadores, y Dios espera y perdona porque quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
     Jesús escogió una semilla pequeña para que el hombre, consciente de su propia debilidad, busque apoyarse y sacar fuerza en la gracia, en la bondad de Dios. Cada cristiano es una pequeña semilla y va a dar frutos con la fuerza oculta de Dios.

La semilla es la Palabra

     La palabra de Dios, que entra por el oído, se transforma en un fuego capaz de abrasar, de incendiar la tierra; es una espada penetrante que llega hasta el corazón de muchos corazones.
     Unos cuantos hombres, los apóstoles, en pocos años cristianizaron al mundo. “Somos de ayer y ya lo llenamos todo”, escribió Tertuliano.
     ¿Por qué muchas veces la Palabra es infructuosa? Es costumbre de muchos quejarse de los predicadores, y en muchos casos sin duda tienen razón. Mas también se puede pensar que quienes oyen la Palabra de Dios deben escucharla con espíritu de de fe y con humildad, para que la asimilen bien.
     Francia, llena de orgullo por sus doctrinas filosóficas, por su Enciclopedia, por sus avances políticos, su Revolución, encontró en una aldea de unos cuantos centenares de habitantes, la sabiduría divina en el cura de Ars, Don Juan María Vieney. Un sencillo sacerdote de limitadas facultades atraía a las multitudes, que a cudían de toda Francia. Él, desde el púlpito, dejaba caer la semilla, y se dice que en millares de almas dieron abundantes frutos.    

“Examínese usted mismo
antes de comer ese pan”

     Estas son palabras de San Pablo. La palabra de Dios, sea quien la predique, dará frutos si quien la recibe lo hace con buena disposición. Es cierto que ante la abundancia de palabrería en este siglo XXI, hay más desconfianza, más espíritu crítico, más actitud de defensa por el temor de ser engañado.
     El cristiano debe tener espíritu de discernimiento, respeto y preparación para escuchar la Palabra, y hasta la sabiduría de encontrar el grano que germina, entre la paja de los malos predicadores. Entonces la Palabra madurará, germinará, dará frutos maravillosos.

Pbro. José R. Ramírez    

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