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Domingo, 19 de Noviembre 2017

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Suplementos | Nadie que ame a Dios y a su prójimo ha de vivir envenenado por rencores y odios

El perdón es la perfección

Nadie que ame a Dios y a su prójimo ha de vivir envenenado por rencores y odios
Es un gran consuelo para el cristiano, para el católico, gozar del sacramento de la reconciliación. ESPECIAL /

Es un gran consuelo para el cristiano, para el católico, gozar del sacramento de la reconciliación. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Eclesiástico 27, 33-28, 9:

“Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los romanos 14, 7-9:

“Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos”.

EVANGELIO
San Mateo 18, 21-35:

“Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

GUADALAJARA, JALISCO (17/SEP/2017).- Los fariseos, custodios e intérpretes de la ley de Moisés, cuidaban con exagerada actitud la letra de la ley. Llegó la plenitud de los tiempos con la presencia del Hijo de Dios hecho hombre, y con Él también llegó la ley en su plenitud.

Le reveló a la samaritana que la adoración a Dios habría de ser “en espíritu y en verdad”, ya fuera en el monte de los samaritanos o en el templo de los judíos.

Y mostró que el cumplimiento de la ley no se habría de ajustar a los meros hechos externos, sino a todo lo que sale del corazón; un acto bueno brota de adentro, y de adentro, aunque no se noten, salen maldades, los pensamientos de odio, de rencor, de venganza.

Los doctores de la ley acusaban a Jesús de haber llegado a “destruir la ley”, mas Él demostró que había venido no a destruirla, sino a darle plenitud. Y la plenitud de la ley es el amor. En los cuatro evangelios todo el mensaje de la nueva ley es amor, y una delicada expresión práctica del amor es el perdón.

Nadie que verdaderamente ame a Dios y a su prójimo, ha de vivir envenenado por rencores y odios a sus semejantes.

En cierto modo, la paz depende del perdón. La clave de todo cambio social es el hombre. Si él y ellos cambian, cambiarán las estructuras, las formas de vida, las leyes.

No es, no debe ser entre cristianos, vivir la ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”, porque en esa ley no asoma el amor. Es un código babilónico del rey Hammurabi, 2,300 años antes de Cristo. Todavía eran los siglos cuando los pueblos “caminaban en tinieblas”. Antes decían los romanos: “Si vis pacem, para bellum”, si quieres la paz, prepara la guerra.

Cristo dice: “Si quieres la paz, vive la justicia, vive el amor”. Perdonar, para merecer el perdón quien no ha aprendido a perdonar es quien no ha entendido la nueva ley, la ley de Cristo.

Con echar una mirada a la propia personal historia, todos, asolutamente todos, han de reconocer que no una, sino muchas veces, han alcanzado el perdón de Dios.

Es un gran consuelo para el cristiano, para el católico, gozar del sacramento de la reconciliación, que no es sino la fuente inagotable de la misericordia divina. De este sacramento el pecador se levanta con el gozo interior de haber sido perdonado, de haber liquidado su cuenta con Dios y con el prójimo. Todo quedó en ceros.

Para merecer el perdón se ha de dar perdón. La más bella de las oraciones, la que el mismo Señor enseñó, encierra la súplica y la condición: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Perdonar siempre Pedro, el apóstol entusiasta y a veces impetuoso, se le acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle?, ¿hasta siete veces?”

Pedro creía que el perdón tenía un límite. La respuesta de Cristo fue: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.Que se dice con una palabra: siempre. Perdonar siempre.

“El que se venga será víctima de la venganza del Señor”. Perdonar aquí, y ahora Aquí en el entorno, en este vertiginoso siglo XXI, todo parece un campo de batalla donde con las armas se dirimen todas las diferencias.

Ante Dios, todos los hombres son deudores. Esta página del evangelio de San Mateo es para vivar la conciencia sobre una gran verdad: hay que dar cuenta a Dios.

La fe es una exigencia a trabajar continuamente para construir un mundo capaz de superar rencores y violencias. El cristiano, ante todo con el propio testimonio, debe ser factor de un mundo más justo; y todavía más: de un mundo donde se practique la misericordia, el perdón.

Ésta una de las exigencias más difíciles y menos practicadas de las enseñanzas evangélicas.

José Rosario Ramírez M.

Yo puedo

Nos puede pasar que seamos más matemáticos que misericordiosos, los números es la consecución de uno después del otro, y la misericordia es la cercanía de nuestros corazones, los números se cuantifican y la misericordia es donación. Pedro se atreve a preguntar, pero yerra en el uso del verbo: ¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Hubiese sido mejor preguntar: ¿Cuántas veces puedo perdonar?

Una es cuantificable y limitada y la otra es misericordiosa y comprensiva, Pedro, recién te han otorgado las llaves del Reino, para atar y desatar, no reduzcas el ingreso a un número, disponte a la misericordia. No se trata de sólo cálculo, lo fundamental es el perdón, ejercer misericordia, no de hasta dónde poner el límite al perdón.

Para comprender los alcances de la misericordia que ejerce perdón, Jesús propone una parábola. Un hombre es llamado a dar cuentas y su deuda es imposible de cubrir, sólo para tener una idea: “El primero que le presentaron le debía diez mil talentos”.

Un talento correspondía a 10 mil denarios, y un denario era el jornal de un obrero, para que el siervo pudiera pagar debería trabajar muchísimos años, por lo mismo la propuesta del siervo “te lo pagaré todo”, es completamente absurda. Sin embargo, lo sorprendente es la reacción del Señor a la súplica del siervo: “Movido a compasión, lo soltó y le perdonó la deuda”. Esta es la primer respuesta que le quiere dejar clara a Pedro, se compasivo, para que de su compasión todos podamos ser conscientes de tan inmerecido don que nos da el Señor, que jamás podremos pagar.

El segundo mensaje que le quiere transmitir Jesús a Pedro, se desprende del primero, si el Señor ha sido compasivo contigo y te perdona, tu ve y has lo mismo, perdona a tu hermano, que se refleja en la segunda parte de la parábola, dos iguales que se deben una cantidad, y el que recién ha sido perdonado y ha recibido compasión, se comporta inmisericorde, le ganan los números y sólo sabe contar, no aprendió a perdonar con misericordia, se obstina en querer recibir su pago, se detiene como Pedro, más en el cuánto, que en el puedo.

La respuesta se encuentra en que tuviera paciencia como han tenido con él y todo se resolvería. Sin acceder a prórroga de ningún tipo, decide romper toda relación con el otro, la falta de perdón nos distancia de toda relación, nos aleja del otro que es mi hermano, y no queda sino el resonar de la pregunta del Señor al siervo desmemoriado: “¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

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