Jueves, 11 de Junio 2026

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Vista de ‘pisa y corre’

Por: EL INFORMADOR

Elegante, dinámico y sonriente, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, bajó a paso veloz las escalinatas de su avión, para pisar tierra mexicana, con 45 minutos de retraso y de paso hacia Sudamérica para asistir a la llamada Cumbre de las Américas.

Al pie de la escalinata del avión fue recibido por un grupo de funcionarios mexicanos a los que saludó con su acostumbrada cordialidad, y enseguida apresuró el paso rumbo al helicóptero blindado que lo esperaba en otra parte de la pista. Su visita comprendió la tarde-noche de ese jueves y ya, al día siguiente antes de las 10:00 de la mañana se marchó a La Isla de  Trinidad y Tobago para asistir a la reunión internacional de los países latinoamericanos.

En la explanada de Los Pinos fue la ceremonia de bienvenida enmarcada con los cadetes del Colegio Militar y un grupo de 600 niños que aplaudieron y gritaron a rabiar cada vez que Obama se acercaba a ellos. Merecieron especial mención en el discurso del presidente visitante.

Esta visita de Barack Obama permitió ponderar el estado real de las relaciones bilaterales entre México y su vecino del Norte, así como los posibles alcances y los límites inexorables en los propósitos de renovación del vínculo bilateral.

Es indiscutible que el cambio de presidente en Washington se refleja en la agenda de la política estadounidense hacia México con nuevas actitudes. En materia de cooperación con nuestro país, y con el resto de América Latina, hay un nuevo tono de multilateralismo, de respeto, y no de humildad, pero sí de bajarle al tono de la tradicional arrogancia imperial que caracterizaba el discurso de la Casa Blanca hacia el Sur del Continente.

Obama admite la parte de responsabilidad que corresponde a Estados Unidos en el desarrollo del fenómeno del narcotráfico y de la descontrolada violencia que azota al territorio mexicano; reconoce, asimismo, la importancia económica, política, social y estratégica de nuestro país como socio del suyo y propone un trabajo conjunto en ésas y en otras materias.

La renovación del discurso es reconfortante, incluso plausible como posible detonador de actitudes nuevas en la clase política estadounidense. Muchos de los pasos propuestos requieren no sólo de voluntades políticas compartidas, sino también de una transformación y una depuración profundas en las estructuras de gobierno y en los usos administrativos de ambas naciones.

Ante esta realidad, como la transición democrática que se pretendió operar en México se traduce, en buena medida, en la recomposición de un viejo sistema político que, siglas y colores aparte, permanece fiel a las peores prácticas corporativas,
antidemocráticas y corruptas de siempre. Un ejemplo fue la exclusión de varios coordinadores parlamentarios de la cena que se ofreció al mandatario extranjero.

En esta perspectiva, no se entiende cómo podrían ambos gobiernos avanzar a una relación de nuevo tipo si persisten, de uno y otro lado, ejercicios de simulación: así ocurre con la pretensión de combatir a la delincuencia organizada sin señalar a los culpables. No habrá una transformación radical y trascendente entre ambas naciones, porque no se puede sustentar semejante expectativa en sus realidades nacionales.

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